por Flory Martín | 22 Feb, 2012 | Primera comunión Taller de oración
Os ofrecemos este sencillo juego para que los niños aprendan el Padrenuestro, el cual consiste en lograr emparejar los versos de la oración que el Señor nos enseñó con la imagen que la representa y luego ordenarlas.
¡Imprime las cartas en cartulina, recorta y a jugar!
* * *
Oración en imágenes
Oración en palabras
por Alfonso de Haro | lasenda.info | 21 Feb, 2012 | Novios Artículos temáticos
Os invito a que reflexionemos un poco sobre algo muy importante: las relaciones de noviazgo, especialmente en el núcleo fundamental que las anima, así como las dificultades por las que estas pueden pasar.
¿Para qué una relación de noviazgo?
Desde un punto de vista cristiano, una relación de noviazgo se lleva con miras al matrimonio. Es decir, que al matrimonio antecede siempre una relación que ayude a madurar esta elección de vida. Pero, ¿será este el pensamiento de los jóvenes de hoy? Es claro que en la mayoría de los casos la respuesta será negativa, pues muchos jóvenes no tienen clara la razón de ser del noviazgo, ya que se piensa que una relación de este tipo es para pasarla a gusto, para tener intimidad con alguien, etcétera. Incluso, habrá muchos que ni siquiera establezcan una relación formal de noviazgo, pues los «amigos con derechos» las vienen a suplir.
Los padres de familia y el noviazgo de sus hijos
Por otra parte, es importante que también los padres de familia tengan claro el objetivo del noviazgo, de lo contrario no tendrán fundamentos para orientar a sus hijos al momento en que éstos comiencen -en ocasiones prematuramente- a tener experiencias de «noviazgo» si se les puede llamar así.
¿Por qué es importante esto? Porque si el noviazgo se lleva con la intención de llegar al matrimonio, los jóvenes habrán de postergar esta etapa de su vida para cuando hayan alcanzado la madurez y estén preparados para una opción definitiva. Mientras tanto, habrá que insistir en que vivan su adolescencia-juventud inmersos en su preparación académico-profesional, buscando madurar su afectividad con relaciones de amistad que les posibiliten un sano desarrollo psicoafectivo.
Los beneficios de un noviazgo maduro
Esto les traería considerables beneficios. Uno, y que me parece muy importante, se evitarían embarazos no deseados, pues muchos de estos embarazos se dan en adolescentes, como consecuencia de relaciones prematuras. Otro beneficio sería que los jóvenes podrían adentrarse más de lleno en su formación, tendrían oportunidad de conocer más gente, de convivir mayor tiempo con la familia, etcétera; pues el noviazgo puede absorber mucho tiempo, y en ocasiones, provocar desgaste emocional, sobre todo cuando se da en condiciones de inmadurez.
Propuesta nada fácil
Una solución aparentemente sencilla, pero difícil, sobre todo si pensamos en cómo nuestros jóvenes están inmersos en un mundo que estimula el eros, la pulsión sexual; que por todos lados son bombardeados con información sexual, pero no con auténtica formación; nuestros gobiernos y ciertas instituciones se han dedicado a repartir condones en lugar de orientar hacia una sexualidad más madura y de verdad responsable. Y si a esto agregamos la tremenda desintegración familiar, las cada vez más numerosas familias disfuncionales y la poca formación en valores morales y religiosos vividos en familia; tenemos como resultado a jóvenes muy vulnerables, débiles espiritual y psicológicamente, incapaces aún para poder afrontar la vida con entereza.
¿Qué hacer? Apostar por la familia
Hay que seguir apostando por el fortalecimiento de la institución familiar como célula que estructura la vida de la sociedad (Cf. Familiaris consortio, n. 42). Si la familia está dañada, es como un cáncer que poco a poco corroerá el tejido social. La familia es el espacio donde se vive el amor en distintas dimensiones: entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos. Y es el amor incondicional que se vive al interior de la familia lo que origina seres humanos plenos, maduros, aptos para ser portadores de amor auténtico.
Por otra parte, las familias han de abrirse a Aquél en quien tiene origen el amor: Dios, que quiere que lo incluyamos en la aventura de ser familia. La vida familiar se enriquece desde la fe en los momentos de gozo celebrativo como en los inevitables momentos difíciles. Los valores que emergen del Evangelio consolidan la madurez personal y familiar para poder enfrentar la vida con entereza y alegría, y la familia está llamada a ser la primer educadora en la fe (Cf. Familiaris consortio, nn. 36-38).
Quien surge de una familia integrada e íntegra, puede vivir un noviazgo con sentido, con madurez. Y si nuestra matriz familiar no es lo positivo que quisiéramos, nunca es tarde para sanar y madurar, y aún el noviazgo puede ser una oportunidad para ello, siempre y cuando se viva éste como espacio de crecimiento humano-espiritual en el que se dé respeto mutuo en diálogo franco y comprensivo, y el imprescindible amor incondicional que nos alimenta y sana.
* * *
La senda de Fray Junípero
Publicación mensual de formación e información católica
por CeF | 6 Feb, 2012 | Confirmación Vida de los Santos
La vida de las primeras comunidades cristianas ha sido tema tratado por los guiones cinematográficos desde casi sus orígenes. La mayoría estaban basados en grandes relatos literarios que, además de tener interés religioso o histórico, sino que transmitían valores positivos del ser humano, incluso heroicos, y mostraban ejemplos vivos de virtud en sus personajes y sus historias.
* * *
Una de estas grandes historias es la que narra la novela Quo Vadis? (1896), del Nobel polaco Henryk Sienkiewicz. El título de la obra está en latín y se refiere a las palabras Quo vadis, Dómine? (‘¿A dónde vas, Señor?’) que, según la tradición, fueron pronunciadas por el apóstol Pedro mientras huía de Roma para ponerse a salvo de la persecución de los cristianos que había ordenado el emperador Nerón. Cuando salía de la ciudad vio una figura conocida… es Jesús: a Él le realiza esa pregunta, a la que el Señor responde: «Voy a ser crucificado en Roma por segunda vez porque mis propios discípulos me abandonan». Avergonzado de su cobardía, Pedro regresa a Roma para afrontar su destino: el martirio.
Para encuadrar la historia el argumento desarrolla ampliamente el tema de la relación entre paganos y cristianos, centrado en la relación amorosa entre un tribuno, Marco Vinicio, y una joven cristiana, Ligia. Esta relación enfrenta dos extremos en estilo de vida: la de Ligia centrada en Cristo; la de Marco, en él mismo. Los ardides del tribuno llevan a Ligia al palacio imperial, junto a Nerón y Popea, Petronio y Séneca… allí contempla la locura del Emperador y la corrupción de quienes lo apoyan.
Nerón, loco de poder, incendia Roma… no contaba con los romanos. La pequeña comunidad cristiana, sita en el Transtévere, queda destruida y, para más dolor, termina siendo responsabilizada por el incendiario imperial de la destrucción de la ciudad.
Pedro y Pablo, los dos apóstoles, están con su grey… los cristianos están tranquilos. Son acusados de impiedad y de crímenes horribles. Todo aquel que no logra huir es martirizado en el circo frente a las fieras, crucificado o como antorcha humana en los elegantes jardines de Séneca. Marco comienza a entender a Ligia… ¿Qué tiene Cristo y que los dioses romanos nunca han poseído para que un hombre cuerdo de su vida por Él con alegría? No solo las palabras evangelizan… también los mártires.
Enlace legal a la novela en polaco.
La novela ha sido llevada a la gran pantalla en numerosas ocasiones (1912, 1924, 1951, 1985 y 2001), pero la versión más impresionante fue la dirigida por Melvin LeRoy en 1951, en EE UU, con Robert Taylor como Marco Vinicio, Deborah Kerr como Ligia y Peter Ustinov en el papel de Nerón. En ella queda magníficamente retratada en imágenes la vida de una joven cristiana y su comunidad en los primeros años del cristianismo, una época en la que ser cristiano implicaba ser heroico por la fe hasta el martirio.
* * *
Quo vadis? – Versión de 1951
* * *
Quo vadis? – Versión de 1912
Quo vadis? – Versión de 2001
por Luis M. Benavides | 1 Feb, 2012 | Catequesis Metodología
«Cada una de las celebraciones eucarísticas de los niños prepárese con cuidado y en especial de una manera particular las oraciones, los cantos, las lecturas, las intenciones de la oración de los fieles, tomando para dicha participación el parecer de los adultos y los niños que ejercen algún ministerio particular en estas Misas. Para preparar y adornar el lugar de la celebración así como para la preparación del cáliz con la patena y las vinajeras, en cuanto se pueda, dese lugar a algunos niños. Salvar siempre la debida preparación interior, también tales acciones ayudan a despertar el sentido comunitario de la Celebración…»
Sagrada Congregación para el Culto Divino: Directorio Litúrgico para las misas con participación de niños, n.º 29
* * *
Para que una celebración tenga posibilidades de llegar a buen término es necesario tomarse un tiempo importante para pensarla, para prepararla bien. Cuanto más se piense antes y uno se anticipe a las situaciones, seguramente mayor probabilidades de que salga bien tendremos. Sobre todo si dicha preparación por parte de los adultos se hace en familia o en equipo, entre todos, siempre hay menos riesgo de equivocarnos.
Podemos hablar de dos momentos: la preparación remota y la preparación inmediata.
La preparación anterior o remota
El éxito de una celebración depende muchas veces de una buena preparación. No puede ser resultado del azar o de la improvisación. Hay que escribirla, pensarla con tiempo; y lo más importante, hay que rezarla delante de Dios.
Habrá que determinar los siguientes puntos:
- ¿Qué objetivo nos proponemos con la misma? ¿Qué queremos celebrar? ¿Cuándo y en qué lugar se va a realizar y si está disponible en ese momento?
- ¿Es necesario distribuir funciones? ¿Qué cantos se van a elegir? ¿Cuál será la Palabra de Dios? ¿Qué materiales serán necesarios?
- ¿Qué van a hacer los niños antes y durante la celebración? ¿Cómo se ubicarán? ¿Cuál va a ser el gesto por destacar? ¿Tienen que llevar algo preparado? ¿Van a participar otras personas? ¿Hay que invitarlas? ¿Cómo? ¿Qué papel desempeñarán?
- ¿Qué elementos pueden jugar en contra? ¿Están previstas las posibles dificultades?
En síntesis, hay que prever el qué, quién, cuándo, dónde, cómo y el porqué de la celebración. Es aconsejable dejar por escrito el esquema y los responsables, las necesidades y cada etapa de la celebración.
Preparación previa o inmediata
El mismo día de la celebración, en algún momento previo, siempre es importante preparar todo cuidadosamente.
Habrá que prever:
- Explicarle a los niños qué van a hacer, ensayar las canciones, las dramatizaciones, etc.
- Fijarse si están todos los elementos dispuestos y preparados el lugar, por ejemplo: almohadones, Biblia, velas, fósforos o encendedores, floreros, etc.
- Probar todos los materiales por utilizar: proyector, pantalla, reproductor de música, alargadores, etc. No es la primera ni la última vez, que una celebración no se puede realizar por culpa de un enchufe o adaptador.
- Avisar a otros grupos o personas presentes que se va a realizar una celebración a tal hora y en tal lugar, de manera de evitar superposiciones o interrupciones innecesarias.
Pero, sobre todo, lo que importa al preparar una Celebración de la Palabra es poder situarse en la mentalidad de los niños y vislumbrar qué signos y gestos tendrán un mejor poder convocante para despertar el gusto en los niños de participar en la liturgia. Qué tema y qué Palabra de Dios calará más profundamente en el momento que están viviendo, en los interrogantes vitales que tienen los niños y niñas de esa edad.
Lo esencial es que el grupo o persona que la prepara deberá ponerla en oración. No olvidemos que siempre que tengamos que hablar con los niños de Dios, primero tenemos que hablar con Dios de los niños.
(De la Serie «Los niños y la Liturgia», columna 8.ª)
* * *
Todas las catequesis de Luis María Benavides
Catequesis en camino – Sitio web de Luis María Benavides
por CEF | Noticias Cristianas | 1 Feb, 2012 | Postcomunión Narraciones
Camino de la ciudad, andaba enteramente solo un viajero. Era a la puesta del sol.
El rostro del viajero era siniestro; bajo sus espesas cejas erizadas, brillaban sus ojos cual si fueran ascuas. Horrible sonrisa se dibujaba en sus labios; y, centelleantes, como briznas de acero enrojecidas al horno, tenía erizados sus cabellos.
De las arrugas de su cráneo manaba un sudor infecto, cuyas gotas corrían el suelo como la mordedura de un ácido.
A su paso temblaba la tierra y producía extraños ruidos; las aves interrumpían sus cantos y ocultaban a sus pequeñuelos bajo sus alas; los árboles gemían como en los días en que el viento ruge de cólera, y la hierba, en el espacio en que era cubierta por la sombra del caminante, quedaba negra como si hubiera sido quemada por una lluvia de carbones encendidos.
Cuando, al pasar junto a una fuente, el viajero hundió en ella la extremidad de su bastón, el agua se puso a hervir de pronto; se vio subir por el aire una espesa niebla y el líquido quedó turbio como el fango de un pantano.
Mientras caminaba, cantaba el viajero una canción de aire desconocido, siniestro, capaz de infundir pavor a los hombres más valientes; esta impía canción asustó a los ecos, y no se atrevieron a repetirla.
Caminaba asomándose a todas las ventanas de las casas en que, dormidos o despiertos, había seres humanos; y a medida que se asomaba, salía de su boca como un humo espeso que, atravesando las paredes penetraban en el alma de los que allí estaban y daba a su fisonomía un no sé qué extraño y aterrador.
Mas en las casas en donde, ello no obstante, nada parecía haber cambiado, se oían sonidos apenas articulados que parecían blasfemias.
Luego se enderazaba el caminante rechinando los dientes, y continuaba su camino, sin dejar de visitar ninguna casa.
Mas he aquí que a veces se detenía temblando, y luego retrocedía espantado… Es que había visto en la cuna del niño, o a la cabecera de una piadosa madre, Un crucifijo. Sus odiosos rasgos se contraían un instante, luego continuaba su camino, yendo siempre de casa en casa.
Terminado su viaje, se sentó a la puerta de la ciudad, prorrumpió en una aguda carcajada y murmuró: Mi amo estará satisfecho.
Este viajero era un emisario del infierno, que tenía por misión sembrar el pecado.
Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios n.º 5»
en Historias para amar, pp. 14-15.
por prelaturaayaviri.org | CeF sobre materiales vatios | 5 Ene, 2012 | Postcomunión Vida de los Santos
Nunca es tarde para responder al llamado del Señor. ¡Raimundo respondió a los 40 años! y Dios le compensó su entrega, concediéndole servir a la Iglesia hasta que cumplió los 100 años. Así a veces son los caminos del Señor.
Nació el año 1175, en Peñafort, cerca de Barcelona, España. Tenía una inteligencia extraordinaria y a los 20 años ya es profesor de filosofía en Barcelona y a los 30, se doctora y enseña en la famosa Universidad de Bolognia en Italia. El testimonio de los dominicos, Orden recientemente fundada por Santo Domingo de Guzmán, le cuestiona y decide desprenderse de todo y formar parte de estos frailes predicadores.
Raimundo estaba turbado en su interior. ¡Cuanto se había vanagloriado por su inteligencia! Pide por ello a sus nuevos hermanos que le asignaran los cargos más humildes de la comunidad. Pero el Plan de Dios era otro para él. Le piden investigue como podían responder los confesores a los casos más difíciles de moral. Raimundo se pone a trabajar en este proyecto cuyo resultado es el famoso libro: «Summa de casibus paenitentialibus», la primera obra de su género.
Paralelamente a su trabajo intelectual se dedica a la predicación, la catequesis y a la confesión. Recorre las provincias españolas de Aragón, Castilla y Cataluña, logrando una gran cantidad de conversiones.
En 1230 el Papa Gregorio IX llama a Raimundo a Roma y le pide que sea su confesor. Además, conocedor de sus dotes intelectuales, le pide que reúna todos los decretos dados por los Papas y los Concilios. Esta segunda misión la completa el santo en tres años de intensa investigación, al cabo de los cuáles, publicó su famosísimo libro de 5 volúmenes titulado Decretales, que sirvió a los canonistas durante cerca de 800 años, pues recién en 1917 se publica un nuevo Código de Derecho Canónico.
Cuando tenía 60 años, el Papa lo nombra obispo de Tarragona a pesar suyo. Al poco tiempo enferma y el Papa lo liberó del cargo a condición de que Raimundo propusiera un buen candidato. Cómo era común en esos tiempos, los médicos le recomiendan volver a su tierra para recuperar la salud. Allí, recuperado de su enfermedad, es muy solicitado por los reyes y el Papa, quienes le consultan sobre diversos asuntos.
Muerto el segundo superior general de los Dominicos, San Jordán de Sajonia, el capítulo general lo elige general de la Orden, otra vez a pesar suyo. Visita a pie muchos conventos dominicos y ayuda a definir las Constituciones de su comunidad, a la que sirve por dos años más como general, pues aduce que su edad ya no le permite cumplir ducha función de servicio.
Preocupado por la evangelización de los musulmanes, que aún eran fuertes en su natal España y de los judíos; pide a Santo Tomás de Aquino (dominico también) que escribiera la Summa contra Gentiles y consiguió que se enseñara árabe y hebreo en varios conventos de su Orden. Fundó un convento en Túnez y otro en Murcia, contribuyendo a la impresionante conversión de más de 10.000 musulmanes.
San Raimundo murió en Barcelona el 6 de enero de 1275, a los 100 años de edad, rodeado por el cariño de sus hijos y el reconocimiento de la gente que lo aclamó como santo. Fue canonizado en 1601.
* * *
Enlaces a diversas biografías de san Raimundo
* * *
Recursos audiovisuales
San Raimundo de Peñafort, en apostleshipofprayer.org (inglés)
* * *
San Raimundo de Peñafort, en Comunidade Católica El Shaddai (portugués)
* * *
San Raimundo de Peñafort, por Encarni Llamas en DiócesisTV (español)
* * *
por Luis M. Benavides | 5 Ene, 2012 | Catequesis Metodología
Esta columna es contiuación de la anterior dedicada a los elementos de celebración de la palabra con niños.
E. El clima festivo
Una celebración es algo muy diferente de una ceremonia aburrida y pesada. ¡Cuánto más si los que participan son niños! La celebración para el niño significa siempre fiesta y alegría. Incluso para los adultos, una fiesta implica algo extraordinario; todo el ambiente luce distinto: el aseo y la limpieza, la decoración, la música, los cantos, la vestimenta, etc.
Para lograr ese clima festivo es importante cuidar que el marco físico sea digno y diferente. Todo el ambiente debe hablar de algo distinto. Se pueden disponer de almohadones, láminas, alfombras, flores, velas, guirnaldas, alguna imagen religiosa, música de fondo, etc.
En cada celebración se usarán símbolos distintos y variados, pero buscando no poner demasiados signos por celebración, ya que puede dispersar a los niños.
El lugar para una celebración con niños debe elegirse cuidadosamente, de acuerdo a lo que se celebra. Preparar el lugar para la celebración, puede ser una hermosa ocasión para un trabajo en conjunto con niños y padres.
Evidentemente, lo más importante de un clima festivo es la disposición interior de los niños (que en esta edad se logra a través de gestos, cantos, aplausos, etc.), y no solamente con objetos externos.
F. La oración
Toda celebración deberá conducir al encuentro con Dios, que será personal y comunitario. En cualquier celebración que hagamos con los niños, debe existir un espacio, aunque sea breve, para la oración personal, para la oración silenciosa.
Los niños tienen que acostumbrarse poco a poco, a lograr espacios de silencio interior; y del mismo modo, deben tener sus primeras experiencias de oración comunitaria. Los niños saben que la comunidad, la familia, los amigos, los demás también están para rezar con uno, para compartir alegrías y dolores, para rezar juntos por una intención personal. Un niño, por ejemplo, que pide a sus amigos que recen por su gatito enfermo está generando un acto salvífico del amor de Dios.
Es muy importante que los niños puedan hacer oración y expresar en voz alta sus propias preocupaciones, sus propias intenciones. Estas oraciones espontáneas de petición, de alabanza y de agradecimiento, muy queridas por los niños y, estoy convencido, que por Dios también, van a ir despertando el sentido comunitario de la oración. Es de lamentable constatar que a medida que pasan los años, más nos vamos alejando de la oración comunitaria, compartida desde la vida.
G. El compromiso personal y comunitario
El compromiso personal y comunitario es el fruto normal de la celebración, que se ha de dar en cada niño. A veces, será propuesto por el catequista, pero respetando la forma de expresión de cada uno.
Este compromiso debe ser muy concreto, por ejemplo, compartir una golosina con mi compañero en la próxima merienda, ayudar a mamá a ordenar mis juguetes, etc.; evaluable, es decir, que el niño y el catequista puedan saber si se cumplió o no; y cercano, o sea, no muy lejano en el tiempo.
Muchas veces, en los niños, el compromiso se manifiesta a través de expresiones corporales como: acompañar los cantos con todo el cuerpo, dibujar el compromiso o exteriorizarlo con una dramatización, un signo, una postura, un póster o un gesto comunitario.
De esta manera, teniendo presentes los componentes esenciales de una Celebración de la Palabra con participación de niños, podremos adentrarnos en su preparación. Es importante aclarar que estos elementos deberán estar presentes tanto en una celebración sencilla, que bien puede ser familiar como en una celebración más grande, como puede ser una celebración en la parroquia, escuela o barrio. Lo que habrá que variar será la profundidad y extensión, pero todos estos elementos deberán estar presentes, de alguna manera u otra.
(De la Serie «Los niños y la Liturgia», columna 7.ª)
* * *
Todas las catequesis de Luis María Benavides
Catequesis en camino – Sitio web de Luis María Benavides
por Editorial Casals | 5 Ene, 2012 | Despertar religioso Historias de la Biblia
En una ciudad llamada Ur, vivía Abraham, un hombre muy bueno. Dios le escogió para formar un pueblo que fuese suyo, el Pueblo de Dios. Un día dijo Dios a Abraham: «¡Abraham!, deja tu tierra y camina hacia otra que yo te enseñaré».
«Dios también me habla a mí»
* * *
Dios hace una promesa a Abraham
Abraham, obedeciendo a Dios, llamó
a su esposa y, con todo lo que tenía, se dirigieron a Canaán, la tierra que Dios les había señalad. Allí, Dios le dijo: «Abraham, en esta tierra te voy a bendecir, tendrás un hijo. Tu familia crecerá y vivirá aquí». Dios cumplió su promesa. Sara y Abraham tuvieron un hijo llamado Isaac.
«Con el Señor a mi lado, todo me irá bien»
* * *

Abraham e Isaac suben al monte
Abraham y su familia eran muy felices. Un día Dios, para saber si Abraham le quería más que a todas las cosas, le dijo: «coge a tu hijo Isaac, sube a ese monte y dámelo haciendo un sacrificio».
Abraham, aunque le costó mucho, subió al monte con Isaac.
«Señor, que te quiera sobre todas las cosas»
* * *
El sacrificio de Isaac
Abraham, muy triste, porque iba a perder a su hijo, obedeció a Dios, pero cuando se lo iba a entregar, apareció un ángel que le dijo:«¡Abraham!, no le hagas nada al niño, pues Dios ya sabe cuánto le quieres y que lo harías todo por obedecerle». El ángel entonces le dio un cordero para el sacrificio.
Abraham e Isaac se fueron muy contentos a su casa.
«Dios mío, ayúdame para que sea muy obediente»
* * *
De La Biblia más infantil, Casals, 1999. Páginas 20 a 23
Coordinador: Pedro de la Herrán
Texto: Miguel Álvarez y Sagrario Fernández Díaz
Dibujos: José Ramón Sánchez y Javier Jerez
* * *
por Santo Padre emérito Benedicto XVI | 1 Ene, 2012 | Catequesis Magisterio
En el primer día del año, la liturgia hace resonar en toda la Iglesia extendida por el mundo la antigua bendición sacerdotal que hemos escuchado en la primera lectura: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz» (Nm 6,24-26). Esta bendición fue confiada por Dios, a través de Moisés, a Aarón y a sus hijos, es decir, a los sacerdotes del pueblo de Israel. Es un triple deseo lleno de luz, que brota de la repetición del nombre de Dios, el Señor, y de la imagen de su rostro. En efecto, para ser bendecidos hay que estar en la presencia de Dios, recibir sobre sí su Nombre y permanecer bajo el cono de luz que parte de su rostro, en el espacio iluminado por su mirada, que difunde gracia y paz.
Esta es también la experiencia que han tenido los pastores de Belén, que aparecen de nuevo en el Evangelio de hoy. Han tenido la experiencia de encontrarse en la presencia de Dios, de su bendición, no en la sala de un palacio majestuoso, delante de un gran soberano, sino en un establo, delante de un «niño acostado en el pesebre» (Lc 2,16). Ese niño, precisamente, irradia una luz nueva, que resplandece en la oscuridad de la noche, como podemos ver en tantas pinturas que representan el Nacimiento de Cristo. La bendición, en efecto, viene de él: de su nombre, Jesús, que significa «Dios salva», y de su rostro humano, en el que Dios, el Omnipotente Señor del cielo y de la tierra, ha querido encarnarse, esconder su gloria bajo el velo de nuestra carne, para revelarnos plenamente su bondad (cf. Tt 3,4).
María, la virgen, esposa de José, que Dios ha elegido desde el primer instante de su existencia para ser la madre de su Hijo hecho hombre, ha sido la primera en ser colmada de esta bendición. Ella es, como la saluda santa Isabel, «bendita entre las mujeres» (Lc 1,42). Toda su vida está bajo la luz del Señor, en radio de acción del nombre y el rostro de Dios encarnado en Jesús, el «fruto bendito de su vientre». Así nos la presenta el Evangelio de Lucas: completamente dedicada a conservar y meditar en su corazón todo lo que se refiere a su hijo Jesús (cf. Lc 2,19.51). El misterio de su maternidad divina, que celebramos hoy, contiene de manera sobreabundante aquel don de gracia que toda maternidad humana lleva consigo, de modo que la fecundidad del vientre se ha asociado siempre a la bendición de Dios. La Madre de Dios es la primera bendecida y es ella quien lleva la bendición; es la mujer que ha acogido en ella a Jesús y lo ha dado a luz para toda la familia humana. Como reza la Liturgia: «Y, sin perder la gloria de su virginidad, derramó sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo, Señor nuestro» (Prefacio I de Santa María Virgen).
María es madre y modelo de la Iglesia, que acoge en la fe la Palabra divina y se ofrece a Dios como «tierra fecunda» en la que él puede seguir cumpliendo su misterio de salvación. También la Iglesia participa en el misterio de la maternidad divina mediante la predicación, que esparce por el mundo la semilla del Evangelio, y mediante los sacramentos, que comunican a los hombres la gracia y la vida divina. La Iglesia vive de modo particular esta maternidad en el sacramento del Bautismo, cuando engendra los hijos de Dios por el agua y el Espíritu Santo, el cual exclama en cada uno de ellos: «Abbà, Padre» (Ga 4,6). La Iglesia, al igual que María, es mediadora de la bendición de Dios para el mundo: la recibe acogiendo a Jesús y la transmite llevando a Jesús. Él es la misericordia y la paz que el mundo no se puede dar por sí mismo y que es tan necesaria siempre, o más que el pan.
Queridos amigos, la paz, en su sentido más pleno y alto, es la suma y la síntesis de todas las bendiciones. Por eso, cuando dos personas amigas se encuentran se saludan deseándose mutuamente la paz. También la Iglesia, en el primer día del año, invoca de modo especial este bien supremo, y, como la Virgen María, lo hace mostrando a todos a Jesús, ya que, como afirma el apóstol Pablo, «él es nuestra paz» (Ef 2,14), y al mismo tiempo es el «camino» por el que los hombres y los pueblos pueden alcanzar esta meta, a la que todos aspiramos. Así pues, llevando en el corazón este deseo profundo, me alegra acogeros y saludaros a todos los que habéis venido a esta Basílica de San Pedro en esta XLV Jornada Mundial de la Paz: Señores Cardenales; Embajadores de tantos países amigos que, como nunca en esta ocasión comparten conmigo y con la Santa Sede la voluntad de renovar el compromiso por la promoción de la paz en el mundo; el Presidente del Consejo Pontificio «Justicia y Paz», que junto al Secretario y los colaboradores trabajan de modo especial para esta finalidad; los demás Obispos y Autoridades presentes; los representantes de Asociaciones y Movimientos eclesiales y todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, de modo particular los que trabajáis en el campo de la educación de los jóvenes. En efecto, como ya sabéis, en mi Mensaje de este año he seguido la perspectiva educativa.
«Educar a los jóvenes en la justicia y la paz» es la tarea que atañe a cada generación y, gracias a Dios, la familia humana, después de las tragedias de las dos grandes guerras mundiales, ha mostrado tener cada vez más consciente de ello, como lo demuestra, por una parte declaraciones e iniciativas internaciones y, por otra, la consolidación en los últimos decenios entre los mismos jóvenes de muchas y diferentes formas de compromiso social en este campo. Para la Comunidad eclesial, educar para la paz forma parte de la misión que ha recibido de Cristo, forma parte integrante de la evangelización, porque el Evangelio de Cristo es también el Evangelio de la justicia y la paz. Pero la Iglesia en los últimos tiempos se ha hecho portavoz de una exigencia que implica a las conciencias más sensibles y responsables por la suerte de la humanidad: la exigencia de responder a un desafío tan decisivo como es el de la educación. ¿Por qué «desafío»? Al menos por dos motivos: en primer lugar, porque en la era actual, caracterizada fuertemente por la mentalidad tecnológica, querer no solo instruir sino educar no se puede presuponer, sino que es una opción; en segundo lugar, porque la cultura relativista plantea una cuestión radical: ¿Tiene sentido todavía educar? Y, después, ¿educar para qué?
Lógicamente no podemos abordar ahora estas preguntas de fondo, a las que ya he tratado de responder en otras ocasiones. En cambio, quisiera subrayar que, frente a las sombras que hoy oscurecen el horizonte del mundo, asumir la responsabilidad de educar a los jóvenes en el conocimiento de la verdad y en los valores fundamentales, significa mirar al futuro con esperanza. En este compromiso por una educación integral, entra también la formación para la justicia y la paz. Los muchachos y las muchachas actuales crecen en un mundo que se ha hecho, por decirlo así, más pequeño, en donde los contactos entre las diferentes culturas y tradiciones son constantes, aunque no siempre dirigidos. Para ellos es hoy más que nunca indispensable aprender el valor y el método de la convivencia pacífica, del respeto recíproco, del diálogo y la comprensión. Por naturaleza, los jóvenes están abiertos a estas actitudes, pero precisamente la realidad social en la que crecen los puede llevar a pensar y actuar de manera contraria, incluso intolerante y violenta. Solo una sólida educación de sus conciencias los puede proteger de estos riesgos y hacerlos capaces de luchar siempre y solo contando con la fuerza de la verdad y el bien. Esta educación parte de la familia y se desarrolla en la escuela y en las demás experiencias formativas. Se trata esencialmente de ayudar a los niños, los muchachos, los adolescentes, a desarrollar una personalidad que combine un profundo sentido de justicia con el respeto del otro, con la capacidad de afrontar los conflictos sin prepotencia, con la fuerza interior de dar testimonio del bien también cuando supone sacrificio, con el perdón y la reconciliación. Así podrán llegar a ser hombres y mujeres verdaderamente pacíficos y constructores de paz.
En esta labor educativa de las nuevas generaciones, una responsabilidad particular corresponde también a las comunidades religiosas. Todo itinerario de formación religiosa auténtica acompaña a la persona, desde su más tierna edad, a conocer a Dios, a amarlo y hacer su voluntad. Dios es amor, es justo y pacífico, y quien quiere honrarlo debe sobre todo comportarse como un hijo que sigue el ejemplo del padre. Un salmo afirma: «El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos … El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia» (Sal 103,6.8). Como Jesús nos ha demostrado con el testimonio de su vida, justicia y misericordia conviven en Dios perfectamente. En Jesús «misericordia y fidelidad» se encuentran, «la justicia y la paz» se besan (cf. Sal 85,11). En estos días la Iglesia celebra el gran misterio de la encarnación: la verdad de Dios ha brotado de la tierra y la justicia mira desde el cielo, la tierra ha dado su fruto (cf. Sal 85,12.13). Dios nos ha hablado en su Hijo Jesús. Escuchemos lo que nos dice Dios: Él «anuncia la paz» (Sal 85,9). La Virgen María hoy nos lo indica, nos muestra el camino: ¡Sigámosla! Y tú, Madre Santa de Dios, acompáñanos con tu protección. Amén.
* * *
Santo Padre emérito Benedicto XVI: Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Homilía del domingo, 1 de enero de 2012
.