por Editorial Casals | 2 Nov, 2013 | Postcomunión Narraciones
Existe en Noruega una bella leyenda.
Una mañana muy de mañana, el ángel vigilante nocturno del paraíso se presentó delante del trono de Dios y pidió permiso para hablar.
—¿Ocurre alguna novedad? —le dijo el Altísimo.
—Señor, contestó el ángel, un grupo de santos se ha levantado iracundo de sus tronos, ha arrojado violentamente la corona que llevaban en la cabeza y, en actitud de protesta, se han ido al confín del paraíso.
—¿De qué protestan?
—Dicen que un alma santa se la ha sepultado en el infierno.
—Veamos, dijo el Señor.
Se levantó el Señor y, precedido del ángel, cruzó, con asombro de los bienaventurados, todas las estancias celestiales hasta llegar al confín del cielo, desde cuyo brocal se atisbaba, en el fondo tenebroso el lugar horrible donde sufren eternamente los condenados. Junto al brocal estaban los santos en actitud de protesta y rebeldía. Preguntó el Señor la causa de su conducta. Por todos habló uno, repitiendo exactamente las palabras del ángel.
—Bien —dijo el Señor, por una vez hagamos una excepción.
El Señor dio orden al ángel de que bajara al infierno y rescatara al «alma santa». Se lanzó el ángel al abismo, abrió sus alas y fue descendiento lenta y majestuosamente. A medida que descendía se iluminaban las regiones oscuras. Por fin se llegó a ver claramente el fondo mismo de la sima donde los proscritos se agitaban entre dolores horrendos.
Al ver el ángel, comprendieron que se trataba de rescatar a alguno, y todos pugnaban por ser los afortunados.
Planeó el ángel sobre aquel agitado e inmenso mar de cabezas hasta que descubrió la persona que buscaba. Con rápido movimiento la tomó por la cintura y la sacó de la muchedumbre de los atormentados. A pesar de la rapidez de su acción, no pudo evitar el ángel que otras almas se agarraran al alma privilegiada y en racimo surgieran todas hacia la altura del paraíso.
La persona elegido no vio con buenos ojos que otras participasen de su ventura. Y se agitaba violentamente, obligando a las otras almas a caer de nuevo una a una en el abismo. Ya estaba el ángel cerca del brocal desde donde le contemplaban los santos rebeldes. Sólo un alma había logrado continuar asida el alma santa. Pero en un movimiento más violento de ésta obligó a aquella desgraciada a desprenderse también y a caer en el infierno danto horribles alaridos. Mas, en el instante en que la última alma se desprendió de la que había de ser favorita el ángel alzó su brazo y dejó que aquella «alma santa» cayera de nuevo en la mansión del dolor.
Los santos que contemplaban la escena quedaron espantados. Se volvieron al Señor, el cual, clavando en ellos una durísima mirada, les dijo con voz severa: «Un juicio sin misericordia para aquellos que no saben tener misericordia».
* * *
Noticias Cristianas: «Historias para amar al prójimo. Historia, n.º 8»
Historias para amar, páginas 88-90
por Editorial Casals | 30 Sep, 2013 | Confirmación Narraciones
El jesuita P. Juan Ogilvia, padeció duros tormentos y la muerte misma por la fe de cristo, en Glasgow, el día 10 de marzo de 1615.
El crimen de que se le acusó, y por el cual fue condenado, consistía en haber enseñado públicamente la doctrina de la Iglesia que establece la diferencia entre los dos poderes, civil y religioso, y que la autoridad espiritual corresponde al Papa, puesto por Dios para gobernar las almas, y no al rey, que a la sazón era Jacobo I de Inglaterra.
Caminando hacia el cadalso, se le acercó un pastor protestante que le dirigió la palabra, dándole a entender con apacibles maneras la gran compasión que inspiraba su desgraciada suerte.
El P. Ogilvia, simulando tener algún miedo, le contestó en voz baja:
—Si dependiese de mí el morir o no morir… nada puedo hacer ya en el trance en que me veo. Me han declarado reo de alta traición y no tengo más remedio que morir.
—Traición, traición… —dijo el protestante; creed, no hay nada de eso; lo que habéis de hacer es abjurar del Papismo y todo se os perdonará y aun os colmarán de favores.
—¿Os burláis de mí? —dijo el Padre.
—No —replicó el pastor; —os hablo formalmente y en nombre de nuestro arzobispo, que me ha encargado os dijera que, si os pasabais a nuestra iglesia, os daría una buena prebenda.
En esto habían ya llegado al lugar del suplicio, el protestante le importunaba a que mirase por sí, pues tan fácil le era salvarse de la muerte; el jesuita le respondía que de buena gana vendría en ello, si así pudiese salvar también su honra.
—Pero ya os he dicho —decía el hereje— que seréis luego colmado de honores.
—Pues, entonces, decid en alta voz a los que están aquí presentes a este lúgubre espectáculo lo que me acabáis de decir en particular.
—No hay inconveniente; lo haré con gusto.
El jesuita, de pie sobre el cadalso, tendiendo su mano hacia la muchedumbre que en torno se rebullía, impuso silencio; callaron todos, y dijo el Padre en voz alta:
—Señores: escuchad la proposición que me hacen.
Y el ministro protestante dijo también en voz alta y con gran solemnidad:
—Prometo, en nombre de nuestro arzobispo, al doctor Ogilvia, que, si quiere y se resuelve a ser de los nuestros, obtendrá en galardón una rica prebenda.
—¿Lo oís todos —dijo el Padre— y estáis prontos a dar de ello fe cuando fuere necesario?
—Sí, lo hemos oído —clamó la multidud— y daremos testimonio. Bajad, Ogilvia, bajad de ese patíbulo.
Los católicos allí presentes se estremecieron de horror; los herejes batían palmas de triunfo, gozosos por la adquisición para su secta de un hombre tan señalado en saber y elocuencia.
—Entonces —replicó el P. Ogilvia— ¿ya no seré acusado de traición, ya no seré perseguido por traidor al rey?
—No, no; gritaron de todas partes.
—De manera que si estoy en este infame lugar, ¿es solo por defender la religión católica, y que mi único crimen es haber defendido la fe romana?
—Sí, si —exclamaron llenos de alegría. En tanto los católicos, con la cabeza baja, avergonzados y confusos, se disponían para retirarse por no ver la escena que temían.
El P. Ogilvia, con voz más fuerte, resplandeciente de júbilo, dijo en medio de un profundo silencio:
—He conseguido más de lo que deseaba: sólo muero por mi religión, por mi fe solamente, que por ella daría mil vidas, si mil vidas tuviera; la única que tengo tomadla y arrancádmela, pero no me arrancaréis mi religión católica, que es la única verdadera.
Al oír estas palabras, los católicos aplaudieron rebosando de alegría y satisfacción, los protestantes rugieron de cólera; el pastor, corrido y confuso, dio orden al verdugo que cumpliese al punto su oficio.
El ilustre confesor de la fe católica se mantuvo suavemente sereno y apacible. En sus labios florecía una dulce y avasalladora sonrisa; los ojos los tenía vueltos al cielo. La encantadora tranquilidad de su espíritu no era menor que la invencible fortaleza de su alma.
El ejecutor pidió perdón al mártir, y éste le abrazó; antes de atarle las manos, arrojó el P. Ogilvia sus rosarios al pueblo, y fueron a dar en medio del pecho a un joven calvinista que viajaba entonces por Escocia, el barón Juan de Ekersdorff, que fue después gobernador de Tréveris y amigo íntimo del archiduque Leopoldo, hermano de Fernando III.
Ya muy anciano, dijo lo siguiente al P. Boleslao Balbino, de la Compañía de Jesús:
—Cuando la ejecución del P. Ogilvia, sus rosarios me dieron en el pecho, y hubiera podido cogerlos si la impetuosidad de los católicos, que me los arrancaron a viva fuerza, me lo hubiera permitido. No pensaba entonces cambiar de religión; pero aquellos rosarios me habían herido el corazón, y desde aquel momento no hallé reposo ni tuve paz. Perturbada mi conciencia, me decía: «¿Por qué los rosarios del P. Ogilvia cayeron sobre mí y no sobre otra persona?». Y esta idea, durante muchos años no me abandonó un solo momento, y me hice católico. Atribuyo mi conversión a estos rosarios, que compraría a cualquier precio, y que por nada cedería si llegasen a mis manos.
* * *
Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios. II Parte: Historia, n.º 10»
Historias para amar, páginas 32-34
por Editorial Casals | 2 Sep, 2013 | Postcomunión Narraciones
Eran dos hermanos que oyeron el mismo día la voz de Dios, que los llamaba a la vida perfecta y, sin demora alguna, con prontitud y generosidad, abandonaron todas las cosas y se retiraron a la soledad del campo a servir a Él solo. A fuerza de rudos trabajos cultivaban un campo, roturaron unas tierras yermas y baldías; cosechaban legumbres y cuando necesitaban para alimentarse sobriamente; además confeccionaban las ropas con que se cubrían, limpiaban con esmero su rústica cabaña y leían las Sagradas Escrituras. El resto del tiempo lo dedicaban a la oración y a la meditación de las cosas divinas.
Esta vida de retiro y de piedad no satisfizo, sin embargo, a uno de ellos, Juan, «el menor», el cual soñaba con éxtasis y visiones y casi consideraba indignos de sí aquellos trabajos que realizaba con su hermano y aquellas lecturas, a las cuales se entregaban.
Así, pues, un día le dijo claramente:
—Siento decirte, hermano, que nuestra vida me parece demasiado común; vivimos como los demás hombres; nos preocupamos demasiado de las cosas terrenas. De ahora en adelante quiero ocuparme sólo de las cosas divinas. Iré a otra parte a vivir como los ángeles, únicamente por amor de Dios. Quiero pasar así los días de mi vida. Aspiro a la sola contemplación de la grandeza inefable de Dios. Adiós, hermano; mi vocación me llama a una vida más perfecta, a una vida angélica… Un efecto desagradable produjeron estas palabras en el hermano mayor, el cual se esforzó inútilmente en disuadirle y detenerle a su lado. Juan, firmemente convencido de la sublimidad del estado al cual quería consagrarse, no se dejó desviar de su propósito. Partió, pues, sin ni siquiera pensar que su vocación pudiera ser un engaño del demonio de la pereza. Marchó, pero afortunadamente no solo. Iba con él el santo Ángel de la Guarda, decidido a no abandonarle y hacerle volver de su temeridad.
En su nuevo retiro pasó el primer día completamente entregado a la oración ya al meditación.
Sólo, al atardecer, se sintió algo desconcertado al ver que no llegaba al cuervo a traerle un buen trozo de pan, como en otro tiempo lo hiciera con san Pablo, el ermitaño.
Le parecía natural que el Señor le diese esa mísera recompensa, ya que él lo había dejado todo por servirle.
Para cenar, tuvo que contentarse con un puñado de raíces silvestres. Una gran piedra le sirvió de colchón durante la noche. Mas era tal la fuerza de su vocación que ofreció al Señor privaciones y se durmió con la persuasión íntima de que llegaría a ser un gran santo.
Su ángel, sin embargo, no dormía; velaba a su lado, no solo para alejar los animales del desierto y las enfermedades, a las cuales imprudentemente se exponía por dormir al raso, sino también para instruirle y corregirle. En las horas de la noche le mandó un sueño, durante el cual vio un cuervo —el cuervo de san Pablo— que revoloteando sobre las arenas movedizas, llevaba un pan blanco en el pico. Juan, hambriento, hacía esfuerzos constantes para cogerlo, pero el ave huía siempre de sus manos, graznando estas palabras.
—Dios, mi amo y Señor, me envía a los ancianos que ponen sus energías a su servicio, no a los jóvenes que tienen brazos robustos para trabajar.
Este sueño turbó bastante a Juan que, al despertarse, se sintió menos satisfecho que al dormirse; por otra parte, tenía los miembros ateridos por el frío de la noche y su estómago estaba vacío. Su ángel le sugirió que aceptase todas las privaciones con espíritu de penitencia, ya que se había retirado al desierto para santificarse.
Llegó el segundo día, Juan multiplicó sus oraciones; se entregó a la meditación más concentrada y absorta y eso, no obstante, el éxtasis tan deseado y el cuervo con el alimento en el pico no se presentaron. Juan pensó que tal vez había tenido distracciones voluntarias en la oración, y por eso Dios no le regalaba con las visiones y los éxtasis tan deseados.
Aquella noche se sintió feliz de tener para cenar un huevo de avestruz, hallado entre la arena caliente: no estaba muy fresco, que digamos; pero, ¿no había venido para hacer penitencia? Era muy natural que la hiciese, lo más terrible para él fue la falta de agua: ni una gota para apagar la sed. ¿Qué hacían los serafines del cielo, a quienes él quería imitar en el desierto? Pensó para sus adentros.
Su Ángel de la Guarda recogió este pensamiento, este deseo de saber y lo presentó en el trono de Dios. A su regreso, Juan dormía y en sus sueños veía animarse el desierto y poblarse de una multitud inmensa de ángeles. Uno de ellos le rozó con las alas y él trató de detenerle.
—No dispongo de tiempo, hermano —dijo el ángel— tengo que trabajar.
Otros dos se encorvaban ante el peso de una hermosa canastilla, llena de aureolas radiantes.
—Deteneos, hermanos; ¿qué lleváis?
—No podemos detenernos; tenemos una orden que cumplir: con estas aureolas hemos de coronar a los que han sudado en su labor diaria.
Otros tenían la misión de abrir las corolas de las flores, de cuidar los nidos de las aves, de consolar a los afligidos, aliviar a los enfermos, gobernar los Estados…. Todos trabajaban lo mismo en el cielo que en la tierra.
Amaneció al tercer día, sin que llegasen las alegrías espirituales que el futuro santo esperaba. Su espíritu estaba en una tensión continua; sentía el tormento del hambre, de la sed y del frío; la desilusión más terrible se cebaba en sus alma; lejos de descansar, experimentaba dolores agudos en todo el cuerpo. Pues, ¿qué tenía Dios contra él, que consumía todas las horas en su servicio? Así preguntaba angustiado y abrumado por una tristeza infinita, cuando en las horas de la noche le mandó su ángel custodio un tercer sueño.
Durante él se vio transportado a Nazaret y, sin ser visto, penetró en las santa casa de María: la Virgen estaba hilando con sus blancas manos la túnica inconsútil para su divino Hijo.
A través de un respiradero vio también el taller. San José estaba encorvado sobre el banco de la carpintería y Jesús, que con una sola señal hubiera podido llamar a una legión de ángeles, manejaba la garlopa y demás herramientas vulgares del oficio paterno.
Se despertó sobresaltado. ¿Para qué ha trabajado Nuestro Señor, sino para darnos ejemplo y para cumplir el precepto impuesto al primer hombre y en él a toda la humanidad «Comerás el pan con el sudor de tu rostro»?
Al llegar el cuarto día, sin casi darse cuenta, Juan había emprendido el regreso hacia la cabaña de su hermano. Mas, sintiéndose extenuado y sin fuerzas, trató de olvidar la tierra, meditando sobre las bellezas del cielo. Entonces el Ángel de la Guarda le inspiró estos pensamientos.
Sobre un trono de nubes, rodeado de serafines y querubines, Dios reina, en medio de su gloria infinita, recibe los hosannas de los bienaventurados y ve sus súplicas. Desde el seno de esa gloria dirige todas las cosas: cuida de que nada se interfiera para poner en peligro el equilibrio admirable y complicado del universo; su solicitud se extiende a todas las criaturas, hasta las más pequeñas que viven en el fondo del mar o en las entrañas de la tierra; sujeta a la tempestad, pronta y dispuesta para trastornar la naturaleza; dice a las aguas del océano: «Llegaréis hasta aquí y no pasaréis de los límites establecidos»; impera a los astros y endereza la florecilla, inclinada sobre sus tallo.
Juan se concentró en sí mismo para aplicarse el fruto de la meditación
—¿Cómo? —pensó—. ¡Yo desprecio el trabajo, yo que soy un miserable gusanillo de la tierra, mientras el Dios omnipotente, el Creador de todas las cosas, está operando siempre, realiza un trabajo infinito con la infinitud de su poder!
Al amanecer del quinto día, extenuado, sí, pero del todo cambiado, con andar vacilante y casi arrastrándose, se acercó a la cabaña de su hermano y llamó a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó su morador.
—Soy yo, Juan, tu hermano.
—¿Qué? ¿No te has convertido en un ángel?
—Todavía no; pero al menos he adquirido el convencimiento de que, para asemejarse a los ángeles del Señor, es preciso unir el trabajo a la plegaria y a la contemplación.
Y así lo hizo durante todas sus vida.
* * *
Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios. I Parte: Cuentos y leyendas, n.º 2», en Historias para amar, páginas 7-11.
por CeF | Erica Correa | Avanzakids.com | 31 Jul, 2013 | Postcomunión Narraciones
Katheryn era una pequeña niña a la cual le encantaba investigar y preguntar todo.
Un dia se hizo la gran pregunta:
—¿Cómo es el cielo? ¿Qué pasa allá arriba? ¿Jesús camina entre las nubes? Mmmm ¿Por qué no se cae?
Entonces Kathetyn pensó y pensó hasta que decidió conversar con la persona indicada.
—¡Ya lo tengo! —dijo— ¡le voy a preguntar a Dios!
Y la niña se puso de rodillas y comenzó su charla:
—Querido Dios, necesito hacerte unas preguntas… ¿Tú crees que tienes tiempo para responderme?
A lo que Dios respondió:
—Buen día, pequeña Katheryn, ¡claro que tengo tiempo! ¡toda la eternidad para oírte!
Y Kathy respondió entonces:
—Bueno, ¡ahí va! ¿Cómo es el cielo?… ¿Se puede caminar allá arriba sin caernos?
—Aquí en el cielo todo es hermoso —dijo Dios—, las calles no estan hechas de nubes, por eso no nos caemos. ¡Estas son de oro puro! Tambien hay montañas, lagos, flores, árboles…, ¡Ah, y hasta un mar de cristal!
—¡Guauuu, buenísimo! ¡Buenísimo!… ¿Y se puede correr? —insistió Katheryn.
—Claro que sí… hay mucho pasto y campos de hermosas y extrañas flores con unos aromas que no existen en la tierra.
—¡Genial, Señor! Y la gente que esta allá arriba… ¿qué hacen?— preguntó inocentemente.
—Las personas son muy felices aquí, porque no existe la tristeza y Yo siempre estoy con ellos. Todos los habitantes del cielo pasean, cantan y disfrutan mucho todas las cosas lindas que tengo preparadas.
—Y… ¿en el cielo hay camas? —siguió interrogando.
—¡Ja, ja, ja! —se regocijó Dios al escuchar sus inquisitivas preguntas—. Sí, pequeña, pero solo son para descansar no para dormir ¡porque aquí no existe la noche, siempre es de día.
—Y, ¿hay ángeles?
—Sí, preciosa, miles de millares… millones de millones… y son muy hermosos.
—¿Hay casas en el cielo? —continuó preguntando la niña.
—Sí, de todo tipo: las hay chicas, grandes y… más grandes, junto a lagos y montañas según su recompensa… por eso recuerda que todo lo que hagan bueno en la tierra tiene su recompensa acá en el cielo.
—¡Ah! Ya sé, Dios, si yo me porto bien y hago caso a mis papis… voy acumulando recompensas en el cielo, ¿verdad, Señor?
—Así es, pequeña Katheryn —respondió Dios.
—Bueno, Señor… esta es mi última pregunta de hoy… ¡no sé si te parecerá rara! ¿Se hacen fiestas en el cielo?
—¡Claro que sí…, todo el tiempo! —dijo Dios— ¡Cada vez que una persona en la tierra se arrepiente de su mal camino y acepta a mi hijo Jesús como su Salvador! Así que aquí… ¡todos estamos de fiesta! ¡Recuerda siempre lo hermoso que es el cielo y que está hecho solo para recibir a todos quienes adoran a Dios!
* * *
Basado en un cuento de Erica Correa
por CeF | 2 Jul, 2013 | Confirmación Narraciones
Una mujer se acusaba con san Felipe Neri de ser muy dada a la maledicencia.
—¿Cae usted con frecuencia en esa falta?
—Sí, padre, muchas veces.
Al ver tal franqueza, comprendió el santo que había más de ligereza que perversidad, y que era menester convencerla de las deplorables consecuencias de su costumbre.
—Hija, le dijo san Felipe, su culpa es grande, pero es mayor la misericordia de Dios; con la seria voluntad de enmendarse y la gracia de Dios, no dudo que llegará a triunfar de su hábito. Por su penitencia, irá usted al mercado, comprará una gallina recién muerta y con plumas, luego recorrerá las calles de la ciudad con todas sus vueltas y vaya desplumando la gallina y tirando de acá allá las plumas… Hecho, esto, me vendrá a dar cuenta de su cumplimiento como a ministro de Dios.
Inútil decir el asombro de la penitente al recibir tal penitencia de un hombre tan serio y santo.
Fue, pues, al mercado, compró la gallina y la fue desplumando por las calles y volvió a dar cuenta para que le explicara tan curiosa penitencia.
—¡Ah! —Dijo el santo al verla—, ya ha cumplido bien la primera parte que le receté como médico; ahora cumpla la segunda y quedará del todo curada. Vuelva ahora al revés por el mismo camino y recoja todas las plumas que ha tirado.
—¡Pero esto es imposible! Exclamó la pobre mujer sorprendida. Las tiré por todos lados y el viento se las habrá llevado.
¿Cómo volver a encontrarlas?
—¡Bien! Hija mía, respondió el buen religioso, las maledicencias son como estas plumas que usted concede no poder recoger de nuevo. Sus funestas palabras han volado por todos lados, ¡cójalas ahora si puede!… ande… y no peque más.
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Noticias Cristianas: «Historias para amar al prójimo. V Parte: Cuentos y leyendas, n.º 7», en Historias para amar, página 88.
por Israel Gajete Domínguez | 30 Abr, 2013 | Postcomunión Narraciones
Cuentan que un día, hace miles de años, una bellota lloró durante semanas bajo un roble anciano. Éste compadeciéndose al fin de ella, le preguntó:
—¿Qué te atormenta hermosa bellota? ¿Cuál es el motivo de tu aflicción?
Durante un corto espacio de tiempo contuvo su llanto, sorprendida porque aquel enorme árbol le hubiese llamado hermosa a ella, minúscula y ridícula… No, ni aunque un bosque entero la hubiera llamado hermosa, hubiera creído serlo.
—¿Cómo puedes llamarme hermosa, a mí, que soy tan pequeña que apenas alcanzo a percibir la luz del sol que tapan tus ramas?
—Creo que eres hermosa. Y me entristece que pienses que la belleza sólo se encuentra en el tamaño. ¿Tendría que llorar yo entonces contemplando la montaña? Y ya que has contestado a mi pregunta con otra, permíteme interrogarte de nuevo: ¿Acaso el lirio es menos bello que el río? ¿Crees que el estruendo de la tormenta es más hermoso que el canto del ruiseñor? La belleza se encuentra en el corazón que aprecia aquello que le rodea, indistintamente de su tamaño. Tú serás tan hermosa a mis ojos como yo quiera verte.
—Pero aun así, aunque de verdad fuera bella… ¿De qué me sirve? No valgo para nada. Dime tú, sabio roble, ¿Para qué disfrutar del viento y la luz cuando vivía en tus ramas, si ahora estoy en el suelo cubierta de un polvo que apenas me permite ver? Cuando caí con mis hermanas al menos disfrutaba de su compañía, pero vinieron los cerdos y se las comieron, esparciendo sus cáscaras alrededor de mí.
—Hija mía ¿Ni siquiera te sientes privilegiada por ello? ¿No te acuerdas cuando te acunaba en las noches serenas y te protegía con mis hojas de la lluvia… ? Yo sabía que tú eras especial, única. Te he cuidado y te he mimado porque dentro de ti se encuentra la luz fecunda que ahora desconoces. Eres mi predilecta desde que te vi nacer.
—No lo entiendo. No sé de qué me hablas. ¿Por qué he de ser especial? Mírame bien, soy una bellota menuda, rota, amarga… ¿aun así dices que soy bella y especial? La tierra intenta tirar de mí, y no sé por qué aún me resisto. ¿Cuál es la razón de mi existencia? Soy muy joven pero ya me siento morir. Todo lo que me rodea son motivos de desánimo, no encuentro razones para ser feliz. No puedo ser feliz.
—Querida bellota, te resistes inútilmente a tu destino. Te esfuerzas en vano. Cuantas más energías destines a permanecer fuera de la tierra, antes morirás.
—¿Y así intentas consolarme? Desde siempre te he admirado, tú que eres grande y robusto… incluso te he envidiado. Pero con el tiempo me he conformado con ser lo que soy. Un apéndice de ti, un trocito de madera que arrojaste al suelo para ser devorado por los animales. No he pretendido ser más que eso. Ahora veo que mi vida carece de sentido. Para morir así, hubiese preferido no vivir. Esa es la causa de mi llanto sabio roble.
—Ha llegado la hora de contarte tu gran secreto. En realidad no eres un apéndice de mí, un estorbo inútil en mis ramas, ni tampoco comida para los animales. Eres un roble, disfrazado con la pequeñez que hace humilde al bueno y soberbio al que se deja llevar por el mal. Pero para convertirte en un roble como yo, debes morir primero. En tu alma llevas la impronta de mi ser, la potencialidad que te convertirá en árbol. Te pudrirás y el roble que llevas en tu interior te desgarrará la piel, dividirá tu corazón de semilla. La transformación es dolorosa. Pero te aseguro que es la única puerta a la felicidad. No creas que ese dolor es gratuito.
En ese momento la semilla se inundó de una paz y una alegría intensa. Su lamento se trocó en canto de esperanza, y dejó que la madre tierra, poco a poco, la acogiera en su seno, soñando con convertirse en un hermoso roble.
Pasaron los años, y el roble joven disfrutaba de la incipiente primavera. Una pequeña oruga trepó trabajosamente por su tronco y se detuvo en una rama. Comenzó a expulsar seda por su boca y a encerrarse en una crisálida. Con voz triste y cortés dijo:
—Permíteme que me aloje aquí, será sólo por unos días. Creo que se acerca el fin del mundo. Me parece que voy a morir pronto. No te preocupes por la seda, el viento la arrancará cuando yo sólo sea polvo.
Apenas transcurrida una hora, la oruga rompió a llorar.
—Hermosa oruga –dijo el joven árbol- ¿Por qué lloras?
—¿Hermosa dices? Déjame en paz; ¿Y no te he dicho que voy a morir? ¿No te basta así que además tienes que atormentarme con tu ironía? Ya llega el fin del mundo…
El velo de la noche lo cubrió todo. La oruga, cansada de llorar se durmió. El árbol inclinó su rama, protegiéndola del viento, y susurrando murmuró:
—Querida oruga, aquello que tú llamas el fin del mundo, el resto del mundo lo llamará… MARIPOSA.
* * *
Breve biografía de Israel Gajete Domíguez
por José Martínez Colín | churchforum.org | 1 Abr, 2013 | Primera comunión Dinámicas
Para iniciar este tiempo de Pacua, os ofrecemos esta pequeña catequesis inicial, basada en palabras del Papa Benedicto XVI durante la Pascua, y elaborada por el Rvdo. D. José Martínez Colín para churchforum.org, de donde la recojemos para nuestra página.
Para saber
En su mensaje de Pascua del Domingo de Resurrección del pasado año, el Papa Emérito Benedicto XVI nos envió el siguiente saludo: «Queridos hermanos y hermanas, Jesús, crucificado y resucitado, nos repite hoy este anuncio gozoso: «He resucitado, estoy siempre contigo ¡Aleluya!»».
Con ello nos invita a no perder la presencia de Dios en nuestras vidas, sino a procurar encontrarlo en el quehacer diario.
Anteriormente, el Papa, recordando a San Agustín, decía que este santo escribió un libro importante llamado La Ciudad de Dios. Lo escribió cuando habían invadido Roma y muchos se preguntaban por qué Dios no los había ayudado. El Santo responde que el Reino de Dios no es de este mundo. Es decir, las guerras, desastres o dolores no significan que Dios nos abandona. El mal no es introducido al mundo por Dios, sino por el hombre libre que no obra según el querer de Dios. Sin embargo, Dios no nos abandona y su Providencia sabe cuándo y cómo actuar.
A continuación, un relato nos ayudará a reflexionar al respecto.
Para pensar
Se cuenta que una vez un hombre, era perseguido por varios malhechores que querían matarlo. El hombre ingresó a una cueva la cual se subdividía, a su vez, en varias. Los malhechores empezaron a buscarlo por las cuevas anteriores de la que el se encontraba.
Al sentirse atrapado, elevó desesperado una plegaria a Dios, de la siguiente manera: «Dios todopoderoso, haz que dos ángeles bajen y tapen la entrada, para que no entren a matarme«». En ese momento escuchó a los hombres acercándose a la cueva en la que él se encontraba, y vio que apareció una arañita.
La arañita empezó a tejer una t
elaraña en la entrada. El hombre volvió a elevar otra plegaria, esta vez más angustiado: «Señor, te pedí ángeles, no una araña». Y continuó: «Señor, por favor, con tu mano poderosa coloca un muro fuerte en la entrada para que los hombres no puedan entrar a matarme». Abrió los ojos esperando ver el muro tapando la entrada, y observo a la arañita tejiendo la telaraña. Estaban ya los malhechores ingresando en la cueva anterior de la que se encontraba el hombre y este quedó aterrado esperando su muerte.
Cuando los malhechores estuvieron frente a la cueva que se encontraba el hombre, ya la arañita había tapado toda la entrada, entonces se escuchó que uno de ellos decía: «Vamos, entremos a esta cueva». Pero otro de ellos le contestó: «No. No ves que hasta hay telarañas. Se ve que nadie ha entrado en esta cueva por años. Sigamos buscando en las demás cuevas».
En ocasiones esperamos que la respuesta de Dios sea según nuestro pobre pensar, olvidándonos de que Dios es infinitamente más sabio y poderoso. Pensemos cómo es nuestra oración al Señor.
Para vivir
El Papa nos exhorta a sentirnos en presencia de Dios: «Que nadie cierre el corazón a la omnipotencia de este amor redentor. Jesucristo ha muerto y resucitado por todos: ¡Él es nuestra esperanza! Esperanza verdadera para cada ser humano. Hoy… Jesús resucitado nos envía también a todas partes como testigos de su esperanza y nos garantiza: Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20)».
por CeF | 26 Feb, 2013 | Postcomunión Narraciones
Había un señor rico y poderoso, que vivía en su castillo, del cual no salía sino para guerrear, asolar los campos de sus vecinos, saquear los pueblos y robar a los viajeros.
Era tan malvado y cruel, que nada humano le había quedado en su corazón más que el amor a su mujer, apacible y bella criatura, que pasaba los días y las noches llorando las maldades de su marido y pidiendo a Dios que se las perdonara.
En vano su marido la rodeaba de cuantos goces dan el lujo y la riqueza: de nada disfrutaba la humilde señora; nada quería, nada deseaba sino la conversión de su marido.
En una espantosa noche de invierno, en que el cielo, desencadenando tempestades, parecía querer acabar con la tierra, estaba sentada la señora delante de una gran chimenea, en que ardía una brillante hoguera. El viento mugía entre las torres, cual si le enojara su existencia; las nubes arrojaban sus aguaceros con ira; los relámpagos atravesaban caprichosamente las tinieblas como espíritus malos; todos los vivientes buscaban un abrigo contra la inclemencia de aquella lóbrega noche. El señor del castillo aún no había vuelto de su correría, y su angustiada esposa rezaba con fervor.
Se oyó llamar a la puerta, y poco después un criado entró a la estancia y dijo a su ama que dos pobres religiosos, cansados, casi muertos de frío y necesidad, perdidos en aquel país agreste, pedían ser acogidos en la fortaleza, aunque fuese un establo.
La buena señora se sobrecogió, porque sabía que su marido odiaba a los religiosos, y era tan sumisa que ni aun el bien se atrevía a hacer sin su beneplácito. Pero ¿cómo rehusar a los santos varones una súplica tan humilde?
—El señor no lo sabrá -dijo el buen criado, que al ver a su señora suspensa adivinó sus pensamientos-, al rayar el día se irán.
La castellana consintió en ello, encargando al criado los escondiese en la caballeriza más apartada.
No bien hubo salido el criado con los religiosos cuando sonó una trompeta, y el galope de los caballos anunció la llegada del señor. A poco rato entró, y, después de haber trocado su armadura teñida en sangre por un rico vestido de seda forrado de ricas pieles se sentó con su mujer a una mesa profusamente servida de ricos manjares, sobre la cual innumerables bujías blancas, esparcía su melancólica y pura luz.
La castellana, ricamente vestida con su traje de terciopelo verde, bordado en oro y pedrería, no comía; el resplandor de las luces se reflejaba en los brillantes que cubrían su frente y en las lágrimas que surcaban sus mejillas, como otro adorno más porque eran de aquellas con que el corazón hermosea el rostro.
—¿Qué tenéis? –le dijo su marido con cariño.
No respondió.
—¿Temíais por mí en esta noche de espantoso temporal? Pues fuera temores; ya me tenéis sano y salvo aquí.
La hermosa castellana seguía llorando.
Pero él, a quien su ángel bueno había guardad en su corazón el amor a su mujer como un áncora de salvación, se afligió al verla llorar y le dijo.
—Contadme, señora, lo que os aflige, y juro con mi espada enjugar vuestras lágrimas si está en mi poder hacerlo.
—Señor –respondió su mujer- lloro porque, mientras aquí disfrutamos de todos los bienes de la vida, otros carecen de lo necesario, porque, mientras esa llama se levanta viva y alegre y nos envía el calor como una caricia, otros tiritan de frío; mientras estos manjares excitan el paladar con sabrosas exhalaciones, otros, señor, tienen hambre, y por eso se anuda mi garganta y no puedo comer…
—Pero, señora –le dijo su marido-, ¿quién sabéis que se esté muriendo de frío y hambre?
—Dos pobres religiosos, señor, que me pidieron albergue, y que están en la caballeriza.
El marido frunció el ceño.
—¡Frailes! –dijo-. Holgazanes, pancistas, petardistas, que querían regalarse a mis expensas.
—No han pedido más que un techo y un poco de paja.
El castellano llamó a su criado.
—¡Oh, señor, señor! –dijo sollozando la castellana-. No los echéis fuera; ¡acordaos de vuestra promesa!
—Perded cuidado –contestó el marido: comerán, se calentarán, y además me servirán de diversión. ¡Ya veréis!
Mandó enseguida a los criados que les trajesen a su presencia. Vinieron los religiosos. Al verlos el señor, por un impulso involuntario se puso de pie. Comenzó la cena. El más anciano, ya con los cabellos blancos, comenzó a hablar. La chanza enmudeció en los labios del castellano, que oía con toda atención las palabras del religioso.
Terminada la cena, el señor les ofreció las mejores habitaciones, pero los religiosos las rechazaron, diciendo que querían volver a la paja.
—Padre, yo quisiera volver a Dios; -sollozó el castellano- ¡pero es imposible que el Señor perdone mis iniquidades!
—Aunque vuestros pecados –repuso el misionero- excediesen en número a los granos de la arena del mar, a las gotas de agua de las nubes y a las estrellas del cielo, todos los borraría el arrepentimiento y los perdonaría la clemencia de Dios; por eso el pecador endurecido no tiene disculpa, y eso es lo que formará su eterna desesperación.
Entonces el castellano, arrodillándose, confesó sus pecados mientras que abundantes lágrimas de contrición caían de sus ojos sobre la paja en que se había arrodillado.
Cuando el misionero, después de dar gracias al Señor misericordioso, se quedó dormido, se sintió transportado al Divino Tribunal. La Eterna Justicia tenía en la mano la balanza, que pesa el bien y el mal; un alma iba a ser juzgada; era la del castellano. El espíritu infernal, con insolente triunfo, puso en una balanza el cúmulo de sus iniquidades.
Los ángeles buenos se cubrieron la cara con horror y compasión. El alma gimió con dolor. Entonces se acercó el ángel de su guarda, ese ángel tan dulce, tan paciente y tan bello; ese ángel que nos pone el arrepentimiento en el corazón, las lágrimas en los ojos, la limosna en la mano, la oración en los labios; traía algunas pajitas mojadas en lágrimas, las puso en el plato opuesto de la balanza.
El alma se salvó.
Cuando los religiosos se levantaron a la mañana siguiente, hallaron el castillo en consternación. Preguntaron la causa. El castellano había muerto aquella noche.
* * *
Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios n.º 9»
en Historias para amar, pp. 19-21.
por Pablo Córdoba | 20 Feb, 2013 | Despertar religioso Cuentos
La abuela le pide que la acompañen a la Iglesia.
Qué aburrido! –piensa Dalma, la nieta adolescente; pero, al recordar que están en Semana Santa, decide ir.
–¡Vamos! –grita Matías, de ocho, que ve en la invitación una ocasión para atrapar palomas en el campanario.
Es una tarde fría. El cielo está nublado.
Llegan a la Iglesia. Un candado avisa que está cerrada. La abuela les indica ir por el lateral; seguro que, la puerta estará abierta.
Entran por la parte trasera. No hay nadie adentro…
–¿Qué les parece si rezamos el Vía Crucis?
–¿Qué es eso? –pregunta Matías .
–Es recorrer, siguiendo estos cuadritos, el camino que hizo Jesús llevando la Cruz, hasta su muerte –responde su hermana.
El niño se para frente al primer cuadro y lee: «Jesús es con–de–na–do». Mira a las mujeres y con picardía pide una explicación.
La nona hace un gesto de complicidad y comienza con el relato:
«Eso fue en la mañana del viernes. El gobernador sabía que era inocente. Y, buscando excusas para liberarlo, les dio a elegir al gentío entre Cristo y Barrabás, un asesino que nadie quería.
«La muchedumbre pidió a gritos que liberen al delincuente; y que crucifiquen a Jesús. ‘¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!’, gritaban enfurecidos.
–Pero… ¿no era bueno? –comentó Matías.
–Buenísimo. Él los había curado, les había dado de comer, les había enseñado las cosas de Dios, como en la catequesis –dijo la mujer acariciando la cabecita del pequeño y prosiguió con el relato.
«Entonces, para que la gente se calmase, el gobernador mandó azotar al Nazareno.
–Eso es lo más impresionante de la película… –comentó Dalma– …cuando le arrancan la carne a latigazos.
«Después –continuó la abuela– lo abofetearon y le clavaron una corona de espinas.
«Pero aún faltaba lo peor: la humillación de llevar la cruz hasta la cima del monte Calvario, donde sería crucificado.
«Jesús carga con la Cruz. Apenas sale a la calle, la gente se amontona. Algunos aprovechan para insultarlo y escupirlo. Otros, para demostrarle a los soldados que no estaban de su lado, le gritan groserías.
«Entre ellos está uno de los que había curado la lepra, está la madre de una niña que había resucitado… Cristo los reconoce. Podría llamarlos por su nombre. Los mira. Ellos prefieren bajar la cabeza.
Dalma se imagina entre la gente. Se siente parte del relato.
«Se escuchan ruidos de metales. Son los soldados que vienen a exigirle que se apure. Al día siguiente es feriado y quieren terminar temprano. Uno le da un empujón. Jesús cae por primera vez.
–Acá está el dibujo –dice Matías, señalando la tercera estación.
–¿Alguna vez te caíste?
El niño recuerda cuando se cayó de la bicicleta. Le había sangrado el codo y se había raspado las rodillas. Lo peor había sido cuando su mamá le lavó las heridas con agua y jabón.
–¡Ay! –exclamó al comprender. La nona siguió contando.
«Los soldados se enfurecieron porque demoraba en ponerse de pie. Uno le tiraba de los pelos, otro lo azotaba.
«Gritó tan fuerte que María, que estaba lejos, lo escuchó.
«Luego se abrió paso entre la multitud.
«Por fin, Jesús se encuentra con su Madre». Pero está tan desfigurado que ella no lo reconoce. Lo mira a los ojos y consigue ver en ellos, al pequeño que había crecido entre sus brazos.
«Se contemplan durante unos instantes. El ambiente se llena de ternura. La gente, emocionada, los contempla sin hablar, hasta que otro latigazo obliga a Cristo a separarse de su mamá.
«La Virgen se queda sola.»
Los niños sienten compasión por la Madre de Dios.
Caminan unos pasos y se detienen en la quinta estación.
–¿Quién es ese hombre?
–Simón de Cirene carga con la Cruz –lee la joven, a modo de respuesta.
«Cristo no tiene más fuerzas para continuar. Entonces, los soldados buscan a un hombre para que le ayude a cargar con los maderos.
«Lleno de miedo, Simón se niega. Se siente poca cosa para estar al lado de Cristo. Éste lo mira y le infunde confianza. El cireneo vence el miedo y le ayuda con la Cruz.
«Es un aporte ínfimo entre tanto dolor, pero significa mucho para Cristo que recibe agradecido el favor de su nuevo amigo.
–Cuando sea grande, yo le voy a ayudar –agrega el pequeño.
–No hace falta que crezcas. Ahora podés hacerlo: siendo obediente, haciendo las tareas, no peleando… Eso hace muy feliz a Jesús.
Se detienen en la sexta estación. La abuela se inclina hacia la nieta y en la intimidad le comenta:
«Entre la muchedumbre hay una mujer que simpatizaba con su mensaje y con el grupo de mujeres que lo seguía; pero, por tímida, no se había comprometido a seguirlo.
«Obligan a Cristo a tomar un atajo y, sin esperarlo, pasa delante de ella. Al verlo tan cerca, la mujer rompe con su timidez, arranca un lienzo de su vestido y, cuidadosamente, Verónica enjuaga el rostro del Señor.
Dalma, recuerda cuando por «timidez», no defendió el mensaje de la Iglesia entre sus compañeras… y se avergüenza.
La abuela teme que la joven esté aburrida y quiera regresar a casa.
–Seguí contando –dijo el mocoso.
La joven toca el brazo de la abuela con gesto indeciso y también le pide que siga con el relato.
Miran hacia atrás. Las puertas estaban abiertas. Había muchas personas recorriendo el Vía Crucis. Algunos rezaban el Rosario. Otros, en fila, esperaban para confesarse.
En la casa, no ha dejado de sonar el teléfono. Son las adolescentes que preguntan por su amiga.
«Salió con la abuela» –responde la mamá una y otra vez. Al pasar por la habitación del niño sonríe: no está con los jueguitos de la computadora.
–Si quieren que sigamos, tenemos que cruzar del otro lado.
Los niños aceptan, buscan la séptima estación y se detienen frente a ella.
«Estaba muy cansado, sus pasos eran cada vez más cortos y torpes. De pronto, topa con una piedra y cae por segunda vez.
La abuela piensa en las caídas del alma que suelen ser más dolorosas que las otras. Recuerda las veces que prometió no volver a caer y que igual tropezó con la misma piedra.
Admite que su carácter, sus caprichos y su egoísmo, terminan siendo las piedras con las que tropieza Cristo. Obstáculos que traicionan el camino espiritual.
–Abuela: ¿quiénes son estas señoras? –la interrumpe en su reflexión, Matías.
–Son un grupo de mujeres que, afligidas por lo que está pasando, lloran sin consuelo. Cristo se detiene ante ellas y les dice: «No lloren por mí, sino por sus pecados y por sus hijos.
«Les explica que causan más sufrimiento las faltas de caridad y la indiferencia de su hijos, que los latigazos de los romanos. Así, Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.
–Voy a pedirte una cosa, –le dijo a Matías que, como a todo niño, le gusta que le hagan encargos importantes–. Quiero que en tus oraciones pidas perdón por las ofensas de los hombres que no rezan, que no van a Misa y que blasfeman.
–Que rece por los ateos también –agrega Dalma.
–No solamente por ellos sino también por los bautizados que se han ido a otras iglesias, por los que sólo acuden a Dios en los momentos malos y después se olvidan…
«Por las mujeres que abortan y por las que no transmiten la fe a sus hijos –concluye la abuela y vuelve al Via Crucis:
«Le duele más el corazón que el cuerpo. Es tanta la amargura de su alma, que no resiste más… y cae por tercera vez.
«Sabe que con su sacrificio está pagando el rescate de todos los hombres que somos rehenes del pecado.
–Como los secuestros que aparecen en la tele.
–Algo parecido –responde la mujer con una leve sonrisa.
–Y acá… ¿qué pasó? –pregunta el niño.
«Llegaron al lugar de la crucifixión. Los soldados le quitan la ropa y se la sortean.
«Cristo, permanece en silencio, no se queja ni está enojado.
«Lo acuestan encima del madero que está en el suelo. Toman sus brazos y, traspasándolos a golpe de martillo, lo clavan en la Cruz. Toman sus pies y hacen lo mismo.
«Una vez clavado, lo elevan junto a dos malhechores. Allí lo dejan: con las heridas, la sangre y los brazos extendidos.
«Todo es desolación y misterio. María no puede creer lo que han hecho con su hijo. Desde la Cruz, Él la consuela con la mirada y le regala una tenue sonrisa.
«Luego llama a su amigo Juan, que estaba junto a María, y le pide que en adelante cuide de su mamá, que no la deje sola.
«María también se acerca para escuchar de labios de su hijo la última petición: «quiero que seas la Madre de todos».
«El cielo se oscurece. Tiembla la Tierra. Los ángeles lloran en el momento en que Cristo muere en la Cruz.
«Aquel niño nacido en un pesebre, aquel joven que había llorado y reído junto a sus amigos, aquel mismo que había sanado a tantos… estaba muerto.
«La reflexión ganó el corazón de todos. Al ver que habían clavado a un inocente, comenzaron a marcharse. Algunos soldados sintieron el sabor amargo del arrepentimiento; otros, el de la culpa.
«Lejos quedaron los días de gloria: el milagro de Caná, la pesca milagrosa, la resurrección de Lázaro, la entrada en Jerusalén.
«Hay dos seguidores: José de Arimatea y Nicodemo, que no habían participado de estos momentos pero que estuvieron presente cuando el Señor más los necesitó.
Piden permiso a Pilatos y bajan su cuerpo de la Cruz.
«Su madre lo toma entre sus brazos. Se renueva el dolor al comprobar que el cuerpo de su hijo estaba muerto.
«La tarde llega a su fin. Es de noche, cuando dan sepultura al cuerpo de Jesús. Lo ponen en una cueva cavada en roca y dejan caer una gran piedra sobre el ingreso.
«Todo hace pensar que sus enemigos tenían razón: Cristo no era más que un gran hombre, un magnífico profeta… pero no era Dios.
«El día sábado, ya muchos se habían olvidado del Maestro, ya nadie hablaba del Nazareno. Todos estaban ocupados en los preparativos de las fiestas.
La nona los invita a sentarse.
«El domingo, antes de que amaneciera, un grupo de mujeres fue a llevarle flores y perfumes. Durante el camino se preguntaron quién movería la piedra. Ellas no tenían tanta fuerza.
«Cerca del lugar, observaron que la piedra estaba corrida. Corrieron y, al entrar al sepulcro, vieron que no estaba el cuerpo. Pensaron que lo habían robado. En su lugar, había dos ángeles vestidos de blanco.
«Uno de ellos les dice: ‘¿por qué buscan entre los muertos al que ha resucitado? ¡Cristo está vivo y vivirá por siempre!’, agrega con una amplia sonrisa entre los labios.
«Es tanta la alegría de las mujeres que tiran las flores al suelo y salen corriendo para contar a los discípulos lo que ha pasado.
Una vecina se acerca para saludar a la abuela, sin embargo, al ver a la adolescente rezando de rodillas, se detiene.
La abuela acomoda a Matías, que está dormido, en su falda. Con tiernas caricias sobre su cabecita da por finalizado el relato.
Dalma mira la imagen del Cristo en la cruz y, emocionada, le anuncia que se anotará en el grupo juvenil de la Parroquia.
Le brillan los ojos de sólo imaginarse enseñando la catequesis a los niños del barrio. Sueña con el campamento de verano. Se imagina misionando, llevando la alegría cristiana a los más necesitados. Sonríe.
En tanto, Matías sueña con que defiende al Señor con su espada de juguete. Le asegura a la Virgen que, en adelante, no estará más sola. Él será su protector.
Mientras los nietos imaginan ese porvenir, la abuela recuerda los viernes santos de su época: cuando las mujeres iban vestidas de luto, cubriendo los rostros con mantillas negras.
Recuerda a su abuela de tez blanca y ojos oscuros que, con la voz clara y temblorosa de las mujeres valientes que hablan en público, decía:
–Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
A lo que los demás respondían:
–Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
* * *
Fuente original: Catholic.net