Catequesis: El que cree en el Hijo tiene vida eterna

Catequesis: El que cree en el Hijo tiene vida eterna

Sesión de catequesis de Primera Comunión sobre Juan 3, 31-36

Jesucristo, enviado del Padre, plenitud del Espíritu y fuente de vida eterna

1. Introducción

El pasaje de Juan 3, 31-36 lleva a su culmen lo que Jesús ha revelado a Nicodemo. Aquí ya no se trata solo de comprender que es necesario nacer de nuevo o de descubrir el amor de Dios, sino de reconocer quién es verdaderamente Jesucristo. Él viene de lo alto, habla lo que ha visto junto al Padre y ha recibido el Espíritu sin medida. Por eso su palabra es verdadera y su persona es fuente de vida eterna.

Estas palabras introducen a los niños en una verdad decisiva: no todos los hombres hablan igual de Dios, ni todas las enseñanzas tienen el mismo valor. Jesucristo es único. Él es el enviado del Padre, el Hijo amado en quien el Padre ha puesto todo. Por eso creer en Él no es una opción más, sino el camino de la vida.

Este texto es especialmente importante para la Primera Comunión. El niño no va a recibir simplemente una bendición o un símbolo, sino a Aquel que viene del cielo, que posee la plenitud del Espíritu y que da la vida eterna. Esta sesión quiere que el niño entienda esto con claridad y lo viva con profundidad.

2. Objetivos

Objetivo general: Comprender que Jesucristo es el Hijo enviado por el Padre, que posee la plenitud del Espíritu y que da la vida eterna a quienes creen en Él.

Objetivos específicos:

  • Descubrir que Jesús viene de lo alto y habla con autoridad divina.
  • Comprender que el Padre ha puesto todo en manos del Hijo.
  • Entender que creer en Jesús es recibir la vida eterna.
  • Diferenciar entre aceptar o rechazar a Cristo.
  • Preparar el corazón para recibir a Jesús en la Eucaristía.

3. Edad y duración

Edad orientativa: niños de 7 a 10 años.

Duración total: entre 80 y 95 minutos.

4. Materiales

  • Imagen catequética horizontal sobre Jn 3, 31-36.
  • Imagen cuadrada de síntesis.
  • Biblia.
  • Vela grande o cirio pequeño para simbolizar a Cristo.
  • Cruz visible.
  • Cartulinas, folios, lápices y colores.
  • Tiras de papel o tarjetas pequeñas.
  • Si es posible, una mesa sencilla con mantel blanco para el momento final.

5. Fuentes

Texto base: Juan 3, 31-36. El pasaje enseña que Cristo viene de lo alto, da testimonio de lo que ha visto y oído, ha recibido del Padre el Espíritu sin medida, y que quien cree en el Hijo tiene vida eterna. El Catecismo enseña que Jesús es el Hijo único de Dios, enviado para nuestra salvación, y que la vida eterna se recibe por la fe y la gracia de Cristo (cf. CEC, 444-445, 458, 459, 679, 1026).

6. Sentido catequético

Esta sesión tiene un carácter profundamente cristológico. El centro no es una norma moral aislada, sino la persona de Jesucristo. El niño debe comprender que la fe cristiana no consiste en ideas religiosas generales, sino en la adhesión a Cristo, que viene del Padre y comunica la vida de Dios. La sesión quiere llevar al niño a una fe más personal: no basta saber que Jesús existe; es necesario comprender que todo depende de Él.

Además, el texto introduce con mucha claridad la dimensión de la respuesta. Dios ha hablado en su Hijo. El Padre lo ama y ha puesto todo en sus manos. Por tanto, creer o rechazar a Cristo no es algo pequeño. La vida eterna no aparece aquí como un premio externo o lejano, sino como el fruto de la fe en el Hijo. Esto conecta de modo muy directo con la Primera Comunión: quien se prepara para recibir a Jesús debe comprender cada vez mejor quién es Aquel a quien va a recibir.

7. Imagen catequética horizontal

La imagen horizontal debe trabajarse como una verdadera puerta de entrada al texto, no como una ilustración secundaria. El catequista hará bien en no comenzar explicando inmediatamente, sino dejando primero un breve silencio para que los niños miren. Después conviene conducir la observación de forma ordenada, ayudándoles a descubrir que la imagen no presenta simplemente a Jesús hablando, sino una revelación progresiva sobre quién es Él. La primera impresión visual ya dice mucho: Jesús ocupa una posición central, luminosa y serena; los oyentes aparecen escuchando; el conjunto está envuelto en un ambiente que sugiere altura, revelación y autoridad. Todo esto prepara interiormente la comprensión del pasaje.

Después de ese primer silencio, el catequista debe recorrer con los niños la secuencia de las cartelas y de las escenas. Conviene hacerles ver que el mensaje avanza desde la afirmación del origen divino de Cristo hasta la proclamación de la vida eterna para quien cree. No es una serie de frases sueltas. Primero se afirma que Jesús viene de arriba; luego se subraya que el Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos; más adelante se recuerda que habla lo que ha visto y oído; finalmente aparece la consecuencia decisiva: creer en el Hijo o cerrarse a Él. Esta progresión es esencial y no debe perderse, porque ahí está el verdadero nervio catequético de la imagen.

Es muy importante ayudar a los niños a leer también los signos visuales. El resplandor de Jesús no es un adorno bonito, sino una forma de indicar su procedencia divina y su autoridad. Los personajes que lo escuchan representan la actitud del discípulo que recibe la palabra. El contraste entre cercanía, escucha y claridad en unas figuras, y distancia o resistencia en otras, ayuda a mostrar que el Evangelio exige una respuesta personal. La imagen, por tanto, no solo informa: coloca al espectador en una situación de decisión.

Preguntas orientativas para el grupo:

  • ¿Quién ocupa el centro de la imagen y por qué?
  • ¿Qué os dice la luz que rodea a Jesús?
  • ¿Qué frases de las cartelas os parecen más importantes?
  • ¿Qué camino sigue la imagen desde el principio hasta el final?
  • ¿Qué parece pedir Jesús a quienes lo escuchan?

Desarrollo sugerido para el catequista: primero silencio; después observación general; a continuación lectura ordenada de las cartelas; luego preguntas de interpretación; finalmente una breve síntesis doctrinal. Este orden ayuda mucho a que los niños no se queden en una lectura superficial y aprendan a contemplar con sentido cristiano.

Microguion amplio para el catequista:

“Mirad bien antes de hablar. La imagen ya nos está enseñando algo.”

“Jesús no aparece aquí como uno más entre otros hombres: todo en la escena nos dice que viene de lo alto.”

“Fijaos en cómo la imagen avanza: primero quién es Jesús, después lo que el Padre le ha confiado, y al final lo que eso significa para nosotros.”

“La imagen no termina en una explicación bonita. Termina en una pregunta que nos alcanza: ¿creo de verdad en el Hijo?”

Usada de este modo, la imagen horizontal no solo introduce la sesión, sino que la estructura. Conviene incluso volver a ella en distintos momentos, porque ayuda a fijar el hilo doctrinal de todo el pasaje.

8. Imagen de síntesis

La imagen cuadrada debe ser trabajada de modo distinto. Aquí ya no interesa tanto seguir una secuencia como detenerse en una sola síntesis contemplativa del mensaje. La composición está concentrada: Jesús, con las dos manos abiertas, aparece como quien enseña y al mismo tiempo ofrece; los oyentes están situados en actitud receptiva; la luz procede de Cristo y se expande; el texto inferior resume la proclamación central del Evangelio. Esta imagen es muy valiosa porque visualiza de un golpe tres verdades fundamentales: la autoridad de Cristo, su procedencia divina y la necesidad de la fe para recibir la vida eterna.

El catequista puede utilizar esta imagen después de haber trabajado la horizontal, como un segundo momento más hondo y más contemplativo. Conviene invitar a los niños a mirar especialmente el gesto de las manos de Jesús. No es un detalle menor. Esas manos abiertas expresan a la vez enseñanza, autoridad, acogida y don. Él no está cerrado sobre sí mismo; se da. Tampoco habla con dureza agresiva; habla como quien trae una verdad que salva. Esa postura ayuda a evitar una lectura fría o abstracta del texto y permite presentar a Cristo como el Hijo que revela y comunica vida.

También es importante detenerse en la relación entre la luz y los oyentes. La luz no nace de ellos, sino de Cristo. Esto permite al catequista enseñar algo muy simple y muy profundo: la verdad y la vida no las produce el hombre desde sí mismo; las recibe del Hijo. Los oyentes, por su parte, no aparecen dispersos ni autosuficientes, sino orientados hacia Él. Esta disposición ayuda mucho a hablar de la fe como escucha, apertura y adhesión.

La cartela inferior, por su densidad, debe ser trabajada sin prisa. Conviene leerla despacio, subrayando las palabras “cree”, “Hijo”, “vida eterna”, “cielo”, “ha visto y oído”. En niños de Primera Comunión estas palabras deben dejar huella. No hace falta explicarlas todas de una vez, pero sí detenerse lo suficiente para que se perciba que estamos ante una revelación central del Evangelio.

Preguntas orientativas para el grupo:

  • ¿Qué os dice el gesto de las manos de Jesús?
  • ¿De dónde parece venir la luz de la escena?
  • ¿Qué actitud tienen los hombres que escuchan?
  • ¿Qué frase de la cartela resume mejor el mensaje de todo el texto?
  • ¿Qué te invita a hacer esta imagen delante de Jesús?

Desarrollo sugerido para el catequista: primero contemplación silenciosa; después lectura pausada de la cartela; luego fijación en el gesto de Jesús y en la luz; finalmente una breve síntesis espiritual que conduzca hacia la fe personal y la oración.

Microguion amplio para el catequista:

“Ahora ya no seguimos varias escenas. Miramos una sola, pero muy profunda.”

“Las manos abiertas de Jesús no solo explican: ofrecen. Él enseña y entrega.”

“La luz sale de Cristo. Eso quiere decir que la verdad y la vida vienen de Él.”

“Los que escuchan están vueltos hacia Jesús. Así es la fe: mirar, escuchar, recibir.”

“Esta imagen entera se puede resumir en una sola idea: la vida está en el Hijo.”

Esta segunda imagen es especialmente útil para preparar tanto la lectio divina como la oración final, porque coloca al niño de un modo más directo ante la persona de Cristo y su palabra salvadora.

9. Explicación del Evangelio

Jesús viene de lo alto. Esto significa que su origen no es solo terreno. Él viene del Padre y por eso conoce de verdad las cosas de Dios. No habla como alguien que ha oído rumores o ha pensado ideas bonitas, sino como el Hijo que vive unido al Padre. Esta es la primera gran verdad del texto y conviene repetirla con claridad a los niños: Jesús sabe quién es Dios porque viene de Dios. No es simplemente un hombre religioso que busca a Dios a tientas; es el Hijo que nos revela al Padre desde dentro de su propia unión con Él.

El texto añade que el Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. Esta frase debe ser explicada con especial solemnidad, porque concentra buena parte del sentido del pasaje. El Padre no le ha confiado una tarea pequeña ni parcial. Le ha entregado todo: la verdad, la salvación, la gracia, el juicio, la vida. Por eso el cristiano no puede separar a Dios de Cristo. No existe un acceso verdadero al Padre al margen del Hijo. Todo lo que el Padre quiere darnos, nos lo da en Jesucristo. Esto debe quedar muy grabado en los niños, porque ayuda a formar una fe profundamente cristocéntrica.

El evangelista dice además que Dios no le da el Espíritu con medida. En lenguaje sencillo, esto significa que en Jesús habita la plenitud del Espíritu Santo. Nosotros recibimos la gracia de manera participada y limitada; en Cristo, en cambio, reside la plenitud. Él no solo posee el Espíritu, sino que lo comunica. Esto es muy importante para la preparación sacramental: Jesús no es solo un maestro que explica el camino, sino el Salvador que comunica la vida de Dios y derrama su gracia sobre los que creen.

Luego viene la afirmación culminante: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna». Aquí el Evangelio no dice simplemente que tendrá un premio en el futuro, sino que tiene ya desde ahora la vida eterna como semilla y comienzo. Esto debe explicarse muy bien a los niños. La vida eterna no es solo “vivir después”, sino vivir ya en amistad con Dios, en gracia, en comunión con Cristo. Cuando un niño cree, reza, recibe los sacramentos y vive unido a Jesús, esa vida divina ya está creciendo en su alma.

El texto también contiene una advertencia seria: quien se cierra al Hijo no verá la vida. Esto no debe presentarse con tono amenazante, sino con verdad. El Evangelio enseña que rechazar a Cristo no es algo indiferente. Si la vida está en el Hijo, cerrarse a Él significa quedarse fuera de esa vida. Conviene decirlo con serenidad, sin dramatismos excesivos, pero sin rebajarlo. La catequesis no puede callar que la fe implica una respuesta real y que esa respuesta tiene consecuencias para toda la existencia.

Para niños de Primera Comunión, todo esto puede resumirse así: Jesús viene del Padre, lo sabe todo sobre Dios, tiene en sus manos la salvación, comunica el Espíritu y da la vida eterna a quien cree en Él. Por tanto, acercarse a la Comunión significa acercarse a Aquel en quien está la vida. No es un gesto pequeño ni rutinario. Es un encuentro con el Hijo venido de lo alto, lleno del Espíritu y enviado por amor para darnos la vida de Dios.

10. Desarrollo de la sesión y actividades

Actividad 1. “¿De dónde viene Jesús?” (15-18 minutos)

Objetivo catequético: Ayudar a los niños a comprender que Jesús no es solo un maestro humano, sino el Hijo que viene de lo alto y revela las cosas de Dios.

Texto base: «El que viene de arriba está por encima de todos» (Jn 3, 31).

Materiales: imagen horizontal, Biblia, folios y colores.

Desarrollo paso a paso: El catequista muestra la primera mitad de la imagen horizontal y pide a los niños que describan lo que ven. Después lee el versículo de san Juan. A continuación pregunta: “¿Qué diferencia hay entre un profeta, un sabio o un maestro, y Jesús?”. Se recogen respuestas sencillas. Luego el catequista explica que Jesús viene de lo alto, del Padre, y por eso conoce y enseña las cosas de Dios con autoridad única.

Después se reparte un folio a cada niño y se les invita a dibujar a Jesús enseñando desde lo alto, o bien a escribir una frase breve debajo de un dibujo sencillo, como por ejemplo: “Jesús viene del Padre”, “Jesús me enseña la verdad de Dios” o “Jesús viene del cielo”. Tras unos minutos, algunos niños comparten lo que han hecho, y el catequista refuerza las expresiones correctas.

Explicación para el catequista: Esta actividad no debe quedarse en un ejercicio plástico sin más. Su finalidad es que el niño dé un paso cristológico real. Muchos niños saben que Jesús es “muy bueno”, pero no siempre han asimilado que su autoridad nace de su origen divino. Por eso conviene insistir en que Jesús no habla solo sobre Dios: habla desde Dios, porque viene del Padre.

Microguion orientativo:

“Jesús no es uno más entre muchos.”

“Jesús viene de lo alto, viene del Padre.”

“Por eso, cuando Jesús habla, yo no escucho solo una opinión: escucho la verdad que Dios me quiere dar.”

Aplicación a la Primera Comunión: El niño debe empezar a entender que cuando se acerca a la Comunión no recibe una señal religiosa cualquiera, sino al Hijo venido del Padre.

Actividad 2. “El Padre ha puesto todo en sus manos” (18-20 minutos)

Objetivo catequético: Comprender que el Padre ama al Hijo y le ha confiado la obra de la salvación, ayudando a los niños a descubrir que todo lo importante de la vida cristiana se concentra en Cristo.

Texto base: «El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano» (Jn 3, 35).

Materiales: imagen cuadrada, cartulinas pequeñas o tiras de papel, lápices.

Desarrollo paso a paso: El catequista muestra la imagen cuadrada y llama la atención sobre las manos de Jesús abiertas en gesto de enseñanza y de entrega. Después lee el versículo. Explica que en las manos de Jesús el Padre ha puesto todo: la verdad, la gracia, la salvación, la vida eterna. A continuación, pregunta a los niños qué cosas importantes recibimos de Jesús. Se pueden sugerir, si hace falta, respuestas como: el perdón, la paz, la verdad, la gracia, la vida, la amistad con Dios, el Espíritu Santo.

Después se reparte a cada niño varias tiras de papel. En cada una escriben una palabra o expresión breve: “perdón”, “vida”, “amor”, “gracia”, “luz”, “paz”, “Eucaristía”, “verdad”, “cielo”. Luego se colocan esas tiras alrededor de una imagen de Jesús o al pie de la cruz, formando una especie de corona o marco catequético. El catequista concluye explicando que todo eso nos llega por Cristo y en Cristo.

Explicación para el catequista: Esta actividad quiere evitar una visión fragmentada de la fe. A veces los niños piensan en el perdón por un lado, la oración por otro, la Comunión por otro y el cielo por otro. Aquí conviene mostrar la unidad: todo viene por el Hijo. La expresión “todo lo ha puesto en su mano” tiene una fuerza extraordinaria y debe ser explicada con solemnidad sencilla.

Microguion orientativo:

“Todo lo importante para tu salvación pasa por Jesús.”

“El Padre no ha dejado la vida cristiana repartida en muchas cosas sueltas: nos lo ha dado todo en su Hijo.”

“Si buscas la paz, la gracia, el perdón y la vida, tienes que ir a Jesús.”

Aplicación a la Primera Comunión: Esta actividad ayuda a que el niño comprenda que la Eucaristía no es un elemento aislado, sino el don supremo del mismo Cristo en quien el Padre nos ha entregado todo.

Actividad 3. “Creer o cerrarse” (20-22 minutos)

Objetivo catequético: Mostrar que la fe en Jesús implica una respuesta personal y que rechazar al Hijo no es una simple distracción, sino cerrarse a la vida que Dios ofrece.

Texto base: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que se resiste al Hijo no verá la vida» (Jn 3, 36).

Materiales: dos cartulinas grandes o dos espacios del encerado, una con el título “Creo en Jesús” y otra con el título “Me cierro a Jesús”.

Desarrollo paso a paso: El catequista lee lentamente el versículo y lo explica con cuidado. Después coloca las dos cartulinas o divide la pizarra en dos partes. Va proponiendo situaciones concretas y los niños deben ayudar a situarlas en uno de los dos lados, explicando por qué. Por ejemplo: rezar con atención, mentir y esconderse, perdonar, despreciar a otro, escuchar la palabra de Dios, burlarse de la fe, pedir perdón, negarse a obedecer a Dios. No se trata de moralismo simple, sino de mostrar que toda la vida se ordena o se desordena según la relación con Cristo.

Después se invita a cada niño a escribir en privado una frase breve comenzando así: “Quiero creer en Jesús cuando…”. Puede completarse con expresiones como “cuando me cueste obedecer”, “cuando tenga miedo”, “cuando me prepare para comulgar”, “cuando me equivoque”. El catequista no tiene por qué pedir que todos lo lean; basta con que el ejercicio se haga de verdad.

Explicación para el catequista: Esta actividad toca un punto delicado. No conviene reducirla a una mera clasificación moral de conductas, sino mostrar que toda la vida se ordena o se desordena según la relación con Cristo. El versículo habla de creer o resistirse al Hijo. Hay que explicar que el rechazo no es siempre odio explícito; muchas veces es indiferencia, cerrazón, desobediencia o vida sin Cristo.

Microguion orientativo:

“Creer en Jesús no es solo decir que sí con la boca.”

“Creer es abrirle la vida.”

“Resistirse a Jesús es cerrarle la puerta, aunque uno siga sabiendo cosas sobre Él.”

Aplicación a la Primera Comunión: El niño debe entender que comulgar bien no consiste solo en “llegar al día”, sino en querer abrir realmente el corazón al Hijo y vivir de Él.

Actividad 4. “La vida eterna empieza ahora” (18-20 minutos)

Objetivo catequético: Ayudar a los niños a comprender que la vida eterna no es solo algo del final, sino una vida nueva que ya comienza en la amistad con Jesús y crece especialmente en la Eucaristía.

Texto base: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Jn 3, 36).

Materiales: vela encendida, cruz, imagen cuadrada, cartulina o folio para cada niño.

Desarrollo paso a paso: El catequista coloca la vela encendida junto a la cruz y la imagen cuadrada. Explica que la vida eterna no es solo “vivir después de morir”, sino vivir ya desde ahora unidos a Dios por la gracia. Luego pregunta a los niños qué cosas alimentan esa vida de Jesús en nosotros. Se recogen respuestas y se orientan: la oración, la verdad, la confesión, la Misa, la Comunión, la obediencia, la caridad.

Después cada niño dibuja una lámpara encendida, una fuente o un árbol vivo, y alrededor escribe las cosas que ayudan a esa vida a crecer. El catequista comenta que la vida eterna comienza ya cuando vivimos unidos a Jesús, y que la Primera Comunión es uno de los grandes momentos en que esa vida se fortalece, porque recibimos sacramentalmente al mismo Cristo.

Explicación para el catequista: Esta actividad debe evitar que el niño entienda la vida eterna como una idea demasiado lejana y abstracta. Hay que enseñarle que la vida de Dios empieza aquí, ahora, en la gracia. Así la Eucaristía aparece no como simple rito, sino como alimento de esa vida sobrenatural. Conviene usar expresiones claras y repetidas.

Microguion orientativo:

“La vida eterna no empieza solo al final: empieza cuando Jesús vive en ti.”

“La gracia es ya una vida nueva.”

“La Primera Comunión no es solo una celebración; es alimento de la vida de Dios en tu alma.”

Aplicación a la Primera Comunión: Esta actividad pone directamente al niño ante el sentido profundo de la Comunión: recibir a Jesús para que la vida divina crezca en él.

11. Lectio divina

Texto clave: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Jn 3, 36).

El catequista proclama el versículo muy despacio, dos o tres veces, dejando pausas. Después invita a los niños a cerrar un momento los ojos y a repetir interiormente el nombre de Jesús. Puede decir con voz serena: “Piensa ahora en Jesús. Él viene del Padre. Él te conoce. Él quiere darte su vida.”

Después todos pueden repetir juntos, en voz baja y pausada: “Jesús, yo creo en ti”. Puede dejarse un breve silencio y concluir con una frase común: “Señor, aumenta mi fe”.

12. Relación con la Eucaristía

En la Comunión recibimos al Hijo que el Padre ha enviado. No recibimos una idea, ni una ayuda simbólica, ni un simple recuerdo: recibimos a Cristo vivo, al Hijo amado en quien el Padre ha puesto todo. Por eso este texto se relaciona tan bien con la Primera Comunión. El niño debe comprender que acercarse a la Eucaristía es acercarse a Aquel de quien depende la vida eterna.

Además, si el Padre ha puesto todo en manos del Hijo, entonces acercarse a Jesús en la Comunión es acercarse a la fuente de la gracia, del perdón, de la luz y de la salvación. La Primera Comunión, por tanto, debe ser presentada con toda su grandeza: es el encuentro con el Hijo venido del cielo, lleno del Espíritu, que quiere comunicar su propia vida.

13. Orientaciones para el catequista

El catequista debe sostener toda la sesión sobre un eje muy claro: la centralidad absoluta de Cristo. Este texto no permite una catequesis tibia ni genérica. Todo gira alrededor del Hijo. Por eso conviene evitar formulaciones que rebajen el pasaje a un simple mensaje moral o psicológico. La meta no es que el niño salga solo con ganas de “ser mejor”, sino con una fe más clara en Jesús.

Es fundamental también mantener la unidad entre doctrina y vida. La afirmación “el Padre ha puesto todo en sus manos” debe resonar durante toda la sesión. Las actividades están pensadas precisamente para que el niño no vea ideas sueltas, sino una sola realidad: todo se concentra en Cristo, todo viene por Él, todo conduce a Él.

El tono del catequista debe ser sereno, firme y luminoso. No hace falta dramatizar la parte del rechazo del Hijo, pero sí explicarla con verdad. La alternativa del texto es real: creer y recibir vida, o cerrarse y no dejar entrar la vida. Eso debe decirse con claridad, pero siempre mostrando primero la grandeza del don que Dios ofrece.

14. Orientaciones para los padres

Los padres pueden ayudar mucho a sus hijos repitiendo en casa una idea central de esta sesión: Jesús no es uno más; es el Hijo que viene del Padre. Basta una frase sencilla, repetida con fe, para abrir mucho el corazón del niño. También es muy útil hablar con ellos de la Primera Comunión no solo como preparación externa, sino como encuentro con Jesús vivo.

Sería bueno que durante la semana se repitiera en familia, quizá por la noche, una breve jaculatoria inspirada en este Evangelio, como por ejemplo: “Jesús, yo creo en ti” o “Señor, danos tu vida”. De este modo, la catequesis no queda encerrada en la sala parroquial, sino que entra en el ritmo del hogar.

15. Oración final

Señor Jesús,
tú vienes del Padre
y hablas con verdad.

El Padre te ama
y ha puesto todo en tus manos.
Yo quiero creer en ti,
escucharte,
seguirte
y recibir la vida que solo tú puedes dar.

Prepárame para la Primera Comunión.
Hazme acercarme a ti con fe,
con amor
y con el corazón abierto.

Amén.

16. Conclusión

Juan 3, 31-36 es un texto breve, pero inmenso. Presenta a Jesucristo en toda su singularidad: viene de lo alto, posee el Espíritu sin medida, es amado por el Padre y tiene todo en sus manos. Quien cree en Él recibe vida eterna. Esta sesión debe ayudar a que el niño no vea a Jesús solo como un personaje admirable, sino como el Hijo enviado por el Padre para darle vida.

Si esta verdad queda sembrada con fuerza en el alma del niño, la preparación a la Primera Comunión ganará una profundidad mucho mayor. Entonces la Eucaristía no será para él un acto aislado, sino el encuentro con el Hijo amado, fuente de vida eterna.

 

Catequesis: El Hijo del Hombre será levantado

Catequesis: El Hijo del Hombre será levantado

Sesión de catequesis de Primera Comunión sobre Juan 3, 7b-15

Basada en el diálogo de Jesús con Nicodemo y en dos imágenes catequéticas sobre el viento del Espíritu y el Hijo del Hombre levantado

1. Introducción

El pasaje de Juan 3, 7b-15 continúa el diálogo profundo entre Jesús y Nicodemo, pero da un paso más alto y más exigente. Si en los versículos anteriores Jesús había hablado del nuevo nacimiento del agua y del Espíritu, ahora conduce a Nicodemo hacia una comprensión todavía más honda del misterio de Dios. Le habla del viento que sopla donde quiere, de las realidades del cielo, del Hijo del Hombre bajado del cielo y, finalmente, de la figura de la serpiente levantada por Moisés en el desierto como anuncio de su propia elevación salvadora. Nos encontramos, por tanto, ante un texto breve, pero densísimo, lleno de símbolos y de afirmaciones que tocan el corazón mismo de la fe cristiana.

Para una catequesis de Primera Comunión, este texto tiene una gran riqueza porque permite unir varios temas que normalmente se trabajan por separado: la acción misteriosa del Espíritu Santo, la necesidad de una fe que acepte lo que viene de Dios, la historia de la salvación en el Antiguo Testamento, el anuncio de la cruz gloriosa de Cristo y la vida eterna ofrecida a los que creen. No es un texto fácil, pero precisamente por eso conviene tratarlo con cuidado y profundidad, sin rebajarlo, pero traduciéndolo con claridad para los niños.

Las dos imágenes que acompañan esta sesión ayudan mucho en ese trabajo. La imagen horizontal permite seguir el itinerario del texto: la enseñanza sobre el viento del Espíritu, la reprensión amorosa a Nicodemo por no comprender, la referencia a Moisés y a la serpiente de bronce, y el anuncio del Hijo del Hombre levantado para dar vida eterna. La imagen vertical, centrada en una sola escena, condensa con fuerza el núcleo doctrinal y espiritual: Cristo, que viene del cielo, habla con autoridad divina y orienta todo hacia el misterio de su elevación salvadora. La sesión debe conducir a una certeza sencilla y profunda: Jesús ha venido del Padre para salvarnos, y quien cree en Él recibe la vida de Dios.

2. Objetivos de la sesión

Objetivo general: Que los niños descubran que Jesús viene de Dios, revela las cosas del cielo, actúa por la fuerza del Espíritu Santo y entrega su vida para salvarnos, ayudándoles a comprender que la fe en Cristo abre el camino a la vida eterna.

Objetivos específicos:

  • Conocer el texto de Juan 3, 7b-15 y su secuencia principal.
  • Comprender de modo sencillo la comparación del Espíritu Santo con el viento.
  • Descubrir que Jesús habla con autoridad porque viene del cielo y conoce al Padre.
  • Relacionar la serpiente levantada por Moisés con el anuncio de la cruz de Cristo.
  • Comprender que creer en Jesús no es solo saber algo sobre Él, sino confiar en Él para alcanzar la vida eterna.
  • Relacionar este texto con la preparación a la Primera Comunión y con la vida sacramental.

3. Edad orientativa y duración

Edad orientativa: niños de 7 a 10 años, especialmente en preparación para la Primera Comunión.

Duración total orientativa: entre 75 y 90 minutos.

4. Materiales

  • La imagen catequética horizontal sobre Jn 3, 7b-15.
  • La imagen vertical basada en una sola escena del mismo pasaje.
  • Una Biblia.
  • Una cruz y una vela para ambientar el espacio.
  • Folios o cartulinas.
  • Lápices, colores o rotuladores.
  • Si es posible, un pequeño objeto ligero que pueda moverse con el aire, como una cinta o tira de papel, para explicar la imagen del viento.

5. Fuentes doctrinales y bíblicas

El texto central de esta sesión es Juan 3, 7b-15. Jesús dice a Nicodemo: «Tenéis que nacer de nuevo» (Jn 3, 7), y enseguida utiliza una imagen llena de profundidad: «El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu» (Jn 3, 8). Más adelante, cuando Nicodemo sigue sin comprender, Jesús lo conduce hacia las realidades celestiales y afirma que nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre (Jn 3, 13). Finalmente, evoca el episodio de Números 21, 4-9, cuando Moisés levantó la serpiente en el desierto, y aplica esa figura a sí mismo: «Así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3, 14-15).

La Iglesia ha visto en este texto una enseñanza muy importante sobre la acción del Espíritu Santo, la divinidad de Cristo y el misterio de la redención. El Catecismo enseña que el Espíritu Santo actúa en la iniciación cristiana, en el Bautismo y a lo largo de toda la vida del creyente (cf. CEC, 683-686; 1213-1216). También enseña que Jesucristo es el Hijo único de Dios, venido del cielo para nuestra salvación, y que su elevación en la cruz es al mismo tiempo humillación y glorificación, porque en ella se manifiesta el amor redentor de Dios (cf. CEC, 440, 456-460, 619).

Los Padres de la Iglesia leyeron este pasaje con gran atención. San Agustín subrayó que el Espíritu, como el viento, no se deja dominar por los criterios humanos, y que la fe debe aceptar la acción invisible de Dios sin reducirla a lo que se ve exteriormente (Tratados sobre el Evangelio de San Juan). San Juan Crisóstomo insistió en que Jesús habla como quien conoce verdaderamente las cosas celestiales porque viene del Padre y comparte su vida (Homilías sobre san Juan). Y la figura de la serpiente levantada fue interpretada de modo unánime por la tradición como prefiguración de Cristo crucificado, que sana al hombre herido por el pecado cuando este lo mira con fe.

6. Sentido catequético de la sesión

Este pasaje tiene una fuerza catequética particular porque enseña a los niños a pasar de una fe puramente sensible a una fe que acepta el misterio de Dios. El viento es una imagen muy pedagógica: no se ve, pero se notan sus efectos. Así sucede con el Espíritu Santo. Los niños pueden comprender que no todo lo real se percibe con los ojos del cuerpo. También la gracia, la acción del Espíritu y la presencia de Dios obran de modo verdadero aunque no se puedan medir como se mide un objeto. Esta enseñanza es muy importante para la preparación a la Primera Comunión, porque ayuda a entender mejor cómo Cristo puede estar realmente presente en la Eucaristía sin que lo veamos con los ojos ordinarios.

Por otra parte, el texto presenta a Jesús como alguien que no solo enseña, sino que viene del cielo y conoce las cosas de Dios desde dentro. Esto permite dar un paso cristológico importante. Los niños no deben ver a Jesús solo como un hombre muy bueno o un maestro admirable, sino como el Hijo del Hombre venido de lo alto, enviado por el Padre para salvar. El pasaje exige una catequesis clara en este punto: Jesucristo no habla simplemente sobre Dios; habla desde Dios y nos conduce al Padre.

La referencia a Moisés y a la serpiente levantada ayuda además a introducir el tema de la cruz de un modo muy adecuado. Jesús anuncia que Él mismo será levantado. En san Juan, esta elevación no es solo el sufrimiento de la cruz, sino también la glorificación por la que Cristo salva. Para niños de Primera Comunión conviene explicarlo así: cuando Jesús es elevado en la cruz, se entrega por nosotros para curarnos del pecado y darnos la vida de Dios. Igual que los israelitas miraban con fe la serpiente levantada y quedaban curados, también nosotros miramos con fe a Jesús crucificado y resucitado para recibir salvación.

Finalmente, el texto desemboca en la fe como camino de vida eterna. Creer en Jesús no significa solo saber datos sobre Él, sino confiar en Él, adherirse a Él y recibir de Él la vida. Esa vida ya comienza aquí por la gracia y se alimenta sacramentalmente, especialmente en la Eucaristía. Por eso esta sesión tiene una conexión natural con la Primera Comunión.

7. Observamos la imagen catequética horizontal

El catequista presenta primero la imagen horizontal y deja unos segundos para que los niños la contemplen entera. Después debe recorrerla viñeta a viñeta, porque la imagen está construida como una narración doctrinal, no solo como una suma de escenas. En la primera parte se ve a Jesús hablando con Nicodemo bajo el cielo de la noche, lo cual recuerda que el diálogo sigue desarrollándose en ese clima de búsqueda y de enseñanza profunda. En la siguiente escena se subraya la comparación del Espíritu con el viento. Aquí conviene detenerse y explicar que Jesús usa cosas visibles del mundo creado para hablar de las realidades invisibles de Dios.

En las viñetas inferiores aparece la referencia a Moisés y a la serpiente levantada, y finalmente el anuncio de que el Hijo del Hombre será levantado para dar vida eterna. Esa progresión es muy importante. Jesús no responde a Nicodemo con una sola frase aislada, sino que lo va elevando paso a paso: del viento, al misterio del cielo, de la historia de Israel, a su propia misión redentora. El catequista debe ayudar a ver esta unidad para que los niños no perciban la imagen como un conjunto de escenas desconectadas.

Preguntas orientativas para trabajar la imagen:

  • ¿Qué enseña Jesús primero acerca del Espíritu?
  • ¿Qué significa que el viento no se ve, pero se nota?
  • ¿Por qué aparece Moisés con una serpiente levantada?
  • ¿Qué quiere decir Jesús cuando anuncia que Él mismo será levantado?

Microguion para el catequista:

“La imagen nos lleva de lo que vemos a lo que no vemos.”

“Jesús empieza con el viento, sigue con el cielo y termina hablando de sí mismo como Salvador.”

“Todo el camino de la imagen termina en una llamada a creer en Cristo.”

8. Observamos la imagen vertical

La imagen vertical tiene una función distinta. No sirve tanto para seguir toda la secuencia del relato como para concentrar la atención en el núcleo doctrinal y espiritual. En ella aparece Jesús en actitud de enseñanza, Nicodemo escuchando, algunos discípulos al fondo y, en la parte inferior, la figura de la serpiente levantada. Todo está organizado para que el ojo suba y baje, pasando de la palabra de Jesús a la memoria del Antiguo Testamento y a la idea del cielo y de la revelación. Esta imagen permite contemplar mejor a Cristo como maestro venido del cielo y como Salvador anunciado desde antiguo.

Conviene invitar a los niños a mirar especialmente la actitud de Jesús, la postura de Nicodemo y la relación entre la parte superior y la inferior de la escena. La imagen enseña sin necesidad de mucho movimiento: el centro es Jesús, que ilumina, explica y orienta hacia el misterio de su elevación. El catequista debe aprovechar esta concentración visual para preparar la explicación más profunda sobre la cruz y la fe.

Preguntas orientativas para esta segunda imagen:

  • ¿Cómo aparece Jesús aquí?
  • ¿Qué parece estar enseñando con su gesto?
  • ¿Por qué se recuerda abajo la serpiente levantada?
  • ¿Qué nos quiere hacer comprender la imagen en conjunto?

Microguion para el catequista:

“Ahora ya no seguimos toda la historia; miramos el corazón de lo que Jesús enseña.”

“Jesús viene del cielo y nos habla de la salvación.”

“La serpiente levantada apunta hacia algo mayor: Cristo levantado para salvar.”

9. Explicación del Evangelio para niños

Nicodemo seguía sin entender del todo a Jesús, y entonces el Señor le explicó algo muy importante. Le dijo que el Espíritu Santo es como el viento. Nosotros no vemos el viento con los ojos, pero vemos que mueve las hojas, empuja las nubes o agita una cortina. Así también sucede con el Espíritu Santo: no lo vemos como vemos una mesa o una piedra, pero actúa de verdad en el alma y cambia nuestra vida.

Después Jesús le dijo algo todavía mayor: que Él viene del cielo. Esto significa que Jesús no es solo alguien que habla sobre Dios como otros hombres, sino que viene del Padre y conoce las cosas de Dios de una manera única. Por eso puede enseñarnos el camino de la vida verdadera. Jesús sabe quién es Dios y ha venido para abrirnos el camino hacia Él.

Luego recordó un episodio antiguo del pueblo de Israel. Cuando los israelitas estaban heridos en el desierto, Moisés levantó una serpiente de bronce, y los que la miraban con fe quedaban curados. Jesús dice que algo parecido pasará con Él: será levantado para que todo el que crea tenga vida eterna. Con esto anuncia su cruz. Podemos explicárselo así a los niños: Jesús será elevado en la cruz para salvarnos del pecado y para darnos la vida de Dios. Mirar a Jesús con fe, confiar en Él y unirse a Él es el camino de la salvación.

Por eso este Evangelio nos enseña tres cosas muy importantes: el Espíritu Santo actúa aunque no lo veamos; Jesús viene del cielo y habla con autoridad divina; y Jesús se entrega en la cruz para salvarnos. Si creemos en Él, recibimos su vida. Esta vida empieza ya en nosotros por la gracia y crece cuando vivimos unidos a Jesús en los sacramentos.

10. Desarrollo de la sesión y actividades

Actividad 1. “El viento que no se ve” (15-18 minutos)

Objetivo: Ayudar a los niños a comprender la comparación del Espíritu Santo con el viento y a descubrir que no todo lo real se ve con los ojos del cuerpo.

Texto base: «El viento sopla donde quiere» (Jn 3, 8).

Desarrollo detallado: El catequista comienza recordando la segunda viñeta de la imagen horizontal. Si dispone de una cinta ligera, un papel fino o algún objeto que pueda moverse con el aire, lo utiliza para mostrar que el viento no se ve, pero sí se notan sus efectos. A partir de ahí explica que Jesús emplea esa imagen para hablar del Espíritu Santo. Luego pregunta a los niños si conocen otras cosas que no se ven, pero son reales: el amor, el pensamiento, el dolor, la música que oímos pero no tocamos, o la gracia de Dios que actúa en el alma.

Después cada niño puede escribir en un papel la frase: “El Espíritu Santo actúa en mí cuando…”. Bajo ella pondrán ejemplos sencillos: cuando me ayuda a rezar, cuando me mueve a pedir perdón, cuando me da fuerza para hacer el bien. Los más pequeños pueden dibujarlo.

Indicaciones para el catequista: Esta actividad debe evitar un tono demasiado abstracto. No se trata de convertir al Espíritu Santo en una fuerza impersonal ni en una emoción. El catequista debe recordar siempre que el Espíritu Santo es Dios, actúa realmente y nos conduce a Jesús. La comparación con el viento es pedagógica, pero no agota el misterio.

Microguion orientativo:

“No vemos el viento, pero sabemos que está ahí.”

“Tampoco vemos al Espíritu con los ojos, pero actúa de verdad.”

“Dios puede obrar en tu alma aunque no lo notes como notas una cosa material.”

Actividad 2. “Jesús viene del cielo” (15-18 minutos)

Objetivo: Descubrir que Jesús habla con autoridad divina porque viene del Padre y nos revela las cosas del cielo.

Texto base: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre» (Jn 3, 13).

Desarrollo detallado: El catequista muestra la imagen vertical y se detiene en la figura de Jesús enseñando. Explica que Jesús no es solo un sabio ni un maestro humano. Viene de Dios y nos revela la verdad de Dios. Luego invita a los niños a pensar en quiénes les enseñan cosas en la vida: sus padres, sus profesores, el catequista. Después les pregunta: “¿Quién nos enseña las cosas de Dios mejor que nadie?”. La respuesta es Jesús, porque viene del Padre.

Después los niños pueden completar una frase escrita en su papel: “Quiero escuchar a Jesús cuando…”. Pueden poner: cuando voy a Misa, cuando escucho el Evangelio, cuando rezo, cuando aprendo en catequesis. El catequista termina explicando que escuchar a Jesús no es solo aprender datos, sino dejarse conducir por Él.

Indicaciones para el catequista: Es importante no presentar esta enseñanza como una simple superioridad de Jesús sobre otros maestros, sino como revelación de su identidad. Para niños pequeños basta con insistir en que Jesús conoce al Padre y nos enseña el camino del cielo porque viene de Dios. No hace falta usar fórmulas demasiado técnicas, pero sí mantener la verdad cristológica.

Microguion orientativo:

“Jesús no habla solo por haber aprendido muchas cosas.”

“Jesús viene del Padre y por eso puede enseñarnos las cosas del cielo.”

“Cuando escuchas a Jesús, no oyes una opinión más: oyes al Salvador.”

Actividad 3. “La serpiente levantada y la cruz” (18-20 minutos)

Objetivo: Comprender que el episodio de Moisés prepara el anuncio de la cruz de Cristo como signo de salvación.

Texto base: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre» (Jn 3, 14).

Desarrollo detallado: El catequista explica con sencillez el episodio de Moisés en el desierto, sin entrar en detalles innecesarios. Basta con decir que el pueblo estaba herido y que Dios quiso curarlo mediante un signo levantado por Moisés. Luego muestra la parte inferior de la imagen horizontal o la parte baja de la imagen vertical, donde aparece la serpiente levantada. A continuación explica que Jesús toma esa imagen antigua para hablar de sí mismo. Él será elevado en la cruz para curar el corazón del hombre herido por el pecado.

Después cada niño dibuja una cruz sencilla y escribe debajo una frase breve como: “Jesús me salva”, “Jesús murió por mí”, o “Miro a Jesús con fe”. El catequista puede cerrar recordando que la cruz no es un adorno triste, sino el signo del amor salvador de Cristo.

Indicaciones para el catequista: Aquí es muy importante no presentar la serpiente de bronce de forma confusa ni dejar la impresión de que la salvación venía del objeto en sí mismo. Hay que insistir en que era un signo dado por Dios, y que Jesús lo toma como figura de su propia entrega redentora. La actividad debe llevar claramente hacia Cristo crucificado y resucitado.

Microguion orientativo:

“En el desierto, Dios usó un signo para curar.”

“Jesús dice que Él será elevado para salvar de verdad.”

“Mirar a Jesús con fe es abrir el corazón a la salvación que Él nos trae.”

Actividad 4. “Creer para tener vida” (15-18 minutos)

Objetivo: Entender que la fe en Jesús conduce a la vida eterna y que esa vida comienza ya en la gracia y crece en los sacramentos.

Texto base: «Para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3, 15).

Desarrollo detallado: El catequista explica que la vida eterna no significa solo “vivir mucho tiempo”, sino vivir unidos a Dios para siempre. Y añade que esa vida no empieza solo al final, sino que ya comienza ahora cuando vivimos en gracia. Después pregunta a los niños qué cosas ayudan a crecer en la vida de Dios: rezar, confesarse, comulgar bien, hacer el bien, amar a Jesús.

Luego cada niño dibuja una llama, una planta o una fuente de agua, y escribe alrededor aquello que alimenta su vida cristiana. El catequista une después estas respuestas con la Primera Comunión, explicando que en la Eucaristía recibimos a Jesús mismo, y que eso fortalece la vida nueva que Él nos regala.

Indicaciones para el catequista: Conviene no dejar la vida eterna como algo muy lejano o abstracto. Hay que explicar que la unión con Dios empieza ya aquí. La fe abre la puerta, y los sacramentos la alimentan. Esto ayuda mucho a integrar el pasaje con la preparación inmediata a la Comunión.

Microguion orientativo:

“Creer en Jesús no es solo pensar algo sobre Él.”

“Creer es unirse a Él y recibir su vida.”

“La Primera Comunión alimenta esa vida de Dios que ya ha comenzado en ti.”

11. Lectio divina infantil

Después de la explicación y de las actividades, conviene hacer un momento breve de lectio divina adaptada a niños. Puede proclamarse Jn 3, 8 y Jn 3, 14-15, o bien el pasaje completo. El catequista debe leer con calma, dejando que las frases resuenen: el viento que sopla donde quiere, el Hijo del Hombre levantado y la vida eterna para los que creen. Después se deja un pequeño silencio.

El catequista puede formular una pregunta sencilla: “¿Qué palabra de Jesús recuerdas más?” o “¿Qué te enseña hoy Jesús sobre la fe?”. Luego todos pueden repetir una breve jaculatoria, como por ejemplo: “Jesús, quiero creer en ti” o “Espíritu Santo, guíame hacia Jesús”. El objetivo es que el texto no quede solo explicado, sino también rezado y guardado.

12. Relación con la Primera Comunión y la vida sacramental

Este texto se une muy bien con la preparación a la Primera Comunión porque enseña a los niños a creer en una realidad que no ven con los ojos del cuerpo, pero que es verdadera. Igual que Jesús habla del Espíritu como de una realidad invisible y real, también la Iglesia enseña que Cristo está verdaderamente presente en la Eucaristía aunque no lo veamos con apariencia humana. Esta comparación no debe forzarse, pero sí puede ayudar pedagógicamente: el cristiano aprende a fiarse de la palabra de Jesús y a aceptar la acción de Dios más allá de lo que se ve exteriormente.

Además, el pasaje culmina en la fe en Cristo levantado para dar vida eterna. En la Misa se actualiza sacramentalmente el sacrificio de Cristo, y en la Comunión recibimos al mismo Señor que se entregó por nuestra salvación. Por eso la Primera Comunión no es un rito aislado, sino una entrada más profunda en la vida que Cristo nos ganó con su cruz y su resurrección. El niño debe entender que comulgar es acercarse con fe al Salvador que vino del cielo para darle vida.

13. Orientaciones amplias para el catequista

El catequista debe preparar esta sesión con especial atención, porque el texto es doctrinalmente muy rico y puede empobrecerse si se explica de modo excesivamente simbólico o puramente moral. Hay que mantener la unidad del pasaje: Espíritu, cielo, revelación, cruz y vida eterna. Si se separan demasiado estos elementos, la enseñanza pierde fuerza. Jesús está hablando de una sola realidad salvadora: Dios actúa, el Hijo revela, la cruz salva y la fe recibe la vida.

Conviene usar las dos imágenes de manera complementaria. La horizontal sirve para seguir el itinerario completo del texto. La vertical concentra la mirada y permite una contemplación más intensa del núcleo doctrinal. No deben usarse como si repitieran lo mismo, sino como dos ayudas distintas: una narrativa y otra contemplativa.

En las actividades, el catequista debe evitar tanto la superficialidad como la complicación innecesaria. Los niños pueden captar mucho si se les habla con sencillez y verdad. No hace falta tecnificar la doctrina, pero tampoco rebajarla hasta convertirla en frases vacías. Lo importante es que el niño entienda que Jesús vino del cielo, que actúa por el Espíritu, que murió por salvarnos y que quiere darnos su vida.

También conviene recordar varias veces, con palabras semejantes, que la fe cristiana no es imaginación ni invención humana. Se apoya en la palabra de Jesús, en la acción del Espíritu y en la vida sacramental de la Iglesia. Esta insistencia ayudará a preparar mejor a los niños para una Comunión vivida con más conciencia y con más hondura.

14. Orientaciones para los padres

Los padres pueden reforzar mucho esta catequesis hablando con sus hijos sobre la fe como confianza en la palabra de Jesús. También pueden ayudarles a comprender que muchas cosas importantes no se ven con los ojos, pero son reales: el amor, la verdad, la gracia, la presencia de Dios. Esto puede preparar muy bien el corazón del niño para entender mejor los sacramentos.

Sería también útil que en casa repitieran durante la semana una frase de este Evangelio, por ejemplo: “Jesús, quiero creer en ti”, “Espíritu Santo, guíame”, o “Jesús me da la vida eterna”. Si tienen una cruz visible en casa, pueden detenerse un momento ante ella y recordar que Jesús fue elevado para salvarnos. Así, la catequesis pasa de ser una sesión aislada a convertirse en alimento real de la vida familiar.

15. Oración final

Señor Jesús,
tú has venido del cielo
para enseñarnos el camino de Dios
y para darnos la vida eterna.

Espíritu Santo,
aunque no te veamos con los ojos,
sabemos que actúas en nosotros.
Muévenos a amar a Jesús,
a creer en su palabra
y a vivir como hijos de Dios.

Señor Jesús,
tú fuiste elevado para salvarnos.
Enséñanos a mirarte con fe
y a prepararnos bien
para recibirte en la Primera Comunión.

Amén.

16. Conclusión

Juan 3, 7b-15 ofrece a los niños de Primera Comunión una catequesis preciosa sobre el Espíritu Santo, la identidad de Jesús y la salvación que brota de su entrega. El viento que no se ve y, sin embargo, actúa, la autoridad de Cristo venido del cielo, la serpiente levantada como anuncio de la cruz y la promesa de la vida eterna forman un conjunto muy rico y muy fecundo. Si los niños descubren que creer en Jesús significa abrirse de verdad a la vida que Él trae, la sesión habrá dado un fruto profundo.

Y si además comprenden que la Primera Comunión es un encuentro real con ese mismo Cristo que vino del cielo para salvarnos, la catequesis habrá preparado no solo su inteligencia, sino también su corazón.

 

Evangelio del día: Jesús habla con Nicodemo

Evangelio del día: Jesús habla con Nicodemo

Juan 3, 7b-15. Martes de la 2.ª semana del Tiempo de Pascua. Es Dios quien nos llama. Es Dios quien nos convoca. Es Dios quien nos invita a formar parte de su pueblo… Y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque gracias a Su Misericordia quiere que todos nos salvemos.

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo:  «No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu». «¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo. Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 4, 32-37

Salmo: Sal 93(92), 1-2.5

Oración introductoria

Señor, creo en Ti. Humildemente te suplico que permitas que esta meditación me ayude a comprender que tu Palabra es mi luz y mi fortaleza, el alimento de mi alma, la fuente perenne de mi vida espiritual.

Petición

Señor, enséñame a renacer en la nueva familia de Dios: tu Iglesia.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy desearía detenerme brevemente en otro de los términos con los que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia: «Pueblo de Dios» (cf. const. dogm. Lumen gentium, 9; Catecismo de la Iglesia católica, 782). Y lo hago con algunas preguntas sobre las cuales cada uno podrá reflexionar.

¿Qué quiere decir ser «Pueblo de Dios»? Ante todo quiere decir que Dios no pertenece en modo propio a pueblo alguno; porque es Él quien nos llama, nos convoca, nos invita a formar parte de su pueblo, y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque la misericordia de Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2, 4). A los Apóstoles y a nosotros Jesús no nos dice que formemos un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: id y haced discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28, 19). San Pablo afirma que en el pueblo de Dios, en la Iglesia, «no hay judío y griego… porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28). Desearía decir también a quien se siente lejano de Dios y de la Iglesia, a quien es temeroso o indiferente, a quien piensa que ya no puede cambiar: el Señor te llama también a ti a formar parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor. Él nos invita a formar parte de este pueblo, pueblo de Dios.

¿Cómo se llega a ser miembros de este pueblo? No es a través del nacimiento físico, sino de un nuevo nacimiento. En el Evangelio, Jesús dice a Nicodemo que es necesario nacer de lo alto, del agua y del Espíritu para entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3, 3-5). Somos introducidos en este pueblo a través del Bautismo, a través de la fe en Cristo, don de Dios que se debe alimentar y hacer crecer en toda nuestra vida. Preguntémonos: ¿cómo hago crecer la fe que recibí en mi Bautismo? ¿Cómo hago crecer esta fe que yo recibí y que el pueblo de Dios posee?

La otra pregunta. ¿Cuál es la ley del pueblo de Dios? Es la ley del amor, amor a Dios y amor al prójimo según el mandamiento nuevo que nos dejó el Señor (cf. Jn 13, 34). Un amor, sin embargo, que no es estéril sentimentalismo o algo vago, sino que es reconocer a Dios como único Señor de la vida y, al mismo tiempo, acoger al otro como verdadero hermano, superando divisiones, rivalidades, incomprensiones, egoísmos; las dos cosas van juntas. ¡Cuánto camino debemos recorrer aún para vivir en concreto esta nueva ley, la ley del Espíritu Santo que actúa en nosotros, la ley de la caridad, del amor! Cuando vemos en los periódicos o en la televisión tantas guerras entre cristianos, pero ¿cómo puede suceder esto? En el seno del pueblo de Dios, ¡cuántas guerras! En los barrios, en los lugares de trabajo, ¡cuántas guerras por envidia y celos! Incluso en la familia misma, ¡cuántas guerras internas! Nosotros debemos pedir al Señor que nos haga comprender bien esta ley del amor. Cuán hermoso es amarnos los unos a los otros como hermanos auténticos. ¡Qué hermoso es! Hoy hagamos una cosa: tal vez todos tenemos simpatías y no simpatías; tal vez muchos de nosotros están un poco enfadados con alguien; entonces digamos al Señor: Señor, yo estoy enfadado con este o con esta; te pido por él o por ella. Rezar por aquellos con quienes estamos enfadados es un buen paso en esta ley del amor. ¿Lo hacemos? ¡Hagámoslo hoy!

¿Qué misión tiene este pueblo? La de llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser signo del amor de Dios que llama a todos a la amistad con Él; ser levadura que hace fermentar toda la masa, sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. En nuestro entorno, basta con abrir un periódico —como dije—, vemos que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa. Pero quisiera decir en voz alta: ¡Dios es más fuerte! Vosotros, ¿creéis esto: que Dios es más fuerte? Pero lo decimos juntos, lo decimos todos juntos: ¡Dios es más fuerte! Y, ¿sabéis por qué es más fuerte? Porque Él es el Señor, el único Señor. Y desearía añadir que la realidad a veces oscura, marcada por el mal, puede cambiar si nosotros, los primeros, llevamos a ella la luz del Evangelio sobre todo con nuestra vida. Si en un estadio —pensemos aquí en Roma en el Olímpico, o en el de San Lorenzo en Buenos Aires—, en una noche oscura, una persona enciende una luz, se vislumbra apenas; pero si los más de setenta mil espectadores encienden cada uno la propia luz, el estadio se ilumina. Hagamos que nuestra vida sea una luz de Cristo; juntos llevaremos la luz del Evangelio a toda la realidad.

¿Cuál es la finalidad de este pueblo? El fin es el Reino de Dios, iniciado en la tierra por Dios mismo y que debe ser ampliado hasta su realización, cuando venga Cristo, nuestra vida (cf. Lumen gentium, 9). El fin, entonces, es la comunión plena con el Señor, la familiaridad con el Señor, entrar en su misma vida divina, donde viviremos la alegría de su amor sin medida, un gozo pleno.

Queridos hermanos y hermanas, ser Iglesia, ser pueblo de Dios, según el gran designio de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en esta humanidad nuestra, quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios a este mundo nuestro, que a menudo está desorientado, necesitado de tener respuestas que alienten, que donen esperanza y nuevo vigor en el camino. Que la Iglesia sea espacio de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde cada uno se sienta acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Y para hacer sentir al otro acogido, amado, perdonado y alentado, la Iglesia debe tener las puertas abiertas para que todos puedan entrar. Y nosotros debemos salir por esas puertas y anunciar el Evangelio.

Santo Padre Francisco: Pueblo de Dios

Audiencia General del miércoles, 12 de junio de 2013

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, por el bautismo somos ungidos en tu Espíritu. Sin embargo, la preocupación por lo material me domina con demasiada facilidad y no vivo de acuerdo a las grandes bendiciones que he recibido. Por eso confío en que esta oración me lleve a poner en primer lugar lo que Tú quieres, antes que mis planes.

Propósito

Hacer una visita a Cristo Eucaristía para renovar las promesas de mi bautismo.

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Evangelio del día: Jesús habla con Nicodemo

Evangelio del día: Jesús habla con Nicodemo

Juan 3, 7b-15. Martes de la 2.ª semana del Tiempo de Pascua. Es Dios quien nos llama. Es Dios quien nos convoca. Es Dios quien nos invita a formar parte de su pueblo… Y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque gracias a Su Misericordia quiere que todos nos salvemos.

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo:  «No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu». «¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo. Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 4, 32-37

Salmo: Sal 93(92), 1-2.5

Oración introductoria

Señor, creo en Ti. Humildemente te suplico que permitas que esta meditación me ayude a comprender que tu Palabra es mi luz y mi fortaleza, el alimento de mi alma, la fuente perenne de mi vida espiritual.

Petición

Señor, enséñame a renacer en la nueva familia de Dios: tu Iglesia.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy desearía detenerme brevemente en otro de los términos con los que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia: «Pueblo de Dios» (cf. const. dogm. Lumen gentium, 9; Catecismo de la Iglesia católica, 782). Y lo hago con algunas preguntas sobre las cuales cada uno podrá reflexionar.

¿Qué quiere decir ser «Pueblo de Dios»? Ante todo quiere decir que Dios no pertenece en modo propio a pueblo alguno; porque es Él quien nos llama, nos convoca, nos invita a formar parte de su pueblo, y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque la misericordia de Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2, 4). A los Apóstoles y a nosotros Jesús no nos dice que formemos un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: id y haced discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28, 19). San Pablo afirma que en el pueblo de Dios, en la Iglesia, «no hay judío y griego… porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28). Desearía decir también a quien se siente lejano de Dios y de la Iglesia, a quien es temeroso o indiferente, a quien piensa que ya no puede cambiar: el Señor te llama también a ti a formar parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor. Él nos invita a formar parte de este pueblo, pueblo de Dios.

¿Cómo se llega a ser miembros de este pueblo? No es a través del nacimiento físico, sino de un nuevo nacimiento. En el Evangelio, Jesús dice a Nicodemo que es necesario nacer de lo alto, del agua y del Espíritu para entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3, 3-5). Somos introducidos en este pueblo a través del Bautismo, a través de la fe en Cristo, don de Dios que se debe alimentar y hacer crecer en toda nuestra vida. Preguntémonos: ¿cómo hago crecer la fe que recibí en mi Bautismo? ¿Cómo hago crecer esta fe que yo recibí y que el pueblo de Dios posee?

La otra pregunta. ¿Cuál es la ley del pueblo de Dios? Es la ley del amor, amor a Dios y amor al prójimo según el mandamiento nuevo que nos dejó el Señor (cf. Jn 13, 34). Un amor, sin embargo, que no es estéril sentimentalismo o algo vago, sino que es reconocer a Dios como único Señor de la vida y, al mismo tiempo, acoger al otro como verdadero hermano, superando divisiones, rivalidades, incomprensiones, egoísmos; las dos cosas van juntas. ¡Cuánto camino debemos recorrer aún para vivir en concreto esta nueva ley, la ley del Espíritu Santo que actúa en nosotros, la ley de la caridad, del amor! Cuando vemos en los periódicos o en la televisión tantas guerras entre cristianos, pero ¿cómo puede suceder esto? En el seno del pueblo de Dios, ¡cuántas guerras! En los barrios, en los lugares de trabajo, ¡cuántas guerras por envidia y celos! Incluso en la familia misma, ¡cuántas guerras internas! Nosotros debemos pedir al Señor que nos haga comprender bien esta ley del amor. Cuán hermoso es amarnos los unos a los otros como hermanos auténticos. ¡Qué hermoso es! Hoy hagamos una cosa: tal vez todos tenemos simpatías y no simpatías; tal vez muchos de nosotros están un poco enfadados con alguien; entonces digamos al Señor: Señor, yo estoy enfadado con este o con esta; te pido por él o por ella. Rezar por aquellos con quienes estamos enfadados es un buen paso en esta ley del amor. ¿Lo hacemos? ¡Hagámoslo hoy!

¿Qué misión tiene este pueblo? La de llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser signo del amor de Dios que llama a todos a la amistad con Él; ser levadura que hace fermentar toda la masa, sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. En nuestro entorno, basta con abrir un periódico —como dije—, vemos que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa. Pero quisiera decir en voz alta: ¡Dios es más fuerte! Vosotros, ¿creéis esto: que Dios es más fuerte? Pero lo decimos juntos, lo decimos todos juntos: ¡Dios es más fuerte! Y, ¿sabéis por qué es más fuerte? Porque Él es el Señor, el único Señor. Y desearía añadir que la realidad a veces oscura, marcada por el mal, puede cambiar si nosotros, los primeros, llevamos a ella la luz del Evangelio sobre todo con nuestra vida. Si en un estadio —pensemos aquí en Roma en el Olímpico, o en el de San Lorenzo en Buenos Aires—, en una noche oscura, una persona enciende una luz, se vislumbra apenas; pero si los más de setenta mil espectadores encienden cada uno la propia luz, el estadio se ilumina. Hagamos que nuestra vida sea una luz de Cristo; juntos llevaremos la luz del Evangelio a toda la realidad.

¿Cuál es la finalidad de este pueblo? El fin es el Reino de Dios, iniciado en la tierra por Dios mismo y que debe ser ampliado hasta su realización, cuando venga Cristo, nuestra vida (cf. Lumen gentium, 9). El fin, entonces, es la comunión plena con el Señor, la familiaridad con el Señor, entrar en su misma vida divina, donde viviremos la alegría de su amor sin medida, un gozo pleno.

Queridos hermanos y hermanas, ser Iglesia, ser pueblo de Dios, según el gran designio de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en esta humanidad nuestra, quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios a este mundo nuestro, que a menudo está desorientado, necesitado de tener respuestas que alienten, que donen esperanza y nuevo vigor en el camino. Que la Iglesia sea espacio de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde cada uno se sienta acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Y para hacer sentir al otro acogido, amado, perdonado y alentado, la Iglesia debe tener las puertas abiertas para que todos puedan entrar. Y nosotros debemos salir por esas puertas y anunciar el Evangelio.

Santo Padre Francisco: Pueblo de Dios

Audiencia General del miércoles, 12 de junio de 2013

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, por el bautismo somos ungidos en tu Espíritu. Sin embargo, la preocupación por lo material me domina con demasiada facilidad y no vivo de acuerdo a las grandes bendiciones que he recibido. Por eso confío en que esta oración me lleve a poner en primer lugar lo que Tú quieres, antes que mis planes.

Propósito

Hacer una visita a Cristo Eucaristía para renovar las promesas de mi bautismo.

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Evangelio del día: Es conveniente que uno muera por todos

Evangelio del día: Es conveniente que uno muera por todos

Juan 11, 45-57. Sábado de la 5.ª semana del Tiempo de Cuaresma. El horizonte universal del actuar de Jesús se revela en la relación entre cruz y unidad: la unidad se paga con la cruz.

Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él. Pero otros fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron un Consejo y dijeron: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos. Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro Lugar santo y nuestra nación». Uno de ellos, llamado Caifás, que era Sumo Sacerdote ese año, les dijo: «Ustedes no comprenden nada. ¿No les parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera?». No dijo eso por sí mismo, sino que profetizó como Sumo Sacerdote que Jesús iba a morir por la nación, y no solamente por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos. A partir de ese día, resolvieron que debían matar a Jesús. Por eso él no se mostraba más en público entre los judíos, sino que fue a una región próxima al desierto, a una ciudad llamada Efraím, y allí permaneció con sus discípulos. Como se acercaba la Pascua de los judíos, mucha gente de la región había subido a Jerusalén para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros en el Templo: «¿Qué les parece, vendrá a la fiesta o no?». Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado orden de que si alguno conocía el lugar donde él se encontraba, lo hiciera saber para detenerlo.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Ezequiel, Ez 37, 21-28

Salmo: (Tomado del Libro de Jeremías) Jer 31, 10-12ab.13

Oración introductoria

Jesús, gracias por este momento en que me permites estar de nuevo abrazado a Ti. Sé que en estos días te he causado algunos dolores con mis pecados, pero sé también que me quieres perdonar, y ante todo, quieres que haga ahora mismo, una nueva experiencia de tu amor. Quiero conocerte a Ti y vivir desde ahora con la resolución de anunciarte decididamente con mi alegría y testimonio.

Petición

Señor, déjame conocer una parte de tu corazón, para que, viendo todo tu amor, no sea como los fariseos que te negaron aun después de haber visto tus milagros.

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

[Queridos hermanos y hermanas:]

[…] el Señor nos habla del servicio a la unidad encomendado al pastor: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (Jn 10, 16). Es lo mismo que repite san Juan después de la decisión del sanedrín de matar a Jesús, cuando Caifás dijo que era preferible que muriera uno solo por el pueblo a que pereciera toda la nación. San Juan reconoce que se trata de palabras proféticas, y añade: «Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52).

Se revela la relación entre cruz y unidad; la unidad se paga con la cruz. Pero sobre todo aparece el horizonte universal del actuar de Jesús. Aunque Ezequiel, en su profecía sobre el pastor, se refería al restablecimiento de la unidad entre las tribus dispersas de Israel (cf. Ez 34, 22-24), ahora ya no se trata de la unificación del Israel disperso, sino de todos los hijos de Dios, de la humanidad, de la Iglesia de judíos y paganos. La misión de Jesús concierne a toda la humanidad, y por eso la Iglesia tiene una responsabilidad con respecto a toda la humanidad, para que reconozca a Dios, al Dios que por todos nosotros en Jesucristo se encarnó, sufrió, murió y resucitó.

La Iglesia jamás debe contentarse con la multitud de aquellos a quienes, en cierto momento, ha llegado, y decir que los demás están bien así: musulmanes, hindúes… La Iglesia no puede retirarse cómodamente dentro de los límites de su propio ambiente. Tiene por cometido la solicitud universal, debe preocuparse por todos y de todos. Por lo general debemos «traducir» esta gran tarea en nuestras respectivas misiones. Obviamente, un sacerdote, un pastor de almas debe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia, por los que buscan en ella el camino de la vida y que, por su parte, como piedras vivas, construyen la Iglesia y así edifican y sostienen juntos también al sacerdote.

Sin embargo, como dice el Señor, también debemos salir siempre de nuevo «a los caminos y cercados» (Lc 14, 23) para llevar la invitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de él o no han sido tocados interiormente por él. Este servicio universal, servicio a la unidad, se realiza de muchas maneras. Siempre forma parte de él también el compromiso por la unidad interior de la Iglesia, para que ella, por encima de todas las diferencias y los límites, sea un signo de la presencia de Dios en el mundo, el único que puede crear dicha unidad.

La Iglesia antigua encontró en la escultura de su tiempo la figura del pastor que lleva una oveja sobre sus hombros. Quizá esas imágenes formen parte del sueño idílico de la vida campestre, que había fascinado a la sociedad de entonces. Pero para los cristianos esta figura se ha transformado con toda naturalidad en la imagen de Aquel que ha salido en busca de la oveja perdida, la humanidad; en la imagen de Aquel que nos sigue hasta nuestros desiertos y nuestras confusiones; en la imagen de Aquel que ha cargado sobre sus hombros a la oveja perdida, que es la humanidad, y la lleva a casa. Se ha convertido en la imagen del verdadero Pastor, Jesucristo. A él nos encomendamos. A él os encomendamos a vosotros, queridos hermanos, especialmente en esta hora, para que os conduzca y os lleve todos los días; para que os ayude a ser, por él y con él, buenos pastores de su rebaño. Amén.

Santo Padre Benedicto XVI

Homilía del IV Domingo de Pascua, 7 de mayo de 2006

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

II. La muerte redentora de Cristo en el designio divino de salvación

 «Jesús entregado según el preciso designio de Dios»

599 La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: «Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios» (Hch 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han «entregado a Jesús» (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios.

600 Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de «predestinación» incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia: «Sí, verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilato con las naciones gentiles y los pueblos de Israel (cf. Sal 2, 1-2), de tal suerte que ellos han cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría, habías predestinado» (Hch 4, 27-28). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (cf. Hch 3, 17-18).

«Muerto por nuestros pecados según las Escrituras»

601 Este designio divino de salvación a través de la muerte del «Siervo, el Justo» (Is 53, 11;cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). San Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber «recibido» (1 Co 15, 3) que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras» (ibíd.: cf. también Hch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45).

«Dios le hizo pecado por nosotros»

602 En consecuencia, san Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: «Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros» (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8, 3), «a quien no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Co 5, 21).

603 Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, «Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» (Rm 8, 32) para que fuéramos «reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Rm 5, 10).

Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604 Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10; cf. Jn 4, 19). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

605 Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños» (Mt 18, 14). Afirma «dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: «no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo» (Concilio de Quiercy, año 853: DS, 624).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

En un momento de oración durante el día, cerraré mis ojos tranquilamente y le pediré a Jesús con mucha confianza la gracia de conocerle y de aceptar su voluntad en mi vida.

Diálogo con Cristo

Jesús, después de haber hecho una experiencia de tu acción en mi vida, quiero agradecerte por ayudarme a comprender con más fe tus milagros diarios y frecuentes. Me duele pensar que te pueda abandonar por mi egoísmo y que decida darte muerte aunque vea tus milagros. Por eso, te pido un corazón humilde para que pueda acogerme generosamente a tu Voluntad en mí y pueda hacer una experiencia cada vez más dulce y más nueva de tu presencia atenta en mi vida diaria. Gracias, Jesús, por estar aquí. ¡Qué bien se está aquí contigo! Gracias.

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Sirviéndolo, rechazando y olvidando todo lo que nos atormenta, porque es Él quien nos ayudará en el camino elegido. No estamos solos. Confiemos en Él.

Beata Madre Teresa de Calcuta

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Catequesis infantil: El plan contra Jesús y el amor de Dios (Jn 11, 45-57)

1. Objetivo de la sesión (60 minutos)

Que los niños comprendan que Jesús es amado por muchos, pero también rechazado por otros; que descubran que Jesús entrega su vida por amor y que aprendan a confiar en Él y a seguirle con un corazón bueno.

2. Introducción (10 minutos)

El catequista muestra la imagen y pregunta:

  • ¿Qué ves en la primera escena?
  • ¿Por qué la gente está contenta con Jesús?
  • ¿Qué hacen los hombres en la segunda escena?
  • ¿Cómo se sienten: tranquilos o preocupados?
  • ¿Qué decisión toman al final?

Se escucha a los niños y se explica que esta historia ocurre después de que Jesús hiciera un gran milagro: resucitar a Lázaro.

3. Escuchamos el Evangelio (10 minutos)

Se lee una adaptación sencilla del Evangelio (Jn 11, 45-57):

Muchos, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en Él. Pero algunos fueron a contar lo sucedido a los jefes religiosos.

Entonces se reunieron y dijeron: “Si todos creen en Él, tendremos problemas”.

El sumo sacerdote Caifás dijo: “Conviene que muera uno por el pueblo”.

Desde ese día decidieron hacer daño a Jesús.

Jesús se retiró a otro lugar con sus discípulos.

4. Explicación sencilla (10 minutos)

Jesús hacía el bien: curaba, ayudaba y daba vida. Por eso muchas personas creían en Él.

Pero algunos hombres importantes tenían miedo de perder su poder. En vez de alegrarse, se enfadaron y pensaron en hacer daño a Jesús.

Uno de ellos dijo algo muy serio sin darse cuenta: que Jesús moriría por todos. Y eso era verdad, porque Jesús vino a dar su vida por amor.

Aunque algunos lo rechazaron, Jesús siguió adelante con su misión: salvarnos.

5. Lo que nos enseña la imagen

La alegría de los que creen

En la primera escena vemos a personas felices con Jesús. Ellos reconocen que viene de Dios.

El miedo y la dureza del corazón

En la segunda escena, los líderes están preocupados y enfadados. No quieren aceptar a Jesús.

La decisión equivocada

En la tercera escena, deciden hacer daño a Jesús. Esto enseña que cuando uno se cierra a Dios, puede tomar malas decisiones.

Jesús sigue su camino

En la última escena, Jesús se retira, pero no abandona su misión. Él sigue amando y salvando.

6. Actividades (20 minutos)

Actividad 1: “Con Jesús o contra Jesús” (10 minutos)

Materiales: cartulina y colores.

Desarrollo: Dibujar dos grupos: uno que escucha a Jesús y otro que se aleja de Él. Después comentar las diferencias.

Objetivo: Comprender que podemos elegir seguir a Jesús o rechazarlo.

Actividad 2: “Hago el bien como Jesús” (10 minutos)

Materiales: papel.

Desarrollo: Cada niño escribe o dibuja una acción buena que puede hacer (ayudar, perdonar, compartir…).

Objetivo: Aprender que seguir a Jesús es hacer el bien.

7. Oración (5 minutos)

Oración para niños:

Jesús, quiero creer en Ti,
quiero seguirte siempre,
ayúdame a hacer el bien
y a tener un corazón bueno. Amén.

Oración en familia:

Señor Jesús, enséñanos a confiar en Ti, a no tener miedo y a seguir tu camino de amor en nuestra familia. Amén.

8. Conclusión (5 minutos)

Jesús vino para salvarnos, aunque algunos no quisieron aceptarlo. Nosotros queremos estar con Él, creer en Él y seguirle con alegría.

Mensaje final

Jesús nos ama y dio su vida por nosotros. Nosotros queremos creer en Él y hacer el bien cada día.