por Guillermo Mirecki | 1 Abr, 2026 | Confirmación Dinámicas
Juan 13, 1-15 — El amor que se abaja y salva
Objetivo de la sesión
Que los confirmandos descubran que el lavatorio de los pies no es un gesto moral aislado, sino una revelación del misterio de Cristo que salva, purifica y transforma, comprendiendo que la vida cristiana comienza en dejarse lavar por Él (Bautismo y Penitencia), se alimenta en su entrega (Eucaristía) y se expresa en un amor concreto y sacrificado hacia los demás.
Introducción
El Evangelio de san Juan sitúa esta escena en un momento decisivo: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora… los amó hasta el extremo» (Jn 13,1, Biblia CEE). Este “extremo” no indica solo intensidad afectiva, sino plenitud redentora. El lavatorio de los pies es ya una anticipación visible de la cruz, donde Cristo se abajará definitivamente para salvar al hombre.
El texto subraya además que Jesús actúa «sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía» (Jn 13,3). Es desde la conciencia de su divinidad desde donde se arrodilla. No se rebaja por debilidad, sino por amor. San Agustín lo expresa con profundidad: «El Señor… siendo tan grande, se hizo humilde para enseñarnos la humildad» (In Ioannem, 55).
Aquí aparece una verdad central de la fe cristiana: la grandeza de Dios se manifiesta en el amor que se abaja. Como enseña Benedicto XVI, «la grandeza de Dios se revela en la humildad de su amor» (Homilía, Jueves Santo, 2008). Este gesto no es solo ejemplo, sino misterio que transforma la vida del creyente.
Orientaciones para catequistas
El catequista debe evitar reducir este pasaje a una enseñanza moral sobre “ser humildes” o “servir a los demás”. Este texto es una revelación del misterio de Cristo y del modo en que Él salva. Cuando Jesús afirma: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (Jn 13,8), está indicando que la salvación no procede del esfuerzo humano, sino de la acción purificadora de Cristo.
Aquí se abre una clave sacramental fundamental. La tradición de la Iglesia ha visto en este gesto una referencia al Bautismo, donde el hombre es lavado completamente, y a la Penitencia, donde el cristiano, ya limpio, necesita ser purificado en su caminar. El Catecismo enseña que Cristo «manifestó el amor del Padre sirviendo hasta dar su vida» (CIC, 609), y este servicio se hace presente sacramentalmente en la vida de la Iglesia.
Al mismo tiempo, este gesto está inseparablemente unido a la Eucaristía. San Juan Pablo II enseña que el lavatorio expresa «el amor llevado hasta el extremo, el mismo que se realiza en la Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 20). No hay verdadera participación eucarística sin una vida transformada por el amor que sirve.
Es importante trabajar con profundidad la reacción de Pedro. Él ama a Cristo, pero rechaza un Dios que se abaja. En esto se refleja el corazón humano: aceptar a Dios mientras no cuestione nuestras seguridades. El catequista debe ayudar a descubrir que la fe comienza cuando dejamos a Cristo actuar en nosotros.

Texto bíblico completo (Jn 13, 1-15)
Evangelio según san Juan (Biblia CEE):
«Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, se levanta de la cena, se quita el manto, toma una toalla y se la ciñe; luego echa agua en una jofaina y se pone a lavar los pies a los discípulos.
Llegó a Simón Pedro y este le dice: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”. Jesús respondió: “Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”.
Pedro le dice: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”.
Cuando acabó, dijo: “Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”».
Profundización teológica, sacramental y patrística
El lavatorio de los pies es un signo que anticipa el misterio pascual. Cristo se abaja para purificar al hombre, y ese abajamiento culminará en la cruz. Por eso su palabra es tan radical: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (Jn 13,8). No se trata de un gesto simbólico sin más, sino de una acción que revela la necesidad de la gracia.
San Agustín interpreta este pasaje en clave sacramental: «El que ya ha sido lavado no necesita sino lavarse los pies» (In Ioannem, 56), indicando que el Bautismo purifica radicalmente, pero el caminar cristiano exige una purificación continua. Esta enseñanza conecta directamente con el sacramento de la Penitencia, donde Cristo sigue lavando al creyente.
San Juan Crisóstomo subraya la radicalidad del gesto: Cristo lava incluso los pies de Judas, mostrando que el amor de Dios es gratuito y no depende del mérito humano. Este amor precede siempre al hombre. Por eso la vida cristiana no comienza en el hacer, sino en el dejarse amar y purificar.
Santo Tomás de Aquino enseña que Cristo «instruyó más con las obras que con las palabras» (Suma Teológica, III, q. 40), estableciendo así la caridad como forma concreta de la vida cristiana. Esta caridad no es sentimental, sino sacrificada y real.
El Concilio Vaticano II recoge esta enseñanza afirmando que «la ley fundamental de la perfección es el mandamiento nuevo del amor» (Lumen gentium, 42). Y ese amor toma forma visible en el servicio humilde. La Eucaristía, en la que Cristo se entrega, exige una vida coherente con ese don recibido.
Por tanto, el lavatorio de los pies une tres dimensiones inseparables: la purificación (Bautismo y Penitencia), la entrega sacrificial (Eucaristía) y la vida transformada en caridad concreta. Separar estos elementos empobrece profundamente la comprensión del Evangelio.
Actividades catequéticas
Actividad 1. La resistencia de Pedro: dejarse salvar
Objetivo doctrinal: Descubrir que la vida cristiana comienza en aceptar que necesitamos ser purificados por Cristo, superando el orgullo y la autosuficiencia.
Tiempo: 10 minutos.
Materiales: ninguno.
El catequista lee lentamente el diálogo entre Jesús y Pedro (Jn 13,6-9). A continuación invita a los jóvenes a identificarse con Pedro. No se trata de criticarlo, sino de descubrir que su reacción es profundamente humana.
Se guía la reflexión hacia esta idea: Pedro ama, pero no acepta un Dios que se abaja. Prefiere un Mesías fuerte antes que un Salvador que se humilla.
Microguion:
— Catequista: «¿Por qué Pedro no quiere que Jesús le lave los pies?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «¿Qué hay detrás de esa reacción?»
— Grupo: orgullo, incomprensión.
— Catequista: «¿Nos pasa a nosotros algo parecido?»
— «¿En qué momentos te cuesta reconocer que necesitas a Dios?»
Indicaciones: el catequista debe llevar al silencio final. No cerrar con respuestas rápidas. La clave es que cada uno se reconozca necesitado de la gracia.
Actividad 2. El servicio concreto: amar de verdad
Objetivo doctrinal: Comprender que el amor cristiano se expresa en actos concretos, especialmente cuando cuestan.
Tiempo: 10 minutos.
Materiales: papel y bolígrafo.
Se invita a cada participante a pensar en situaciones concretas donde servir le resulta difícil: en casa, con hermanos, en el estudio, con amigos.
Después se comparten algunas respuestas y se conecta con Cristo: Él no eligió servir cuando era fácil, sino cuando costaba.
Microguion:
— «¿Qué servicio te cuesta más?»
— «¿Por qué?»
— «¿Qué haría Cristo en tu lugar?»
— «¿Qué paso concreto puedes dar esta semana?»
Indicaciones: evitar generalidades. Llevar siempre a decisiones concretas y verificables.
Actividad 3. Sacramento y vida: dejarse lavar hoy
Objetivo doctrinal: Relacionar el lavatorio con los sacramentos del Bautismo y la Penitencia.
Tiempo: 10 minutos.
Materiales: Biblia.
El catequista explica brevemente la relación con el Bautismo (lavado total) y la Penitencia (lavado continuo). Se pregunta a los jóvenes si viven estos sacramentos como encuentro con Cristo o como costumbre.
Microguion:
— «¿Qué significa que Cristo te lave hoy?»
— «¿Vives la confesión como encuentro con Él?»
— «¿Qué cambiaría si creyeras de verdad que Él te limpia?»
Indicaciones: tono serio y respetuoso. Puede ser momento de preparación para la confesión.
Actividad 4. Lectio divina
Objetivo doctrinal: Escuchar la Palabra de Dios y dejar que transforme el corazón.
Tiempo: 12 minutos.
Materiales: Biblia.
Se proclama lentamente Jn 13,12-15. Se guarda silencio. Cada uno elige una palabra o frase.
Microguion:
— «¿Qué palabra te ha tocado?»
— «¿Qué te pide Cristo?»
— «¿Qué vas a cambiar esta semana?»
Se concluye con una oración breve.
Oración final
Señor Jesús,
Tú que te has abajado por amor,
lávame, purifícame, transfórmame.
Arranca de mí el orgullo,
enséñame a amar sirviendo,
y hazme vivir unido a Ti.
Amén.
Conclusión
El lavatorio de los pies revela que la vida cristiana no consiste en aparentar, sino en dejarse transformar por Cristo y reproducir su amor. El confirmado está llamado a vivir desde los sacramentos, alimentado por la Eucaristía, purificado en la gracia y entregado en el servicio.
por Guillermo Mirecki | 1 Abr, 2026 | La Biblia
Juan 13, 1-15. Jueves Santo. Jesús, enséñame a quererte, como tú me quieres, enséñame a ver tu rostro en el rostro de mis semejantes.
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?»
Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde.» Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás.» Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo.» Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza.» Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos.» Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos.» Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis ´el Maestro´ y ´el Señor´, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros.
Reflexión
Con este pasaje del Evangelio de San Juan quedamos introducidos en la parte central de los acontecimientos más relevantes de nuestra fe. Ya estamos de lleno en ellos. LA ÚLTIMA CENA.
Jesús quiere despedirse de sus seguidores. de sus compañeros, de sus amigos. Otra vez su gran humildad. Su gesto fino y lleno de ternura. Va lavándole los pies a aquellos hombres que lo habían visto ordenar a los vientos y a las olas la quietud en la tormenta, que le habían visto dar la luz a los ojos de los ciegos, hacer andar a los paralíticos, sanar a los leprosos, resucitar a los muertos. Que lo habían visto radiante como el sol en su Transfiguración y ahora, con un amor inconmensurable, con una humildad sin límites les está lavando los pies.
Pedro está asustado, no acierta a comprender, pero ante las palabras de Jesús y con su vehemencia natural, le pide que le lave de los pies a la cabeza. Jesús va más allá, está pensando en la humanidad y en esta humanidad estoy yo y falta poco para que no seamos lavados con agua, sino con su sangre que nos limpia y nos redime.
Jesús, entre los doce están los pies de aquel que te va a traicionar. Y creo que tus manos tuvieron que temblar al lavar los pies de Judas. Acariciaste aquellos pies con amor y con tristeza y nos mandaste hacer eso mismo con nuestros semejantes, sin distinciones de este por que me cae bien o de este no por que me cae mal. ¡Que yo no olvide tu ejemplo y tu mandato, Señor!.
Que a todos los que me rodean en mi cotidiano vivir yo los acepte como son y tenga ante ellos esa postura de amor y de humildad que tú nos pides.
Y nuestra pobre mente no alcanza a comprender todo el profundo significado de este acto. Ya antes de morir te estás anonadando ante los hombres y después otra locura de ese amor que te abrasa el alma, que quema tu corazón por ello no quisiste dejarnos solos y poco después, haces del pan tu Cuerpo y del vino tu Sangre y te quedas para ser nuestro alimento.
Y ahora, presente en esa Hostia donde los ojos del que «se hizo hombre y habitó entre nosotros» nos miran con su infinito amor le podemos decir eso que siempre espera:
Jesús Sacramentado, de rodillas te pedimos: Jesús, enséñame a quererte, como tú me quieres, enséñame a ver tu rostro en el rostro de mis semejantes, enséñame, Jesús a ser buena, a que tú seas el Eje de mi vida, esa vida que hoy pongo en tus manos. Señor, tenme muy cerca de tu corazón y enséñame a acompañarte a Tí y a tu Santísima Madre con mi oración en todos los amargos tormentos de la ya muy cercana muerte de cruz Amén.
* * *

Catequesis infantil sobre Juan 13, 1-15
Jesús lava los pies a sus discípulos y nos enseña a servir
Esta catequesis infantil está basada en la imagen catequética del lavatorio de los pies y en el Evangelio según san Juan 13, 1-15. La escena es muy hermosa y sorprendente. Jesús, que es el Maestro y el Señor, se arrodilla delante de sus discípulos y les lava los pies. En aquella época, lavar los pies era una tarea humilde, propia del servicio. Por eso este gesto de Jesús tiene una fuerza enorme. Él no solo habla del amor: lo muestra con sus obras. Los niños pueden descubrir aquí una de las enseñanzas más importantes del Evangelio: amar es servir.
1. Miramos la imagen
Antes de leer el texto, conviene mirar la imagen con calma. El catequista puede dejar unos segundos de silencio para que los niños observen bien.
Podemos fijarnos en varios detalles:
- Jesús está en el centro de la escena.
- No está sentado mandando, sino arrodillado sirviendo.
- Está lavando los pies de uno de sus discípulos.
- Los demás apóstoles miran con atención y asombro.
- Hay una palangana, agua y un ambiente de recogimiento.
- La cartela inferior recuerda las palabras de Jesús: «…para que vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 15).
Se puede preguntar a los niños:
- ¿Quién está en el centro?
- ¿Qué está haciendo Jesús?
- ¿Os parece una tarea importante o humilde?
- ¿Cómo están los discípulos: alegres, sorprendidos, serios?
- ¿Qué quiere enseñar Jesús con este gesto?
2. Escuchamos el Evangelio
El Evangelio cuenta que, durante la cena, Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y empezó a lavar los pies de sus discípulos. Pedro se sorprendió mucho y no entendía que Jesús quisiera hacer algo tan humilde. Pero Jesús le explicó que aquello era necesario.
Al final, Jesús dijo:
«Os he dado ejemplo, para que vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».
(Juan 13, 15)
Esta frase resume toda la escena. Jesús enseña a sus amigos a vivir como Él: con humildad, servicio y amor.
3. ¿Qué enseña este Evangelio?
Jesús ama hasta el final
Este pasaje comienza diciendo que Jesús amó a los suyos hasta el extremo. Eso significa que su amor no fue pequeño, ni superficial, ni a medias. Jesús ama del todo. El lavatorio de los pies es una prueba de ese amor grande.
Jesús, siendo Señor, se hace servidor
Jesús podría haber pedido que lo sirvieran. Sin embargo, se pone de rodillas y sirve Él. Con este gesto enseña que en el Reino de Dios el más grande no es el que manda con orgullo, sino el que ama y sirve.
Servir no es rebajarse, sino amar
A veces los niños pueden pensar que servir es algo pequeño o poco importante. Jesús enseña todo lo contrario. Servir con amor es algo muy hermoso, porque se parece a lo que Él mismo hizo.
Nosotros debemos hacer lo mismo
Jesús no lavó los pies a sus discípulos solo para dar una lección bonita, sino para dejar un ejemplo. Quiere que sus amigos hagan también lo mismo: ayudar, cuidar, servir, perdonar y amar sin orgullo.
4. Explicación sencilla para niños
Podemos explicarlo así:
Jesús estaba cenando con sus discípulos. Entonces hizo algo que nadie esperaba. En lugar de quedarse sentado como el maestro, se levantó, se puso a servir y empezó a lavar los pies a sus amigos.
Pedro no lo entendía, porque pensaba que Jesús era demasiado importante para hacer eso. Pero Jesús le enseñó que el verdadero amor sabe servir.
Jesús no quiere amigos orgullosos, peleones o mandones. Quiere amigos que ayuden, que sepan compartir, que cuiden a los demás y que no busquen siempre lo suyo.
Cuando un niño ayuda en casa, comparte con otro, no se burla de nadie o hace un servicio pequeño con amor, se parece a Jesús.
5. Lo que nos enseña la imagen
Jesús en el centro, pero sirviendo
La imagen está muy bien construida porque pone a Jesús en el centro, pero no de una manera orgullosa, sino arrodillado. Así los niños entienden enseguida que su grandeza está en el amor humilde.
Los discípulos aprenden mirando
Los apóstoles rodean la escena y contemplan lo que Jesús hace. Esto también es importante para nosotros: primero contemplamos a Jesús y después aprendemos de Él.
El agua y la palangana
Estos elementos hacen visible el servicio. El gesto no es simbólico solamente: Jesús lo realiza de verdad. El amor cristiano no son solo palabras, sino obras concretas.
La cartela inferior
La frase final ayuda a resumir toda la escena: Jesús no quiere que admiremos su ejemplo desde lejos y nada más. Quiere que vivamos como Él ha vivido.
6. Aplicación a la vida de los niños
Este Evangelio enseña muchas cosas concretas para la vida de los niños:
- que ayudar en casa es algo bueno y valioso,
- que no siempre hay que querer ser el primero,
- que servir a otros nos hace parecernos a Jesús,
- que el amor se demuestra con obras,
- que la humildad es una virtud preciosa.
Se puede decir a los niños:
Cuando recoges algo sin que te lo pidan, cuando ayudas a un compañero, cuando haces un favor sin protestar o cuando compartes con alegría, estás lavando los pies como Jesús.
7. Preguntas para dialogar con los niños
- ¿Qué hizo Jesús en la cena?
- ¿Por qué Pedro se sorprendió?
- ¿Qué quiso enseñar Jesús con ese gesto?
- ¿Qué significa servir con amor?
- ¿A quién puedes ayudar tú esta semana?
- ¿Cómo puedes parecerte más a Jesús?
8. Frases para aprender de memoria
«Os he dado ejemplo».
(Juan 13, 15)
«…para que vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».
(Juan 13, 15)
Jesús me enseña a amar sirviendo.
9. Actividad catequética
Actividad: “Quiero servir como Jesús”.
Materiales: cartulinas pequeñas o papeles recortados en forma de gota de agua, rotuladores y una cartulina grande.
Desarrollo: Cada niño recibe una gota de papel. En ella escribe una acción concreta con la que quiere servir durante la semana. Por ejemplo: “Ayudaré a poner la mesa”, “Compartiré mis cosas”, “No contestaré mal”, “Ayudaré a un compañero”. Después, todos pegan sus gotas en una cartulina grande con el título: “Como Jesús, queremos servir”.
Micro-guion para el catequista:
“Jesús no solo habló, también sirvió.”
“Ahora piensa tú: ¿qué pequeño servicio puedes hacer?”
“No hace falta algo muy grande. Lo importante es que esté hecho con amor.”
10. Oración final para niños
Señor Jesús,
Tú lavaste los pies a tus discípulos
y nos enseñaste a servir.
Haz mi corazón humilde,
bueno y generoso.
Ayúdame a ayudar,
a compartir
y a amar como Tú.
Amén.
11. Conclusión
La imagen y el Evangelio de Juan 13, 1-15 enseñan a los niños una verdad muy importante: Jesús, siendo el Señor, se hace servidor. No busca ser servido, sino amar hasta el final. Por eso el lavatorio de los pies es una escena muy fuerte y muy bella. Muestra que el amor verdadero se hace pequeño, humilde y concreto.
Esta catequesis ayuda a los niños a comprender que seguir a Jesús no consiste solo en rezar o aprender cosas de memoria, sino también en vivir como Él: ayudando, sirviendo y amando con sencillez. La gran invitación de esta escena es muy clara:
Mira a Jesús, aprende de Él y sirve a los demás con alegría.
por Guillermo Mirecki | 30 Mar, 2026 | La Biblia
Juan 13, 21-33.36-38. Martes Santo – Semana Santa. Quien rompe la amistad con Jesús, quien se sacude de encima su «yugo ligero», no alcanza la libertad, sino que, por el contrario, se convierte en esclavo.
Después de decir esto, Jesús se estremeció y manifestó claramente: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería. Uno de ellos —el discípulo al que Jesús amaba— estaba reclinado muy cerca de Jesús. Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: «Pregúntale a quién se refiere». El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: «Señor, ¿quién es?». Jesús le respondió: «Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato». Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo entonces: «Realiza pronto lo que tienes que hacer». Pero ninguno de los comensales comprendió por qué le decía esto. Como Judas estaba encargado de la bolsa común, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que hace falta para la fiesta», o bien que le mandaba dar algo a los pobres. Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche. Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: «A donde yo voy, ustedes no pueden venir». Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás». Pedro le preguntó: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Jesús le respondió: «¿Darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de Isaías, Is 49, 1-6
Salmo: Sal 71(70), 1-6.15.17
Oración introductoria
Señor, ¿estoy realmente dispuesto a dar todo por Ti? Que ingenuo soy al pensar que podría renunciar a todo por tu amor sino logro serte fiel en el día a día. Permite que esta oración me lleve a crecer en el amor, en lo ordinario del día de hoy, para que así confíe auténticamente en tu gracia y pueda entregarte todo.
Petición
Dame la sabiduría para entender, Señor, que la fidelidad no es otra cosa que la obediencia pronta a tus inspiraciones.
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
Lo que sucedió con Judas, para Juan, ya no es explicable psicológicamente. Ha caído bajo el dominio de otro: quien rompe la amistad con Jesús, quien se sacude de encima su «yugo ligero», no alcanza la libertad, no se hace libre, sino que, por el contrario, se convierte en esclavo de otros poderes; o más bien: el hecho de que traicione esta amistad proviene ya de la intervención de otro poder, al que ha abierto sus puertas. Y, sin embargo, la luz que se había proyectado desde Jesús en el alma de Judas no se oscureció completamente. Hay un primer paso hacia la conversión: «He pecado», dice a sus mandantes. Trata de salvar a Jesús y devuelve el dinero. Todo lo puro y grande que había recibido de Jesús seguía grabado en su alma, no podía olvidarlo. Su segunda tragedia, después de la traición, es que ya no logra creer en el perdón. Su arrepentimiento se convierte en desesperación.
Santo Padre Benedicto XVI
Jesús de Nazaret, segunda parte, p. 29
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
II. Los fieles cristianos laicos
897 «Por laicos se entiende aquí a todos los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido en la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan a su manera de las funciones de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo» (LG 31).
La vocación de los laicos
898 «Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios […] A ellos de manera especial corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor» (LG 31).
899 La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria cuando se trata de descubrir o de idear los medios para que las exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las realidades sociales, políticas y económicas. Esta iniciativa es un elemento normal de la vida de la Iglesia:
«Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. Por tanto ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del jefe común, el Romano Pontífice, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia» (Pío XII, Discurso a los cardenales recién creados, 20 de febrero de 1946; citado por Juan Pablo II en CL 9).
900 Como todos los fieles, los laicos están encargados por Dios del apostolado en virtud del Bautismo y de la Confirmación y por eso tienen la obligación y gozan del derecho, individualmente o agrupados en asociaciones, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra; esta obligación es tanto más apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo. En las comunidades eclesiales, su acción es tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces su plena eficacia (cf. LG 33).
La participación de los laicos en la misión sacerdotal de Cristo
901 «Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo (cf 1P 2, 5), que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios» (LG 34; cf. LG 10).
902 De manera particular, los padres participan de la misión de santificación «impregnando de espíritu cristiano la vida conyugal y procurando la educación cristiana de los hijos» (CIC, can. 835, 4).
903 Los laicos, si tienen las cualidades requeridas, pueden ser admitidos de manera estable a los ministerios de lectores y de acólito (cf. CIC, can. 230, 1). «Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el Bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho» (CIC, can. 230, 3).
Su participación en la misión profética de Cristo
904 «Cristo […] realiza su función profética no sólo a través de la jerarquía […] sino también por medio de los laicos. Él los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y la gracia de la palabra» (LG 35).
«Enseñar a alguien […] para traerlo a la fe […] es tarea de todo predicador e incluso de todo creyente (Santo Tomás de Aquino, S. Th. 3, q. 71, a.4, ad 3).
905 Los laicos cumplen también su misión profética evangelizando, con «el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra». En los laicos, «esta evangelización […] adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (LG 35):
«Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida; el verdadero apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, tanto a los no creyentes […] como a los fieles» (AA 6; cf. AG 15).
906 Los fieles laicos que sean capaces de ello y que se formen para ello también pueden prestar su colaboración en la formación catequética (cf. CIC, can. 774, 776, 780), en la enseñanza de las ciencias sagradas (cf. CIC, can. 229), en los medios de comunicación social (cf. CIC, can 823, 1).
907 «Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los pastores, habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas» (CIC, can. 212, 3).
Su participación en la misión real de Cristo
908 Por su obediencia hasta la muerte (cf. Flp 2, 8-9), Cristo ha comunicado a sus discípulos el don de la libertad regia, «para que vencieran en sí mismos, con la apropia renuncia y una vida santa, al reino del pecado» (LG 36):
«El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo: se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable» (San Ambrosio, Expositio psalmi CXVIII, 14, 30: PL 15, 1476).
909 «Los laicos, además, juntando también sus fuerzas, han de sanear las estructuras y las condiciones del mundo, de tal forma que, si algunas de sus costumbres incitan al pecado, todas ellas sean conformes con las normas de la justicia y favorezcan en vez de impedir la práctica de las virtudes. Obrando así, impregnarán de valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas» (LG 36).
910 «Los seglares […] también pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera concederles» (EN 73).
911 En la Iglesia, en el ejercicio de la potestad de régimen «los fieles laicos pueden cooperar a tenor del derecho» (CIC, can. 129, 2). Así, con su presencia en los concilios particulares (can. 443, 4), los sínodos diocesanos (can. 463, 1 y 2), los consejos pastorales (can. 511; 536); en el ejercicio de la tarea pastoral de una parroquia (can. 517, 2); la colaboración en los consejos de los asuntos económicos (can. 492, 1; 536); la participación en los tribunales eclesiásticos (can. 1421, 2), etc.
912 Los fieles han de «aprender a distinguir cuidadosamente entre los derechos y deberes que tienen como miembros de la Iglesia y los que les corresponden como miembros de la sociedad humana. Deben esforzarse en integrarlos en buena armonía, recordando que en cualquier cuestión temporal han de guiarse por la conciencia cristiana. En efecto, ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios» (LG 36).
913 «Así, todo laico, por el simple hecho de haber recibido sus dones, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia misma `según la medida del don de Cristo'» (LG 33).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Ante las preocupaciones y los problemas del día, decir: Jesús en ti confío.
Diálogo con Cristo
Gracias, Padre mío, por recordarme lo frágil que puede ser mi voluntad. Quiero ser tu amigo fiel que nunca llegue a desconfiar de tu misericordia. Permite que mi servicio a los demás sea humilde y generoso, que no haya nunca un interés egoísta o fines utilitaristas en mis relaciones con los demás.
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por Guillermo Mirecki | 29 Mar, 2026 | La Biblia
Juan 12, 1-11. Lunes Santo – Semana Santa. El amor no calcula, no mide, no repara en gastos, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca sólo el bien del otro, vence la mezquindad, la cicatería, los resentimientos, la cerrazón que el hombre lleva a veces en su corazón.
Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: «¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?». Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. Jesús le respondió: «Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre». Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús a causa de él.
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de Isaías, Is 42, 1-7
Salmo: Sal 27(26), 1-3.13-14
Oración introductoria
Dame, Señor, la sabiduría y fuerza de voluntad para saber dedicar el mejor tiempo de este día a la oración. Sé que vendrás a mi encuentro para transformarme. ¡Gracias por tu bondad y misericordia!
Petición
Señor, que no me ciegue como Judas. Tú eres lo mejor de mi vida, dame un corazón abierto a tu gracia y un alma generosa que sepa corresponder a tu infinito amor.
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
El Evangelio recién proclamado nos conduce a Betania, donde, como apunta el evangelista, Lázaro, Marta y María ofrecieron una cena al Maestro (cf. Jn 12, 1). Este banquete en casa de los tres amigos de Jesús se caracteriza por los presentimientos de la muerte inminente: los seis días antes de Pascua, la insinuación del traidor Judas, la respuesta de Jesús que recuerda uno de los piadosos actos de la sepultura anticipado por María, la alusión a que no lo tendrían siempre con ellos, el propósito de eliminar a Lázaro, en el que se refleja la voluntad de matar a Jesús. En este relato evangélico hay un gesto sobre el que deseo llamar la atención: María de Betania, «tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos» (12, 3). El gesto de María es la expresión de fe y de amor grandes por el Señor: para ella no es suficiente lavar los pies del Maestro con agua, sino que los unge con una gran cantidad de perfume precioso que —como protestará Judas— se habría podido vender por trescientos denarios; y no unge la cabeza, como era costumbre, sino los pies: María ofrece a Jesús cuanto tiene de mayor valor y lo hace con un gesto de profunda devoción. El amor no calcula, no mide, no repara en gastos, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca sólo el bien del otro, vence la mezquindad, la cicatería, los resentimientos, la cerrazón que el hombre lleva a veces en su corazón.
María se pone a los pies de Jesús en humilde actitud de servicio, como hará el propio Maestro en la última Cena, cuando, como dice el cuarto Evangelio, «se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una jofaina y se puso a lavar los pies de los discípulos» (Jn 13, 4-5), para que —dijo— «también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (v. 15): la regla de la comunidad de Jesús es la del amor que sabe servir hasta el don de la vida. Y el perfume se difunde: «Toda la casa —anota el evangelista— se llenó del olor del perfume» (Jn 12, 3). El significado del gesto de María, que es respuesta al amor infinito de Dios, se expande entre todos los convidados; todo gesto de caridad y de devoción auténtica a Cristo no se limita a un hecho personal, no se refiere sólo a la relación entre el individuo y el Señor, sino a todo el cuerpo de la Iglesia; es contagioso: infunde amor, alegría y luz.
«Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11): al acto de María se contraponen la actitud y las palabras de Judas, quien, bajo el pretexto de la ayuda a los pobres oculta el egoísmo y la falsedad del hombre cerrado en sí mismo, encadenado por la avidez de la posesión, que no se deja envolver por el buen perfume del amor divino. Judas calcula allí donde no se puede calcular, entra con ánimo mezquino en el espacio reservado al amor, al don, a la entrega total. Y Jesús, que hasta aquel momento había permanecido en silencio, interviene a favor del gesto de María: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura» (Jn 12, 7). Jesús comprende que María ha intuido el amor de Dios e indica que ya se acerca su «hora», la «hora» en la que el Amor hallará su expresión suprema en el madero de la cruz: el Hijo de Dios se entrega a sí mismo para que el hombre tenga vida, desciende a los abismos de la muerte para llevar al hombre a las alturas de Dios, no teme humillarse «haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz» (Flp 2, 8). San Agustín, en el Sermón en el que comenta este pasaje evangélico, nos dirige a cada uno, con palabras apremiantes, la invitación a entrar en este circuito de amor, imitando el gesto de María y situándonos concretamente en el seguimiento de Jesús. Escribe san Toda alma que quiera ser fiel, únase a María para ungir con perfume precioso los pies del Señor… Unja los pies de Jesús: siga las huellas del Señor llevando una vida digna. Seque los pies con los cabellos: si tienes cosas superfluas, dalas a los pobres, y habrás enjugado los pies del Señor» (In Ioh. evang., 50, 6).
Santo Padre Benedicto XVI
Homilía del lunes, 29 de marzo de 2010
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
IV. Perseverar en el amor
2742 “Orad constantemente” (1 Ts 5, 17), “dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5, 20), “siempre en oración y suplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos” (Ef 6, 18).“No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar” (Evagrio Pontico, Capita practica ad Anatolium, 49). Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes:
2743 Orar es siempre posible: El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado que está con nosotros “todos los días” (Mt 28, 20), cualesquiera que sean las tempestades (cf Lc 8, 24). Nuestro tiempo está en las manos de Dios:
«Conviene que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o mientras da un paseo: igualmente el que está sentado ante su mesa de trabajo o el que dedica su tiempo a otras labores, que levante su alma a Dios: conviene también que el siervo alborotador o que anda yendo de un lado para otro, o el que se encuentra sirviendo en la cocina […], intenten elevar la súplica desde lo más hondo de su corazón» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 6).
2744 Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado (cf Ga 5, 16-25). ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser “vida nuestra”, si nuestro corazón está lejos de él?
«Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil […]. Es imposible […] que el hombre […] que ora […] pueda pecar» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 5).
«Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente» (San Alfonso María de Ligorio, Del gran mezzo della preghiera, pars 1, c. 1)).
2745 Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado. “Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15, 16-17).
«Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos cumplir el mandato: “Orad constantemente”» (Orígenes, De oratione, 12, 2).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Si hoy tengo un pensamiento negativo sobre una persona, orar y buscar una cualidad de ella para alabarle.
Diálogo con Cristo
Jesús, esta Semana Santa es una excelente oportunidad para dedicar más tiempo a fijarme en los demás, como ha propuesto el Papa. Dame tu luz para emprender una labor de fermento en mi propia familia, en mi propio ambiente, para vivir un cristianismo más dinámico, más apasionado, que no mida el esfuerzo o sacrificio. Dame la generosidad de María, que supo escoger siempre la mejor parte.
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Sesión de catequesis para niños: María unge los pies de Jesús
Basada en Juan 12, 1-11 y en la imagen catequética
En esta escena del Evangelio vemos a Jesús en casa de sus amigos: Marta, María y Lázaro. Todo parece tranquilo, pero ocurre algo muy especial: María se acerca a Jesús, rompe un frasco de perfume muy caro y unge sus pies, secándolos con su cabello. Es un gesto lleno de amor, de respeto y de adoración. Sin embargo, no todos lo entienden. Judas critica lo que ha hecho María. Jesús, en cambio, la defiende. Esta catequesis ayudará a los niños a descubrir qué significa amar de verdad a Jesús.
1. Título
“Amar a Jesús con todo el corazón”
2. Objetivo
Que los niños comprendan que amar a Jesús significa darle lo mejor de uno mismo, y que aprendan a distinguir entre el amor verdadero y las críticas vacías o falsas.
3. Edad
Niños de 7 a 10 años (Primera Comunión).
4. Duración
60 minutos.
5. Materiales
- Imagen catequética
- Biblia
- Folios y colores
- Un pequeño frasco (simbolizando perfume)
6. Texto del Evangelio (resumen adaptado)
Jesús estaba en casa de Lázaro. María tomó un perfume muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con su cabello. La casa se llenó del buen olor del perfume. Pero Judas dijo: “¿Por qué no se ha vendido este perfume para dar el dinero a los pobres?”. Jesús respondió: “Déjala. Ella ha hecho esto por amor”.
7. Miramos la imagen
El catequista invita a observar:
- ¿Qué está haciendo María?
- ¿Cómo está Jesús?
- ¿Qué hace el hombre que habla (Judas)?
- ¿Qué se nota en la cara de María?
Se guía a los niños a descubrir que María actúa con amor profundo, mientras Judas critica sin entender.
8. Explicación sencilla
María quiere muchísimo a Jesús. Por eso no le da algo cualquiera: le da algo muy valioso. Pero lo más importante no es el perfume… es su amor.
Judas, en cambio, parece que habla bien, pero en realidad no ama a Jesús. Critica, pero no comprende.
Jesús enseña que cuando alguien ama de verdad, ese amor es bueno y hermoso.
9. Desarrollo
Actividad 1. ¿Qué es amar de verdad?
Los niños dicen cosas que hacen cuando quieren mucho a alguien (papás, amigos, Jesús).
Actividad 2. Mi “perfume” para Jesús
Cada niño dibuja algo que puede ofrecer a Jesús: una oración, una ayuda, portarse bien, perdonar…
Actividad 3. Diferenciar actitudes
El catequista plantea situaciones:
“Ayudo sin que me vean” / “Critico a otros”
Los niños identifican cuál se parece a María y cuál a Judas.
Actividad 4. Lectio divina
¿Qué dice el texto? María ama y unge a Jesús.
¿Qué me dice Jesús? Que le ame de verdad.
¿Qué le digo yo? “Jesús, quiero quererte mucho”.
¿A qué me invita? A dar lo mejor de mí.
10. Aplicación a la Primera Comunión
Cuando recibes a Jesús en la Comunión, haces algo parecido a María: lo recibes con amor. No necesitas perfume, pero sí un corazón limpio, alegre y lleno de cariño.
11. Oración
Jesús,
quiero amarte como María,
con todo mi corazón.
Ayúdame a darte lo mejor de mí,
y a no criticar a los demás.
Quiero recibirte bien
en la Comunión.
Amén.
12. Mensaje final
Amar a Jesús es darle lo mejor de ti.
13. Para el catequista
No te engañes aquí: este Evangelio es clave. Aquí se ve la diferencia entre religiosidad superficial (Judas) y amor verdadero (María). Si el niño capta esto, has ganado mucho terreno para la Primera Comunión.
por Guillermo Mirecki | 27 Mar, 2026 | Postcomunión Dinámicas
Humildad, obediencia y servicio a la Iglesia en tiempos difíciles
Objetivo de la sesión
Descubrir en san Víctor III un modelo de pastor humilde y fiel, que supo obedecer a Dios en medio de dificultades, comprendiendo que la verdadera autoridad en la Iglesia es servicio, entrega y fidelidad a Cristo.
Duración total estimada: 75 minutos.
Distribución:
Introducción: 8 min
Indicaciones: 5 min
Hagiografía: 15 min
Virtudes: 8 min
Profundización teológica: 15 min
Imagen: 6 min
Actividades: 15-18 min
Oración y conclusión: 5 min
Introducción
En la vida cristiana hay una tentación constante: buscar el poder, el reconocimiento o la comodidad. Sin embargo, el Evangelio enseña lo contrario. El Señor dice: “El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35, Biblia CEE). Esta enseñanza no es solo una idea bonita, sino el camino real de la santidad.
San Víctor III vivió esta verdad de forma profunda. Fue un hombre que no buscó el poder, que incluso lo evitó, pero que supo obedecer cuando la Iglesia lo necesitó. Su vida enseña que la autoridad cristiana no consiste en mandar, sino en servir, y que la obediencia a Dios está por encima de los propios gustos o miedos.
Indicaciones para catequistas
Es importante presentar a san Víctor III no como un personaje lejano, sino como un hombre real que tuvo dudas, temores y dificultades. Esto ayuda especialmente a los adolescentes, que necesitan ver que la santidad no es perfección automática, sino fidelidad.
Subraya siempre dos ideas: la obediencia y el servicio. Evita presentar el papado como poder; preséntalo como misión.
Hagiografía
San Víctor III, nacido como Desiderio, vivió en el siglo XI, en un tiempo complejo para la Iglesia, marcado por tensiones políticas, conflictos y reformas necesarias. Fue monje benedictino, lo que ya nos da una clave importante: su vida estaba profundamente marcada por la oración, la disciplina y la búsqueda de Dios.
Llegó a ser abad de Montecassino, uno de los centros más importantes de la vida monástica. Allí destacó por su prudencia, su amor a la Iglesia y su capacidad de gobierno. Sin embargo, lo más significativo es que no ambicionó cargos mayores.
Cuando fue elegido Papa, no lo aceptó fácilmente. De hecho, intentó resistirse. Este dato es clave: no buscaba poder, sino fidelidad. Finalmente, por obediencia y por el bien de la Iglesia, aceptó la misión.
Su pontificado fue breve, pero intenso. Trabajó por la reforma de la Iglesia, por la unidad y por la fidelidad al Evangelio. Murió en 1087, dejando testimonio de un pastor que supo servir sin buscar protagonismo.
Virtudes y carismas
Destaca en san Víctor III la humildad, que le llevó a no buscar el poder. También la obediencia, porque aceptó lo que no deseaba por fidelidad a Dios. Y la responsabilidad pastoral, porque, una vez aceptada su misión, la vivió plenamente.
Su vida muestra que la santidad no consiste en elegir lo fácil, sino en responder a lo que Dios pide.
Profundización teológica
El ministerio en la Iglesia no es dominio, sino servicio. Cristo mismo lo enseñó: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28, Biblia CEE). San Víctor III encarna esta verdad.
San Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia, afirmaba que quien preside debe ser “siervo de todos”. Esta idea atraviesa toda la tradición católica. La autoridad cristiana es siempre servicio.
Para los jóvenes, esto es clave: la vocación no se elige por gusto, sino por llamada. Y la fidelidad es más importante que la comodidad.

Explicación de la imagen
La imagen muestra a san Víctor III con vestiduras humildes y una actitud serena. No aparece como un rey poderoso, sino como un pastor sencillo. Esto enseña que la santidad no se mide por el poder exterior.
El fondo basilical recuerda su misión en la Iglesia. El aura indica su santidad, pero es suave: no domina la escena, como tampoco él buscó dominar.
El catequista debe preguntar: ¿qué llama más la atención, el poder o la humildad?
Actividades catequéticas
Actividad 1. ¿Mandar o servir?
Objetivo: Comprender la diferencia entre autoridad humana y autoridad cristiana.
El catequista plantea situaciones: ser líder, mandar, decidir. Luego pregunta: ¿qué haría Cristo?
Microguion:
— «¿Prefieres mandar o servir?»
— «¿Qué hizo Cristo?»
Actividad 2. Obedecer cuando cuesta
Cada joven piensa una situación en la que le cuesta obedecer. Se reflexiona en grupo.
Microguion:
— «¿Obedeces solo cuando te apetece?»
— «San Víctor III obedeció sin querer».
Actividad 3. Lectio divina
Texto: Mc 9,35
Lectura, silencio y reflexión.
Oración final
San Víctor III,
enséñanos a servir con humildad,
a obedecer a Dios,
y a vivir nuestra vocación con fidelidad.
Amén.
Conclusión
La verdadera grandeza está en servir. San Víctor III lo entendió. Ahora nos toca vivirlo.
por Catequesis en Familia | 26 Mar, 2017 | La Biblia
Juan 10, 31-42. Viernes de la 5.ª semana del Tiempo de Cuaresma. Debemos ser humildes… pero con una humildad real; y para ello es necesario reconocerse pecadores.
Los judíos tomaron piedras para apedrearlo. Entonces Jesús dijo: «Les hice ver muchas obras buenas que vienen del Padre; ¿Por cuál de ellas me quieren apedrear?». Los judíos le respondieron: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios». Jesús les respondió: «¿No está escrito en la Ley: «Yo dije: Ustedes son dioses?» Si la Ley llama dioses a los que Dios dirigió su Palabra –y la Escritura no puede ser anulada– ¿Cómo dicen: «Tú blasfemas», a quien el Padre santificó y envió al mundo, porque dijo: «Yo soy Hijo de Dios»? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, crean en las obras, aunque no me crean a mí. Así reconocerán y sabrán que el Padre está en mí y yo en el Padre». Ellos intentaron nuevamente detenerlo, pero el se les escapó de las manos. Jesús volvió a ir al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado, y se quedó allí. Muchos fueron a verlo, y la gente decía: «Juan no ha hecho ningún signo, pero todo lo que dijo de este hombre era verdad». Y en ese lugar muchos creyeron en él.
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de Jeremías. Jer 20, 10-13
Salmo: Sal 18 (17), 2-7
Oración introductoria
Señor, ayúdame a limpiar mi corazón para conocerte en todo lo que realizo;que pueda ver tu mano y amor en todo lo que me rodea. Ayúdame a estar contigo en esta meditación y haz que mi corazón sea más semejante al tuyo, sobre todo en la virtud de la humildad.Tú conoces mis intenciones más íntimas y quiero ponerlas en tus manos. En el corazón de María, pongo a todos mis seres queridos, y también todo aquello que perturba mi corazón.
Petición
Señor, que me dé cuenta del gran amor que me tienes, y concédeme la gracia de ser humilde en mi deber como cristiano.
Meditación del Santo Padre Francisco
Sin la humildad, sin la capacidad de reconocer públicamente los propios pecados y la propia fragilidad humana, no se puede alcanzar la salvación y tampoco pretender anunciar a Cristo o ser sus testigos. Esto es válido también para los sacerdotes. Y los cristianos siempre deben recordar que la riqueza de la gracia, don de Dios, es un tesoro que se custodia en «vasijas de barro» a fin de que sea claro el poder extraordinario de Dios, del que nadie se puede adueñar «para el curriculum personal». El Papa Francisco invitó una vez más a reflexionar sobre el tema de la humildad cristiana en la misa del 14 de junio. Las lecturas del día —la segunda carta de san Pablo a los Corintios (4, 7-15) y el Evangelio de san Mateo (5, 27-32)— centraron la meditación del Papa, que relacionó la imagen de la «belleza de Jesús, de la fuerza de Jesús, de la salvación que nos trae Jesús», de la que habla el apóstol Pablo, con la de las «vasijas de barro» en las cuales se contiene el tesoro de la fe.
Los cristianos son como vasijas de barro porque son débiles, en cuanto pecadores. A pesar de ello —subrayó el Santo Padre— entre «nosotros, pobres vasijas de barro», y «el poder de Jesucristo salvador» tiene lugar un diálogo: el «diálogo de la salvación». Pero advirtió de que si este diálogo asume el tono de la autojustificación quiere decir que algo no funciona y no hay salvación.
Cada vez que Pablo «nos habla de su curriculum de servicio» —«hice esto, hice aquello, prediqué»— nos habla también de lo referido a sus debilidades, a sus pecados. La humildad del cristiano, como señaló el Pontífice, es la que sigue el camino indicado por el apóstol. Este modelo de humildad es válido también «para nosotros sacerdotes —advirtió—. Si nos gloriamos sólo de nuestro curriculum y nada más acabaremos equivocándonos. No podemos anunciar a Jesucristo salvador porque, en el fondo, no le escuchamos». «Debemos ser humildes —exhortó el Pontífice— pero con una humildad real»; es necesario reconocerse pecadores, concretamente.
«Hermanos —exhortó el Papa—, nosotros tenemos un tesoro: Jesucristo salvador, la cruz de Jesucristo, este tesoro del cual nos enorgullecemos», pero no nos olvidemos «de confesar también los pecados», porque sólo así «el diálogo es cristiano y católico, concreto. Porque la salvación de Jesucristo es concreta».
Santo Padre Francisco: La humildad concreta
Homilía del viernes, 14 de junio de 2013
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
IV. La santidad cristiana
2012. “Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman […] a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó” (Rm 8, 28-30).
2013 “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40). Todos son llamados a la santidad: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48):
«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo […] para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos» (LG 40).
2014 El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “mística”, porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos —“los santos misterios”— y, en Él, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él, aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar así el don gratuito hecho a todos.
2015 “El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas:
«El que asciende no termina nunca de subir; y va paso a paso; no se alcanza nunca el final de lo que es siempre susceptible de perfección. El deseo de quien asciende no se detiene nunca en lo que ya le es conocido» (San Gregorio de Nisa, In Canticum homilia 8).
2016 Los hijos de la Santa Madre Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final y de la recompensa de Dios, su Padre, por las obras buenas realizadas con su gracia en comunión con Jesús (cf Concilio de Trento: DS 1576). Siguiendo la misma norma de vida, los creyentes comparten la “bienaventurada esperanza” de aquellos a los que la misericordia divina congrega en la “Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, […] que baja del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo” (Ap 21, 2).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Buscaré ver a Dios en todo lo que hago, dándole gracias por lo bueno y lo malo.
Diálogo con Cristo
Señor,Tú sabes mejor que nadie cuán frágil soy y cuánta ayuda necesito para obrar como Túdeseas.Por eso, vengo ante ti este día, para pedirte perdón por no escucharte ni ver el gran amor que me tienes. Este día quiero ser un reflejo de tu amor; que los demás vean en mí el gran amor por el cual Cristo se hizo el más humilde de todos para salvarnos.
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Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y se me puso delante, a mi parecer, sin considerarlo, esto: que es porque Dios es suma Verdad y la humildad es andar en verdad.
Santa Teresa de Jesús
Las Moradas, VI, 10
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por Catequesis en Familia | 26 Oct, 2016 | La Biblia
Lucas 14, 1.7-11. Sábado de la 30.ª semana del Tiempo Ordinario. Una vez más vemos a Cristo como modelo de humildad y de gratuidad: de él aprendemos la paciencia en las tentaciones, la mansedumbre en las ofensas, la obediencia a Dios en el dolor, a la espera de que Aquel que nos ha invitado nos diga: «Amigo, sube más arriba».
Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: «Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: «Déjale el sitio», y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: «Amigo, acércate más», y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Carta de san Pablo a los Filipenses 1, 18b-26
Salmo: Sal 42(41), 2.3.5bcd
Oración introductoria
Padre, te suplico humildemente que me acompañes con tu presencia amorosa para que mi corazón se llene de lo único que necesita: fe, amor a mis hermanos y esperanza.
Petición
Jesús, que tenga la humildad de dejar a mis hermanos los mejores puestos por amor a ellos y a Dios.
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
En el Evangelio de este domingo (Lc 14, 1.7-14), encontramos a Jesús como comensal en la casa de un jefe de los fariseos. Dándose cuenta de que los invitados elegían los primeros puestos en la mesa, contó una parábola, ambientada en un banquete nupcial. «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: «Deja el sitio a este»… Al contrario, cuando seas convidado, ve a sentarte en el último puesto» (Lc 14, 8-10). El Señor no pretende dar una lección de buenos modales, ni sobre la jerarquía entre las distintas autoridades. Insiste, más bien, en un punto decisivo, que es el de la humildad: «El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» (Lc 14, 11). Esta parábola, en un significado más profundo, hace pensar también en la postura del hombre en relación con Dios. De hecho, el «último lugar» puede representar la condición de la humanidad degradada por el pecado, condición de la que sólo la encarnación del Hijo unigénito puede elevarla. Por eso Cristo mismo «tomó el último puesto en el mundo —la cruz— y precisamente con esta humildad radical nos redimió y nos ayuda constantemente» (Deus caritas est, 35).
Al final de la parábola, Jesús sugiere al jefe de los fariseos que no invite a su mesa a sus amigos, parientes o vecinos ricos, sino a las personas más pobres y marginadas, que no tienen modo de devolverle el favor (cf. Lc 14, 13-14), para que el don sea gratuito. De hecho, la verdadera recompensa la dará al final Dios, «quien gobierna el mundo… Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podamos y mientras él nos dé fuerzas» (Deus caritas est, 35). Por tanto, una vez más vemos a Cristo como modelo de humildad y de gratuidad: de él aprendemos la paciencia en las tentaciones, la mansedumbre en las ofensas, la obediencia a Dios en el dolor, a la espera de que Aquel que nos ha invitado nos diga: «Amigo, sube más arriba» (cf. Lc 14, 10); en efecto, el verdadero bien es estar cerca de él. San Luis IX, rey de Francia —cuya memoria se celebró el pasado miércoles— puso en práctica lo que está escrito en el Libro del Sirácida: «Cuanto más grande seas, tanto más humilde debes ser, y así obtendrás el favor del Señor» (3, 18). Así escribió en el «Testamento espiritual a su hijo»: «Si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le ofendas» (Acta Sanctorum Augusti 5 [1868] 546).
Queridos amigos, hoy recordamos también el martirio de san Juan Bautista, el mayor entre los profetas de Cristo, que supo negarse a sí mismo para dejar espacio al Salvador y que sufrió y murió por la verdad. Pidámosle a él y a la Virgen María que nos guíen por el camino de la humildad, para llegar a ser dignos de la recompensa divina.
Santo Padre Benedicto XVI
Ángelus del domingo, 29 de agosto de 2010
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
II. Pasiones y vida moral
1767 En sí mismas, las pasiones no son buenas ni malas. Sólo reciben calificación moral en la medida en que dependen de la razón y de la voluntad. Las pasiones se llaman voluntarias “o porque están ordenadas por la voluntad, o porque la voluntad no se opone a ellas” (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 24, a. 1, c). Pertenece a la perfección del bien moral o humano el que las pasiones estén reguladas por la razón (Santo Tomás de Aquino,Summa theologiae, 1-2, q. 24, a. 3, c).
1768 Los sentimientos más profundos no deciden ni la moralidad, ni la santidad de las personas; son el depósito inagotable de las imágenes y de las afecciones en que se expresa la vida moral. Las pasiones son moralmente buenas cuando contribuyen a una acción buena, y malas en el caso contrario. La voluntad recta ordena al bien y a la bienaventuranza los movimientos sensibles que asume; la voluntad mala sucumbe a las pasiones desordenadas y las exacerba. Las emociones y los sentimientos pueden ser asumidos en las virtudes, o pervertidos en los vicios.
1769 En la vida cristiana, el Espíritu Santo realiza su obra movilizando todo el ser incluidos sus dolores, temores y tristezas, como aparece en la agonía y la pasión del Señor. Cuando se vive en Cristo, los sentimientos humanos pueden alcanzar su consumación en la caridad y la bienaventuranza divina.
1770 La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien sólo por su voluntad, sino también por su apetito sensible según estas palabras del salmo: “Mi corazón y mi carne gritan de alegría hacia el Dios vivo” (Sal 84,3).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Podemos vivir hoy la virtud de la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y dando nuestra preferencia al prójimo.
Diálogo con Cristo
Señor,Tú sabes mejor que nadie cuán frágil soy y cuánta ayuda necesito para obrar como Tú deseas.Por eso, vengo ante ti este día, para pedirte perdón por no escucharte ni ver el gran amor que me tienes. Este día quiero ser un reflejo de tu amor; que los demás vean en mí el gran amor por el cual Cristo se hizo el más humilde de todos para salvarnos.
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por Catequesis en Familia | 24 Sep, 2016 | La Biblia
Lucas 9, 51-56. Martes de la 26.ª semana del Tiempo Ordinario. El Señor vivió el culmen de su libertad en la cruz, como cumbre del amor.
Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?». Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo.
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de Job 3, 1-3.11-17.20-23
Salmo: Sal 88(87), 2-8
Oración Introductoria
Padre bueno, que fácilmente juzgo a los demás en vez de estar más alerta sobre mi propio comportamiento, por eso yo si quiero recibirte hoy en mi corazón, sé que tu presencia en mi vida logrará cambiar las actitudes negativas que me alejan de la santidad.
Petición
¡Ven Señor Jesús! Transforma mi debilidad en fuerza de amor.
Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
Las lecturas bíblicas de la misa de este [día] nos invitan a meditar en un tema fascinante, que se puede resumir así: libertad y seguimiento de Cristo. El evangelista san Lucas relata que Jesús, «cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, se dirigió decididamente a Jerusalén» (Lc 9, 51). En la palabra «decididamente» podemos vislumbrar la libertad de Cristo, pues sabe que en Jerusalén lo espera la muerte de cruz, pero en obediencia a la voluntad del Padre se entrega a sí mismo por amor.
En su obediencia al Padre Jesús realiza su libertad como elección consciente motivada por el amor. ¿Quién es más libre que él, que es el Todopoderoso? Pero no vivió su libertad como arbitrio o dominio. La vivió como servicio. De este modo «llenó» de contenido la libertad, que de lo contrario sería sólo la posibilidad «vacía» de hacer o no hacer algo. La libertad, como la vida misma del hombre, cobra sentido por el amor. En efecto, ¿quién es más libre? ¿Quien se reserva todas las posibilidades por temor a perderlas, o quien se dedica «decididamente» a servir y así se encuentra lleno de vida por el amor que ha dado y recibido?
El apóstol san Pablo, escribiendo a los cristianos de Galacia, en la actual Turquía, dice: «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para vivir según la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros» (Ga 5, 13). Vivir según la carne significa seguir la tendencia egoísta de la naturaleza humana. En cambio, vivir según el Espíritu significa dejarse guiar en las intenciones y en las obras por el amor de Dios, que Cristo nos ha dado.
Por tanto, la libertad cristiana no es en absoluto arbitrariedad; es seguimiento de Cristo en la entrega de sí hasta el sacrificio de la cruz. Puede parecer una paradoja, pero el Señor vivió el culmen de su libertad en la cruz, como cumbre del amor. Cuando en el Calvario le gritaban: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz», demostró su libertad de Hijo precisamente permaneciendo en aquel patíbulo para cumplir a fondo la voluntad misericordiosa del Padre.
Muchos otros testigos de la verdad han compartido esta experiencia: hombres y mujeres que demostraron que seguían siendo libres incluso en la celda de una cárcel, a pesar de las amenazas de tortura. «La verdad os hará libres». Quien pertenece a la verdad, jamás será esclavo de algún poder, sino que siempre sabrá servir libremente a los hermanos.
Contemplemos a María santísima. La Virgen, humilde esclava del Señor, es modelo de persona espiritual, plenamente libre por ser inmaculada, inmune de pecado y toda santa, dedicada al servicio de Dios y del prójimo. Que ella, con su solicitud materna, nos ayude a seguir a Jesús, para conocer la verdad y vivir la libertad en el amor.
Santo Padre emérito Benedicto XVI
Homilía del domingo, 1 de julio de 2007
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
1949 El hombre, llamado a la bienaventuranza, pero herido por el pecado, necesita la salvación de Dios. La ayuda divina le viene en Cristo por la ley que lo dirige y en la gracia que lo sostiene:
«Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación, pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar como bien le parece» (Flp 2, 12-23).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Perdonemos hoy a aquel que nos ofenda, a ejemplo de Cristo, que murió en esa Cruz y se ofreció como víctima al Padre tanto por los que le iban a amar como por los que le iban a crucificar.
Diálogo con Cristo
Jesucristo, quiero recibirte en mi interior con sencillez, apertura y humildad. Me pongo de rodillas ante Ti y te digo que acepto tu Reino. Quiero configurar toda mi vida con tu Evangelio. Quiero cambiar mis criterios, mis reacciones altaneras, para que todo lo haga por amor. Quiero saber agradecer y valorar a tantas personas santas que has puesto en mi camino. Dame tu gracia para que todo esto sea posible.
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por Catequesis en Familia | 27 Jul, 2016 | La Biblia
Lucas 14, 1.7-14. Vigésimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario. Una vez más vemos a Cristo como modelo de humildad y de gratuidad: de él aprendemos la paciencia en las tentaciones, la mansedumbre en las ofensas, la obediencia a Dios en el dolor, a la espera de que Aquel que nos ha invitado nos diga: «Amigo, sube más arriba».
Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: «Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: «Déjale el sitio», y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: «Amigo, acércate más», y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado». Después dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro del Eclesiástico, Eclo 3, 17-18.20.28-29
Salmo: Sal 68(67), 4-7.10-11
Segunda lectura: Carta de san Pablo a los Hebreos, Heb 12, 18-19.22-24a
Oración introductoria
Padre, te suplico humildemente que me acompañes con tu presencia amorosa para que mi corazón se llene de lo único que necesita: fe, amor a mis hermanos y esperanza.
Petición
Jesús, que tenga la humildad de dejar a mis hermanos los mejores puestos por amor a ellos y a Dios.
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
En el Evangelio de este domingo (Lc 14, 1.7-14), encontramos a Jesús como comensal en la casa de un jefe de los fariseos. Dándose cuenta de que los invitados elegían los primeros puestos en la mesa, contó una parábola, ambientada en un banquete nupcial. «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: «Deja el sitio a este»… Al contrario, cuando seas convidado, ve a sentarte en el último puesto» (Lc 14, 8-10). El Señor no pretende dar una lección de buenos modales, ni sobre la jerarquía entre las distintas autoridades. Insiste, más bien, en un punto decisivo, que es el de la humildad: «El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» (Lc 14, 11). Esta parábola, en un significado más profundo, hace pensar también en la postura del hombre en relación con Dios. De hecho, el «último lugar» puede representar la condición de la humanidad degradada por el pecado, condición de la que sólo la encarnación del Hijo unigénito puede elevarla. Por eso Cristo mismo «tomó el último puesto en el mundo —la cruz— y precisamente con esta humildad radical nos redimió y nos ayuda constantemente» (Deus caritas est, 35).
Al final de la parábola, Jesús sugiere al jefe de los fariseos que no invite a su mesa a sus amigos, parientes o vecinos ricos, sino a las personas más pobres y marginadas, que no tienen modo de devolverle el favor (cf. Lc 14, 13-14), para que el don sea gratuito. De hecho, la verdadera recompensa la dará al final Dios, «quien gobierna el mundo… Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podamos y mientras él nos dé fuerzas» (Deus caritas est, 35). Por tanto, una vez más vemos a Cristo como modelo de humildad y de gratuidad: de él aprendemos la paciencia en las tentaciones, la mansedumbre en las ofensas, la obediencia a Dios en el dolor, a la espera de que Aquel que nos ha invitado nos diga: «Amigo, sube más arriba» (cf. Lc 14, 10); en efecto, el verdadero bien es estar cerca de él. San Luis IX, rey de Francia —cuya memoria se celebró el pasado miércoles— puso en práctica lo que está escrito en el Libro del Sirácida: «Cuanto más grande seas, tanto más humilde debes ser, y así obtendrás el favor del Señor» (3, 18). Así escribió en el «Testamento espiritual a su hijo»: «Si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le ofendas» (Acta Sanctorum Augusti 5 [1868] 546).
Queridos amigos, hoy recordamos también el martirio de san Juan Bautista, el mayor entre los profetas de Cristo, que supo negarse a sí mismo para dejar espacio al Salvador y que sufrió y murió por la verdad. Pidámosle a él y a la Virgen María que nos guíen por el camino de la humildad, para llegar a ser dignos de la recompensa divina.
Santo Padre Benedicto XVI
Ángelus del domingo, 29 de agosto de 2010
Propósito
Podemos vivir hoy la virtud de la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y dando nuestra preferencia al prójimo.
Diálogo con Cristo
Señor,Tú sabes mejor que nadie cuán frágil soy y cuánta ayuda necesito para obrar como Tú deseas.Por eso, vengo ante ti este día, para pedirte perdón por no escucharte ni ver el gran amor que me tienes. Este día quiero ser un reflejo de tu amor; que los demás vean en mí el gran amor por el cual Cristo se hizo el más humilde de todos para salvarnos.
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